la carta del día

Notificaciones

Por Ángel Ares y García Vilas-Martínez - Martes, 11 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

entre la pretenciosidad y la ambición se materializó la nueva Ley de Procedimiento Administrativo Común de las Administraciones Públicas. Al parecer, la nimiedad de la ley específica, o quizás la voluntad de envolver de aureolas una administración cuasi electrónica que no responderá a su distinción, nos enmaraña, aun más, el complicado galimatías legislativo preexistente.

Goza el legislador de cierta candidez maliciosa, la de quien falta a la realidad, asimila la ficción y desconoce el pragmatismo y la utilidad. Sendas oscuras nubes acechan y advierten de la desconexión administrativa que ciertos colectivos padecerán a corto plazo, aquellos que, por razón de edad y domicilio, sufrirán las más que paupérrimas medidas acomodatorias.

Entre divagaciones varias, resulta, empero, aceptable y cabal las medidas de notificación electrónica que la ley recoge para las profesiones regladas y las personas jurídicas, obligadas de aquí en adelante a comunicarse con la Administración por vía telemática. No obstante, más nebuloso resulta ser el artículo 41.1, en su penúltimo párrafo, el cual habilita a la Administración a practicar notificaciones electrónicas a aquellos que “por razón de su capacidad económica, técnica, dedicación profesional u otros motivos quede acreditado que tiene acceso y disponibilidad de los medios electrónicos necesarios”;discrecionalidad o arbitrariedad, el mantra paradigmático de la Administración.

Hablar de administración pública significa hablar de aquel que sobre todos goza del poder despótico que le conferimos, y de aquel que en muchas ocasiones decide hacer de histrión antagonista en detrimento del inerme ciudadano desvalido. A día de hoy, la notificación de los actos administrativos se da en muchas ocasiones “mediante comparecencia en la sede electrónica” (artículo 43.1), a través de un mero acceso;y en su defecto, con la publicación en el Boletín Oficial del Estado. La presunción de que la ciudadanía revisa y vigila con atenta mirada las notificaciones que la Administración le dirige en sus sedes electrónicas ladea la realidad y se sitúa entre la ternura y la perversidad.

Cuando lo arbitrario roza lo opresor, cuando lo opresor pasa a lo autoritario, y cuando lo autoritario se asemeja a lo dictatorial, cabe más que una reflexión. Conocimos el progreso electrónico, descubrimos lo telemático y olvidamos aquellas grandes minucias que nos libraban del Gran Hermano. Seremos apercibidos sin apercibimiento.Beatus ille, que desconoce lo que se le viene encima;ya ni él se podrá salvar.