La intrahistoria del secreto mejor guardado

Por Jaime Cristóbal - Jueves, 13 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Debía de ser 2006 cuando Roberto me reveló por primera vez que quería volver a formar un grupo, y cuando de hecho oí por primera vez el nombre Alpha 60 (“con la letra griega, no con la palabra”). Caminábamos por el cruce de la Avenida Roncesvalles hacia la calle Bergamín, en Pamplona, durante una de sus visitas ahora que vivía en Brighton. Por alguna razón mi memoria siempre ha almacenado el lugar donde tenían lugar esos momentos tan distintivos en mi vida con Roberto, ese mágico instante en el que me proponía un nuevo proyecto (¿los Beautiful Losers? En casa de Carlos, barrio de San Juan. ¿Foundation Resting Stones? Un paseo por la Calle Taconera, camino de lo viejo. ¿The Brillantina’s? En el Palladium de Bilbao antes de un concierto de los Glitter Souls). Y sin embargo esta vez era especial porque todos esos grupos que habíamos tenido en los 90 ya no existían. Y porque Roberto llevaba unos cuantos años semirretirado de la música, sin componer, después de una actividad creativa furibunda entre 1993 y 2000.

Pasaron un par de años desde aquel minúsculo momento, pero ya teníamos una idea que acariciar, algo nuevo y resplandeciente con lo que soñar. El desembarco en Pamplona de Roberto a mediados de 2009 fue excesivo, entusiasmante, excéntrico, brillante… un fogonazo de creatividad. Estaba exultante, lleno de su afilado humor, divertidísimo. Paseaba por Pamplona sonriente, desafiante, tocado con su Stetson, con el aplomo de alguien que con treinta y tantos ya no tiene que construirse el personaje al que uno aspira con veinte.

Alpha 60 se lo tomó con calma. En su idea original lo había concebido como un combo ligeramente alienígena, con Daniel Ulecia a cargo de una máquina que iban a construir ellos dos, y que integraría percusión, triggers digitales y otras extravagancias. El resto sería instrumentación más clásica, muy orientada al country. Finalmente esa idea se abandonó y seguimos buscando fórmulas. Roberto se centró en seguir componiendo canciones. Había traído unas cuantas de Inglaterra y pasó buena parte de 2009 y 2010 escribiendo más. Después de unos pocos encuentros en los que me iba tocando su nuevo material, empecé a entender que estaba ante una suite de canciones monumental. El Roberto de los 90 al que yo admiraba tanto, que siempre me había parecido un genio totalmente incomprendido, estaba desvelando ante mí lo que podía ser su colección de canciones más brillante, más sólida.

En verano de 2009 hicimos el primer ensayo: ya con Germán (Carrascosa) y Jon (Ulecia), todavía sin Javi a la batería. Pero el curso 2009-10 trajo a Roberto un encuentro que sería de esencial importancia: Iñigo Pérez Artieda, que se incorporó al proyecto como técnico y futuro responsable de la grabación.

Como sus amigos saben bien, con Roberto se aprendía muchísimo. Para junio teníamos las canciones. No habríamos hecho más de tres ensayos toda la banda antes de grabar en directo las bases el 5 de julio de ese año. El curso 2010-11 ocupó -sobre todo a Iñigo y Roberto- la lenta construcción de detalles, arreglos, voces, coros. El privilegio de disponer de un estudio doméstico y tiempo que dedicarle fue clave en este primer disco de Shelter From The Dark. Quince años después pudimos cumplir el sueño de cantar con nuestras voces en armonía. Los coros que Iñigo aportó a muchas de las canciones las elevaban a lugares celestiales, y sus tesituras agudas curiosamente reconectaban con la forma de cantar del Roberto más glam, el de 1992-95. A la par, Roberto pasó meses destilando y reescribiendo las letras;ahora que su vida en Pamplona le había traído también el placer y la angustia de las tribulaciones amorosas, éstas empezaron a colarse en los textos. Parte del disco es una crónica de esas desventuras, como se aprecia en That Woman, Put Me Down Again o Goodbye. Pero también hay sitio para las observaciones costumbristas británicas de Laura’s Song, el romance navideño de Christmas Tree Nightingale -quizá la más entrañable pieza de pop de toda su obra-, himnos a viejos amigos desaparecidos (All of Them), una oda a Londres (Blackfriars Bridge), y piezas en las que conjurar sus obsesiones y tormentos: esa otra maravilla del disco titulada Borrowed Prayers, o su Rambling Man particular, Resurrection Joe. Los diez minutos de Let the Rain son como pasar unas cuantas horas en el hermoso, complicado, infatigable cerebro de su autor;una de las mejores sublimaciones de un pensamiento, de un sentimiento, de la carrera de Roberto. De su búsqueda de la belleza en un charco de barro.

Como en una inevitable profecía, meses después el camino de Roberto volvería a dar un quiebro lejos de Pamplona, quemando algunos puentes, sí, pero en pos de un modo de vida que le traería otras satisfacciones. El cordón umbilical de Alpha 60 no se cortaría del todo, sin embargo. Un único y hermoso concierto en el bar Nébula en abril de 2014, que significó un reencuentro en más de un sentido, y después la acometida de la segunda parte del proyecto Alpha 60: el disco de versiones. Al final serían siete, elegidas de entre una larguísima lista de opciones. Versiones que concluyen la obra de Roberto de una forma cruelmente abrupta, pero hermosa: su búsqueda de una nueva voz, provista de un velo oscuro, más adusta, parecía comenzar aquí: en realidad estaba concluyendo. Disfrutemos pues de este último plato, amargo pero exquisito;un gusto adquirido, como él mismo la calificó. Las bases las grabamos un frío día de noviembre, año 2014. Las voces las despachó en un par de tardes. Y después, otra vez, la lenta y placentera labor de rellenar con detalles, arreglos, coros, dobros, autoharps, vibráfonos, durante meses. Con las indicaciones de nuestro amigo desde la distancia, de regreso en Londres. Los Estudios Lúnula acabaron siendo el escenario ideal para esta parte de una historia que estaba a punto de concluir. Allí pasó Roberto el pasado junio una de sus últimas noches en la tierra, en la que pudo escuchar, apreciar y dar su aprobación a las versiones finales. Lúnula ha quedado como el sitio donde su espíritu musical se cristalizó por última vez y en el que se ha quedado a vivir para siempre. Algunas mañanas, frías pero con un hermoso sol de invierno, se percibe muy claramente. Cuando le vi llevaba un traje blanco, estaba en paz y su sonrisa emanaba más sabiduría que nunca.