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Republicanismo

Dios y el César

Por Santiago Cervera - Domingo, 16 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

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La Ley Orgánica de Libertad Religiosa se aprobó en el año 1980 y es ejemplo de cómo debieran ser todas las normas. Concisa (cabe en un folio) y precisa (limpia de la plúmbea literatura legislativa). Pocas palabras bastaron para reconocer un principio básico, el del libre ejercicio religioso. Se pueden profesar creencias y hacer culto público. Y las Iglesias, Confesiones y Comunidades religiosas (así son denominadas) tienen la posibilidad de establecer lugares dedicados a su práctica. Así de sencillo, así de rotundo. La ley ha pervivido a pesar de un intento que perpetró Zapatero para cambiarla, no sé sabe con qué finalidad. Por fortuna la ocurrencia quedó en nada. Hubiera sido absurdo cambiar algo que supuso un consenso básico al inicio de la democracia, y más para trocarlo por una norma con menos consenso que aquella. El caso es que la ley ampara el culto público, pero también establece una nítida separación entre las funciones del Estado y las de las confesiones. No propugna ninguna preferencia por la Iglesia Católica y se atiene a reconocer el hecho religioso como un derecho civil digno de protección por los poderes públicos.

Son momentos para pedir el respeto a las creencias, pero que ningún representante se arrogue la misión de ningún credo

Yo soy un mal católico. Tengo fe, aunque contar esto no importe a nadie. Pero merezco que sea respetada como la de cualquier otro creyente. No me gusta que la cobardía de algunos jueces -sobre todo, los que ejercen buscando el estrellato social- haya dejado sin castigo a quienes han montado acciones cuyo único motivo era la ofensa gratuita a la religión. Una sociedad es más fuerte y está mejor cimentada si existe una garantía de que ninguna creencia va a ser objeto de escarnio o befa. Y que al igual que se ha avanzado mucho en el reconocimiento de derechos civiles a muchos grupos sociales -que nadie cuestionaría- también hay que aplicar similares criterios de tolerancia y protección al ámbito de lo religioso, que no es otra cosa que la misma libertad de pensamiento. El espacio perfecto en el que una religión tiene presencia en una sociedad democrática es justo este: el respeto conjuntado con la separación entre lo que corresponde al Estado y lo que es propio de los credos. No puede darse una condición sin la otra. A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

A pesar de que en las encuestas los españoles se declaran menos creyentes cada año que pasa, las procesiones de Semana Santa son más numerosas y ruidosas. Hay ciudades en las que circulan los pasos por las calles durante casi diez días, mañana, tarde y noche. La razón, reconózcase, no es porque sean una expresión de fe, siquiera paroxística. En la mayoría de esas comitivas apenas se percibe recogimiento y oración. Se han convertido en espectáculos vecinales en los que los caperuzos desfilan como una forma más de asociacionismo o pertenencia social. No alcanzo a entender por qué la Iglesia Católica, que en ocasiones se ha quejado de la vulgarización material en la que han degenerado ceremonias como las bodas o las comuniones, no plantea algún tipo de cambio para que no se malbarate el hecho piadoso que se supone había detrás de estos desfiles, hoy devenidos en turístico ritual.

Como tampoco se entiende que a estas alturas todavía se vea a la Legión (que es parte del ejército, a quien pertenecen sus uniformes) llevar un Cristo, o a la Guardia Civil (también uniformada) desfilar entre las cofradías sonando cornetas. O ya puestos, tener a estos ministros que llegada la Semana Santa, al igual que haría cualquier folclórica, prefieren lucir presencia junto a mozorros que estar en otras cosas. Dastis, el de Exteriores, hacía décadas que no iba a la procesión de Jerez, y este año ha sido el encargado de hacer la primera llamada del paso de la Vera Cruz rodeado de cámaras fotográficas, mientras afirmaba que “ver cómo pasan por la Catedral me encanta”. Y Cospedal, que no falte, ha ordenado que las banderas de los acuartelamientos ondeen a media asta coincidiendo con el Viernes Santo. Ella, que no es precisamente ejemplo de virtud cardinal alguna, adoptando el papel de fidelísima creyente y traspasando esa línea que tan a menudo cruzan también los corruptos, la que separa lo personal de lo correspondiente a la responsabilidad pública. Estos son momentos para pedir tanto el respeto a las creencias, como el derecho de los creyentes a que ni el Estado ni ninguno de sus representantes se arroguen misión principal ante ningún credo.