Ikusi makusi

Cuánto pesa el silencio

Por Alicia Ezker - Viernes, 14 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

E l valioso y valiente testimonio de Martín Laguardia, quien presenció de niño una de las barbaries del régimen franquista cometidas en Navarra, ha permitido esta semana recuperar los cuerpos de varios fusilados, presos fugados de la cárcel del Fuerte de San Cristobal en 1938. Han tenido que pasar casi 80 años para que esta fosa salga a la luz y con ella se puedan devolver los cuerpos a sus nombres y, una vez nombrados, a sus familias, para que los puedan llorar ya por fin de vuelta a casa. Lo que ocurrió aquel día de la matanza en un paraje entre Burutain y Ostiz quedó grabado en la mente de Martín, un niño de apenas siete años que junto con otros pequeños del pueblo fue llevado a las inmediaciones del río para obligarles a presenciar, desde su mirada infantil, la cara más cruel de la muerte, la de la vida arrebatada a golpe de odio y sin razón. Es difícil imaginarnos como habrá vivido todo este tiempo este testigo, cuánto pesa el silencio cuando lo que uno calla es la muerte y cómo se lucha internamente para vivir en la constante contradicción de si hablar o no cuando te han impuesto desde niño la callada por respuesta, que no se sepa, que nada de lo que ocurrió se nombre para que lo que no se nombra acabe no existiendo. Silencio de puertas afuera pero sobre todo de puertas adentro en casas en las que nunca se contaba nada, para que nada se supiera. Martín es uno de los muchos niños de la guerra a los que se les robó la infancia, a los que la presencia de la muerte, la tortura, la desaparición repentina de un ser querido, la humillación de vivir señalado... les marcó de por vida. Uno de los muchos niños educados para olvidar, sin poder evitar recordar. Pero ahora, como él mismo ha dicho, en el importante testimonio recogido esta semana por Amaia junto a la fosa en la que han aparecido los cuerpos, era momento por fin de contar lo que ocurrió, señalando con ese certero bastón el lugar que nunca debería haber existido en un paso más de verdad, justicia y reparación hacia las víctimas de la represión del 36. Él es el único superviviente de aquellos niños de entonces que presenciaron la matanza y seguramente ahora por fin se ha liberado de la carga de ese pesado silencio. Cada vez quedan menos testimonios vivos que nos acerquen al dolor de aquella realidad y sin ellos será muy difícil reconstruir nuestra memoria. Emociona su gesto. “Aquí estaban y aquí los vi morir”, recordaba 80 años después en el mismo lugar sin poder contener las lágrimas. Ahora, gracias a él han sido rescatados del olvido y de alguna manera con sus palabras, con su silencio roto, los ha devuelto a la vida.