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Homenaje al motero ausente

La hermandad de moteros recuerda en su comida anual a Samuel Tapia, fallecido a causa de la ELA

Muestran su apoyo a la familia frente a su casa y piden más recursos para investigar esta enfermedad

Mikel Bernués Iban Aguinaga - Martes, 11 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Casi un centenar de moteros reclama más recursos e investigación para la ELA a las puertas de casa del fallecido Samuel Tapia y su viuda Charo Bazán, en la calle Ermitaldea de Villava.

Casi un centenar de moteros reclama más recursos e investigación para la ELA a las puertas de casa del fallecido Samuel Tapia y su viuda Charo Bazán, en la calle Ermitaldea de Villava. (Iban Aguinaga)

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Casi un centenar de moteros reclama más recursos e investigación para la ELA a las puertas de casa del fallecido Samuel Tapia y su viuda Charo Bazán, en la calle Ermitaldea de Villava.Samuel Tapia, montado en su Paneuropean.Charo, de pie en el centro con gafas de sol, y Josema, también de pie, el segundo a su derecha.

villava- Josema García es conductor de ambulancias y motero empedernido. Samuel Tapia fue camionero, chófer de autobús e igualmente apasionado de las dos ruedas. Sin saber de su afición común, el trabajo de uno y la enfermedad del otro unieron los caminos de estos dos locos de la gasolina los últimos meses de vida de Samuel. Falleció el 18 de marzo, medio año después de que le diagnosticaran ELA, enfermedad de pronóstico mortal que en su caso se manifestó con más agresividad de la habitual. Solo tenía 47 años.

“No sé cómo contar lo que me ha pasado con este hombre”, reconoce Josema. “Me tocó llevarle a Ubarmin una temporada, y me llamó la atención su sonrisa. Él estaba inmovilizado, pero siempre con la sonrisa. Al mes o así va y me entero de que es motero... y fue la leche”. Para entonces Samuel ya no podía hablar porque la enfermedad provoca una parálisis muscular progresiva. “¿Y qué moto tienes? ¿Tienes una Goldwing? ¿O tienes tal otra?”, le preguntaba Josema. Samuel respondía haciendo señales con el dedo “y de alguna manera nos comunicábamos”, dice.

Un día le enseñaron su moto. “Y tenía una Honda Paneuropean 1.300. Joder qué pedazo de moto que tienes... le decía para alegrarle. Era poco tiempo el que coincidíamos. Lo que costaba bajarle por las escaleras de su casa y meterle a la camilla, y después el rato de pasarle de la camilla a la cama donde le hacían la rehabilitación. Pero le alegraba, se reía... y eso me llegó. En muy poco tiempo esa persona ha significado mucho para mí”, recuerda Josema.

Se dio la circunstancia de que a Josema y su grupo, los Saguzarrak MT, les tocó organizar la comida anual de la Hermandad de Clubes de Motoristas de Navarra, que se celebró el 26 de marzo. Josema pensó en hacerle un homenaje a Samuel y pasarse por su casa con un ejército de más de 100 moteros. Querían hacer ruido en su honor, arrancarle una nueva sonrisa, mostrar su apoyo a la familia y aportar su granito de arena pidiendo más recursos para investigar la ELA. Conforme fue comentando la idea a los otros 12 grupos que conforman la hermandad “todo eran ánimos, esto hay que hacerlo... todos estaban a tope”, explica.

Por desgracia Samuel falleció solo una semana antes de su homenaje. Así que los moteros desfilaron hasta la casa de este motero ausente, ofrecieron su apoyo a familia y amigos y al marcharse hicieron rugir sus motores en señal de duelo, momento en el que este relato cambia de testigo. “Si eres motero ese sonido te toca el alma”, cuenta Charo Bazán, viuda de Samuel para quien el homenaje “fue muy bonito y súper emocionante”. Se siente agradecida por recibir tan multitudinaria muestra de cariño. “Se han volcado. Te hacen sentir que perteneces a un colectivo y arropada, porque esto es imposible llevarlo sola”, dice.

Charo tampoco quiere olvidarse de “la humanidad” de sus jefes de GE y Asociados y de Autocares Fonseca, la empresa en la que trabajaba Samuel, y agradece que durante este duro proceso pusieran todas las facilidades del mundo. “Gracias a los amigos que han estado a mi lado, a los moteros, a los de las ambulancias... a toda esa gente de la que he notado su calor humano. Porque por parte de las instituciones me he sentido sola”, lamenta.

sensación de abandono“El diagnóstico de la ELA dice que no hay cura, que no se sabe por qué ha pasado, que se va a quedar sin hablar y sin moverse y que al final no podrá respirar. Y te vas a casa y no tienes ni idea de nada”, dice con pena Charo, que echó en falta alguna pista para saber cómo lidiar con “la terrible enfermedad” de su marido. Tuvo que apañárselas y aprender “improvisando”, y siempre gracias a la ayuda de sus amigos, sus hijos etc... La tardanza para empezar el tratamiento de fisioterapia, que mitiga el deterioro y llegó “cuando prácticamente ya no se podía mover”, o la negativa de la administración para otorgarle la ayuda por gran dependencia, que se paga con efecto retroactivo a los seis meses (y Samuel falleció 15 días antes), son otras de sus quejas. Por eso, como los 100 moteros, pide más medios para investigar la ELA. Para evitar que otras familias pasen por su situación.

lección de vida“Sus recuerdos... esos no me los puede quitar nadie”, reconoce Charo. Cómo no, se acuerda de sus viajes en moto. “A los dos nos encantaba. Hemos ido a Jerez, a Montmeló, a Galicia... y disfrutábamos mucho. Más que correr son las curvas, pararte en cualquier sitio a comer un bocadillo, la sensación de libertad y ese vínculo que existe con el resto de moteros. ¡Ay, cuánto lo voy a echar de menos!”.

A Charo también le queda “la lección de vida tan grande que nos dio Samuel. Cuando le dijeron que no se iba a curar él me dijo ‘cariño, no quiero saber nada más, solo disfrutar cada día’. Esa fue su decisión. Lo poquico que tenía era nuestro cariño y el de sus amigos. No se podía mover. No podía hablar. No podía comer. ¿Quién quisiera vivir así? Pues Samuel. Levantabas la persiana y te encontrabas con su sonrisa. Y disfrutó hasta la última semana, que fue una pesadilla”, recuerda Charo.

Ahora Josema se ha hecho con la moto de Samuel en una operación de compraventa emotiva como pocas y que mantiene el vínculo entre ambos. “Él se fue casi llorando cuando se llevó la moto, y yo también”, dice Charo. Y Josema reconoce que, de alguna manera, una parte de Samuel también viaja con él cada vez que se monta en su flamante Paneuropean.