Música

A solas con Brahms

Por Teobaldos - Martes, 18 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Orfeón Pamplonés

Leyre Lisarri y Diana Terro, pianos. Aingeru Otxotorena, timbales. Carla Satrústegui, soprano. Iñaki Fresán, barítono. Igor Ijurra, dirección. Programa: Réquiem Alemán de Brahms, versión piano y timbales. Programación: Festival Música Sacra del Ayuntamiento de Pamplona. Lugar: sala principal del Baluarte. Fecha: 11 de abril de 2017. Público: algo más de media entrada (10 euros).

Afrontar el Réquiem de Brahms sin la cobertura de la orquesta, es como encerrarse con un Miura sin el capote. Sin duda, el concierto más comprometido del Festival Sacro. Para el Orfeón Pamplonés, es una obra de referencia;se la sabe bien y la domina, en ese sentido no hay problema. Su titular, Igor Ijurra, igualmente, la dirige con tal seguridad y conocimiento que nada escapa a su control. El problema radica en cantar una de las partituras más duras del repertorio vocal, a voz descanada, sin el enorme sostén orquestal que arropa, modula, empuja o retiene la voz. El apoyo de los dos pianos a penas es testimonial, ayuda al coro a coger la nota y poco mas;y, por más que las pianistas -impecables en su cometido-, maticen y fraseen con buen gusto, no colman, claro, al público ;y no es cuestión de reducir el coro -con menos no se puede cantar-, o apianar más -la escritura es la que es, y en todo momento se fu muy fiel a ella-;así que, aunque no nos podemos sustraer a la versión íntegra, sí que podemos sacar algunas lecciones de esta lectura, a caballo entre un ensayo público -para los aficionados coralistas-, y una profundización en el protagonismo vocal de la obra.

El comienzo, y todo el primer número, están dentro del tempo habitual de la versión original;cuesta un poco hacerse a la sonoridad, no la del coro, que es hermosa, sino la de conjunto, con la sensación de que no todo queda lleno. No se si un tempo un poco más ligero hubiera dado sensación de más plenitud. Pasada esa primera impresión, el oyente se mete en la sonoridad “brahmsiana” -que siempre la hubo-. En el “Denn alles” se agradece sobremanera la incorporación de los timbales: todo queda más cubierto -Aingeru Otxotorena hará un gran trabajo toda la tarde-. Muy bien el fuerte súbito. La fuga queda clara, pero, curiosamente, no más clara que si hubiera orquesta. En estas fugas románticas, los instrumentos están muy imbricados con las voces. El tercer número (Herr) es planteado por Iñaki Fresán con autoridad, calidad vocal y fraseo impecable;se adueña de la sala y llega hasta la última fila del palco sin problemas. Hay homogeneidad entre la voz media y los agudos. La gran fuga, en el coro, de nuevo, algo desprotegida. El “Wie Lieblich” fue una delicia;es el número en el que menos se echa en falta la orquesta, porque el coro -con excelentes entradas en tenores, bajos…- hace una versión mecida y muy bien fraseada. Carla Satrústegui aborda una de las páginas más bellas de Brahms con una voz muy blanca, -quizás esta obra necesite algo más de cuerpo vocal-;aunque, en todo caso, es mejor esa pureza vocal que el asomo de “vibrato” -que de todo hemos oído-;eso si, su interpretación es, aún, algo bisoña. A estas alturas de la obra, el número seis, con la tremenda fuga, es muy complicado;nos tuvo en vilo. Lo mismo que el último, que exige al coro -que viene de tres fugas- la máxima volatilidad y espiritualidad en notas por las alturas. Todo se superó. El esfuerzo es casi sobrehumano.