La semana

Al límite de la censura

por F. Pérez-Nievas - Sábado, 8 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

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una de las expresiones que menos me gustan y menos comparto (y trato de no pronunciar) es la de los abuelos cebolletas que no hacen más que repetir “en nuestra época los jóvenes...” “cuando nosotros salíamos...”, “entonces sí que había...”, “si entonces hubiéramos hecho...”. Cada época tiene su tiempo, sus costumbres y su lenguaje que avanza, o al menos se modifica, y con él todo su entorno y circunstancias. En algunos aspectos será mejor y en otros, seguro, será peor pero si hacemos memoria lo mismo decían nuestros padres de nuestra generación y sus padres de ellos. Como digo no soy muy partidario de este tipo de comparaciones porque el prisma de nuestra edad va cambiando y todo es diferente porque llevamos unas gafas que nos marca la edad y la pérdida de la inocencia. En definitiva, nada es comparable. ¿Nada?, no, (como diría el narrador de Astérix y Obélix cuando pone la lupa sobre la aldea gala). En algo sí que hemos retrocedido como los cangrejos: en la libertad de expresión y en la capacidad de admitir críticas. No es algo gratuito, lo que digo, hoy todo escuece si va contra nuestros ideales, contra la religión o contra una población determinada. Hay que tener respeto por todos, pero en ocasiones tenemos la piel demasiado fina. Existe ahora más probabilidad de ir a la cárcel por un comentario, chiste, canción u obra de teatro que hace 30 años en medio de la Transición. No puede ser que a una joven se le condene a dos años de cárcel por hacer una gracia sobre el asesinato del que iba a ser heredero del dictador Franco y que Tip y Coll apenas cinco años después del magnicidio escribieran chistes similares en un libro y todos tan tranquilos. O que dos titiriteros introduzcan una pancarta en el argumento de sus guiñoles y sean casi fusilados al amanecer. Es abracadabrante que se admita una denuncia contra dos presentadores de un programa cómico que han calificado la cruz del Valle de los Caídos de “mierda”. ¿A dónde vamos a llegar? La censura se encuentra sólo dos pasos más allá del umbral que estamos a punto de cruzar. No la censura económica (a la que el mundo del periodismo hoy en día se ha casi acostumbrado), sino la autocensura, que es casi peor. Todo ello mientras el inefable Hernando acusa a los familiares de fusilados de abrir zanjas para cobrar subvenciones o sus compañeros de partido se amontonan en los juzgados y siguen ganando votos.