El farolito

Cositas

Por F.L. Chivite - Miércoles, 12 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:06h

otro de esos estudios psicológicos de ahora ha demostrado que decir groserías y maldecir incrementa la confianza en uno mismo, tiene un efecto analgésico, favorece la sociabilidad, mejora el flujo sanguíneo y libera endorfinas. No solo ayuda a sentirse sano y bien: también se ha comprobado que las personas inteligentes maldicen mejor y más. Estoy tratando de imaginar las gratas sensaciones que tuvo que experimentar la semana pasada el parlamentario Rufián cuando le llamó a ese tipo “gánster”, “mamporrero” y todo lo demás. ¿Viste cómo silabeaba despacio y marcaba las erres con delectación? Una pregunta insidiosa: ¿llamarle gánster a un gánster supone un insulto? El tema del registro lingüístico es sutil. ¿Es lícito hablar en sede parlamentaria como se habla en la calle? En principio, el contexto es importante, claro. No se puede dar una clase universitaria utilizando una jerga de bajos fondos. Pero también es cierto que un exceso de corrección política y lingüística aburre, infantiliza y adocena. Y el parlamento no es la universidad. El talibán está siempre exigiendo la máxima corrección: todo es pecado: todo ofende: se puede denunciar casi cualquier cosa. Rufián sin embargo quiere hacerse oír. Es consciente de que su frase se hará viral y en cierto modo lo busca: se exhibe, claro. Y probablemente se siente bien utilizando palabras malsonantes (si es que lo son). Pero al contribuyente le gusta ver que hay un poco de mala baba real en el debate político. ¿Es populismo crispar el ambiente? Tal vez lo sea. Pero el congreso de los diputados es un escenario teatral y los políticos son figurantes, les guste o no (y lo saben). Lo que de verdad me parece preocupante es el talibanismo lingüístico que de un modo subrepticio y muy muy dirigido se está tratando de imponer a base de denuncias. Si empezamos así, aquí se va a poder denunciar a cualquiera por cualquier cosita.

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