Música

Las orquestas de ciclo

Por Teobaldos - Lunes, 10 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Orquesta Sinfónica de Euskadi

Intérpretes:Pinchas Zukerman, violín. Amanda Forsyth, violonchelo. Christoph König, director. Programa: Obras de Brahms (Op.107), y Tchaikovsky (4ª sinfonía). Lugar: Auditorio Baluarte. Fecha: 5 de abril de 2017. Lleno.

Orquesta Sinfónica de Navarra

Intérpretes: Craig Ogden, guitarra. Rumon Gamba, dirección. Programa: Obras de Elgar (Op. 47), Malcolm Arnold (Op.67), y R. V. Williams (5ª sinfonía). Lugar: Auditorio Baluarte. Fecha: 6 de abril de 2017. Tres cuartos de entrada.

El festival Jazz-Zentral nos tiene un poco apretados de sitio, así que aprovecho la comparecencia contigua de nuestras dos orquestas de ciclo, para dar cuenta de dos jornadas magníficas de exaltación sinfónica, con un protagonismo de la cuerda que, en ambas, ha sido glorioso. Volvió a la orquesta de Euskadi el director C. König con su vigor, claridad de gesto y autoridad suficiente -aún en su juventud- para ofrecernos versión propia de la cuarta de Tchaikovsky, una sinfonía que hacía tiempo que no escuchábamos. Siempre nos ha gustado la visión sinfónica del director alemán. Ya desde el inicio de las trompas -poderosas, justas, apocalípticas- y la consiguiente ondulación de los violines en el conocido tema, intuimos el bien diseñado contraste que va a dar a la obra. Con un tempo tenido, no lento, pero tranquilo -ya llegará el cuarto movimiento-, se goza de la melodía en maderas, del contrapunto de chelos -hermosos- y de los violines en matiz pianísimo: una sonoridad preciosa y volátil. El segundo movimiento contrasta el canto solista de oboe -magnífico-, de chelos y violas a media voz, con el tutti de la cuerda que nos arrastra al mejor estilo cinematográfico. El pizzicato del tercero es rotundo y pulcro en el pellizco, de la mínima yema, al fuerte;este ejercicio de virtuosismo orquestal, es siempre bien recibido. El final, es de remangarse, ya se sabe, sobre todo en la cuerda. Se solucionó muy bien. Gönig empuja, pero, a la vez controla;incluso, en algún momento, aún quiere apianar más el arranque (se pone en cuclillas) de los finales. Pero, en general, la orquesta responde muy bien. Abrió la velada el doble concierto de Brahms (violín y violonchelo), que, la verdad, se prodiga poco. Dos solistas de sobrada solvencia, con diálogos de cortas frases, belleza melódica de ambos en el andante, y virtuosismo al final.

De la Sinfónica de Navarra, lo primero que hay que alabar es el programa, por poco habitual y de descubrimiento (Arnold). Y, también, la exhibición cordal -cuerda de la orquesta y de de la guitarra-. Ya se nota, como sonido propio, el equilibrio logrado por las diferentes familias de la cuerda, con la presencia fundamental de los cinco contrabajos. La obra para cuerdas de Elgar adquirió unos volúmenes y potencia que parecían doblar los efectivos;buena idea colocar los violines segundos enfrentados a los primeros: en el pasaje fugado hubo una claridad entre familias preciosa y matizada. En el concierto para guitarra de Arnold -mínima y muy bien amplificada la guitarra, sin distorsionar su sonido-, los planos sonoros entre el delicado instrumento y la orquesta estuvieron muy bien homologados. Pulcra exposición del tema en la guitarra, con su rubato;misteriosa atmósfera en el Lento, con un punteo sereno en el solista, coloreado por la trompa con sordina impecable;y virtuosismo en el final, con una orquesta, siempre respetuosa. Como la tarde iba de británicos, Craig Ogden dio de propina un entretenido galop de compositor británico.

Rumon Gamba sacó un partido extraordinario a la orquesta en la Quinta sinfonía de V. Williams. Siempre con sensación grande y colmada en el preludio;un sonido delicadísimo en violines en el Scherzo, y una versión de la romanza de esas para quedarse a vivir. Se logró en este movimiento unos pianísimos en violines, y trompas admirables. Tanto como las intervenciones del corno inglés y el concertino. El final, de nuevo de gran sonoridad, con un final evanescente, hasta el silencio de veinte segundos que, afortunadamente, el público respetó.