Y tiro porque me toca

La tricolor y otras

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 16 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Exhibir la bandera tricolor es casi la única forma de hacer de verdad visible no ya el sentimiento republicano, sino la idea misma de cambio de régimen y de deseo de una tercera república. No se trata de un mero cambio decorativo de bandera, sino de la voluntad de un cambio en los fundamentos mismos de la organización del Estado, incluido el territorial, y de todas sus instituciones, es decir, de otra manera de gobernar y de hacer política, de un cambio real en lo económico, cultural, educacional, judicial... La tricolor es más que un símbolo de homenaje y nostalgia, es un propósito de cambio de régimen político.

Ahora bien, en la medida en que ese cambio de régimen no es que no sea del agrado del PP-PSOE, el partido de La Tenaza, sino que cuenta con la firme oposición de este, va a ser cuestión de exhibirlas y hacerlas ondear a la menor ocasión, y con toda la profusión posible, antes de que prohíban hacerlo y declaren la bandera republicana ilegal… y terrorismo, y eso conlleve los palos, las multas y los años de cárcel preceptivos en el actual juego democrático. Ambiente para hacerlo lo tienen. Las voces airadas en contra de la exhibición de la bandera republicana cunden, al margen del silenciamiento de otras manifestaciones de afirmación republicana: cualquier consulta popular queda por el momento excluida. Cuentan con el apoyo popular a todas las formas de represión de la disidencia. La aversión a las consultas populares y los referéndums está muy extendida. La monarquía se ha venido blindando por ley y por complicidad mediática y publicitaria, hasta convertirla en algo intocable, como está sucediendo con otros asuntos que se sustraen de manera violenta a la libertad de expresión. Ha regresado lo indecible, lo intocable, lo inefable y lo sagrado… si es que alguna vez se fue y no se quedó durmiendo bajo la tóxica sombra de higuera de la Transición.

Sin el regreso de lo sagrado como sostén de la vida pública es difícil entender que la ministra de Defensa haya ordenado colocar a media asta en señal de duelo las banderas de las instalaciones militares, nada menos que por la muerte de Jesucristo, asunto este que no está previsto en la legislación que rige esas cuestiones protocolarias. Esté o no previsto ese sube y baja de banderas, la presencia militar ligada a manifestaciones religiosas de tinte espectacular, folclórico y turístico (pues así son promocionadas desde los tiempos de Fraga y antes) como son las procesiones de Semana Santa, se ha recrudecido en los últimos años y no tiene aspecto de ir a menos, sino a más, en la medida en que se trata de una exhibición claramente política, de afirmación ideológica. Tienen que demostrar quién manda aquí y cómo lo hace y con qué ideología precisa. La no confesionalidad del Estado español es un cuento de risa, de esa risa que quieren recortar a toda costa. Las exhibiciones públicas de devoción religiosa por parte de uniformados y no uniformados pueden resultar grotescas, pero conviene no engañarse: cuentan con un apoyo popular que se traduce en votos, en emoción intensa más que en ideas. Es inútil pensar que sería deseable que las devociones fueran por un lado y los alardes castrenses y patrióticos por otro. Suena a mezclar, como sentencia el dicho popular, “el culo con las témporas”, pero no es así, ese culto obsesivo a la bandera de la monarquía (con querencia al obligado cumplimiento) y sus símbolos, ese regreso del mantilleo, el peineteo y las negruras a lo Romero de Torres, como seña de identidad de clase, más que como muestra extemporánea de una respetable devoción religiosa;ese apoyo político (policial-judicial) a devociones religiosas, en forma de medallas, condecoraciones, berridos y músicas marciales;esa participación de la jerarquía eclesiástica en asuntos que deberían estar reservados a las instituciones civiles, son una nueva forma de culto político-devoto, clientelista, en la medida en que las dos partes salen beneficiadas de la alianza: la una se asegura votos, la otra unos claros beneficios económicos, más que un mero sostén. No son tradiciones, no es folclore, no son devociones, es ideología, conservadora, reaccionaria, autoritaria, nostálgica de un régimen pretérito, el del ordeno y mando y la represión de toda disidencia, el del nacionalcatolicismo por hablar claro, y todo lo travestido y puesto al día que se quiera.