El futuro ya no es lo que era

Por Manuel Torres - Martes, 11 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

en la entretenida película Yo, robot, basada levemente en los cuentos de Asimov, se relata el episodio de un robot humanoide provisto de cerebro positrónico, esto es, dotado de inteligencia artificial (IA), lo que le permite transgredir las Tres leyes de la robóticapara las que fue programado y rebelarse contra su creador, al que acaba matando. Por visionario que resulte, el suceso ocurre en la ciudad de Chicago y en un tiempo más ligado al presente que al futuro, el año 2035. Más allá de este distópico thriller de ciencia-ficción, lo relevante es el trasfondo de su trama: una sociedad en la que los robots forman parte esencial de la vida doméstica, siendo además la principal fuerza laboral al servicio de nuestra especie, es decir, una masa obrera fabricada por medio de algoritmos y polímeros avanzados que trabaja para el mantenimiento de nuestro estado del bienestar, a pesar de que su protagonista (Will Smith), un detective enganchado al furgón de cola del viejo mundo, los detesta.

Lamentablemente, ni la prodigiosa imaginación de Asimov ni la de Jeff Vintar, guionista de la película, se ocupan de cosas tan prosaicas como desvelar si US Robotics, empresa fabricante de estos androides, cotiza a la SS, o si en el 2035 el sistema de pensiones, tal y como hoy lo conocemos, habrá dejado de existir, lo que invita a cavilaciones aún más inquietantes: mientras los robots acuden felizmente a currar, sin conflictos salariales, huelgas o deslocalización, ¿en qué emplea el tiempo la especie humana? ¿Será el ocio un derecho ganado o se convertirá en una patología emergente? En síntesis, ¿alcanzaremos con la tecnología robótica la paz social o, por el contrario, el mañana habrá dejado de ser sinónimo de progreso?

Nos guste, nos resbale o nos inquiete, la robótica es un fenómeno que habita entre nosotros y que, con toda seguridad, afectará al ámbito laboral, social, doméstico, anímico, incluso al ocio. Sin ir muy lejos, en Barcelona se acaba de inaugurar un prostíbulo servido conSex Dolls, muñecas hiperrealistas con las facciones de actrices famosas donde la clientela, a razón de 80 euros la hora, puede hacer realidad sus ensoñaciones más fetichistas, una industria que ya despunta en Japón. Por otro lado, las personas de la tercera edad de Singapur son asistidas por un robot que les ayuda a mantenerse en forma y aconseja en sus ejercicios diarios,Robo Coach se llama la criatura. Empresas norteamericanas a la vanguardia en IA, como Apple o Google, investigan con robots en campos de la medicina o la ingeniería. Entre tanto, China anunció que está desarrollando el prototipoRoby Mini, un androide de compañía para personas dependientes, capaz de reconocer sus voces y sus facciones, contarles chistes, hacer pedidos de comida, incluso suministrales información sobre la calidad del aire de sus ciudades.

El debate de esta espiral imparable reside en averiguar si estos avances tecnológicos serán, en términos generales, positivos o negativos para nuestras vidas, algo que últimamente ocupa un amplio espacio en los medios de comunicación. En todo caso, la disputa hombre/máquina no es nueva. Un hecho cercano al fenómeno de la robotización fue la revuelta de los ludditas durante la Revolución Industrial en Gran Bretaña, que, bajo el supuesto liderazgo del general Ludd, un tejedor de Nottinghamshire, se oponían a la mecanización de los telares destruyendo la máquinaria de las fábricas. Este suceso desvaído anticipa una realidad perturbadora, la confianza en el progreso, como motor de evolución de las relaciones humanas, parece haber dejado de existir o, al menos, cambiar drásticamente de paradigma.

En paralelo, la literatura y el cine no han dejado de abonar el terreno con memorables distopías para desazón de los más aprensivos o para armar de razón a los cenizos (Un mundo feliz, Metrópolis, 1984, Fahrenheit 451, Blade Runner, La carretera, o la excelente serie Black Mirror, entre otras perturbadoras pesadillas), donde se describe un mañana sombrío e inhabitable. Esperemos que sólo sea la ficción lo que estimule nuestros desvelos. Pero frente la tercera revolución industrial que ya tenemos en ciernes, se hace pertinente pensar que, como en cualquier proceso de crisis o transición, el porvenir esté trabado de claroscuros.

Ante los avances que nos aguardan a la vuelta de la esquina, surgen también grandes dilemas. Quizá uno de las más acuciantes sea el de la gran transformación que afectará al mercado laboral, allí donde la robótica gana terreno. No es insensato anticipar que los trabajos más precarizados serán los que correrán un mayor riesgo de desaparecer. Por el contrario, otras opiniones ven en esto un horizonte de oportunidades, aunque a día hoy se desconoce la naturaleza de esas nuevas profesiones. Según fuentes del Dpto. de Empleo de EEUU, el 65% de los trabajos que se realizarán dentro de diez años se ignora su contenido. Con todo, para el año 2030 (dentro de 13 primaveras, por muy alucinógeno que suene), gran parte de los trabajos estarán realizados o mediatizados por máquinas inteligentes.

Quizá acariciemos ese futuro antes de lo previsto. Pero nada es original en esta nueva historia. Desde el siglo XVIII, el desarrollo de nuestra civilización ha sido concebido como una senda hacia el paraíso en la tierra (entendido éste como la mejora de las condiciones de vida). A eso se le llamó progreso, la capacidad del ser humano para satisfacer sus necesidades, reducir el dolor y la enfermedad y alcanzar la felicidad, o al menos acercarse a ella, una idea hegemónica desde Kant y Hegel hasta Fukuyama. Buena parte de la ideología progresista se basó en la creencia de que la ciencia era pura acumulación de conocimientos, una mejora constante e imparable bajo la Teoría de la Evolución y el avance de la Revolución Industrial. Hoy sabemos que no es exactamente así. Apostados en el umbral del nuevo poscapitalismo, después de las turbulencias históricas del siglo XX, con dos guerras mundiales y el liberalismo insaciable que espoleó las crisis económicas, la confianza en el progreso parece haberse resentido. Poco hay más apropiado que una distópica reflexión de Manuel Cruz para cerrar esto: Desde sus orígenes la humanidad ha peleado por conseguir la inmortalidad. Ahora que parecía al alcance de nuestra mano, puede que no valga tanto la pena quedarse.