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Insalubridad consentida

Por Jorge Nagore - Miércoles, 19 de Abril de 2017 - Actualizado a las 08:54h

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En junio hará un año que se empezó a construir la casa que tengo enfrente, un tocho de 10 alturas y una anchura de unos 70 metros. Aún no han cerrado los laterales, con lo cual sigue en esqueleto. Mientras escribo, un obrero barre uno de los pisos y levanta un polvo como de calculo dos dedos de grosor, que salta hacia el aire, coge una corriente y se planta en los balcones de la casa de al lado. Es una corriente pequeña. He visto auténticas tormentas de polvo yendo por todo este lugar, tanto ahora como cuando excavaron el agujero. Entre agosto y septiembre, por ejemplo, limpié a fondo unas seis veces el balcón, lo que también tuvieron que hacer los 36 vecinos restantes a los que los balcones les dan hacia la obra, más de los de la otra casa de enfrente, más los de las casas de atrás y a la izquierda. Y seguimos. Cientos de personas contemplando cómo una obra supongo que todas son iguales, incluida la que elevó la casa en la que vivo tiene permiso especial para esparcir polvo, suciedad y malestar a cientos de metros durante meses y meses y meses. Ésta, además, ha ocupado un tercio de las plazas de aparcamiento de mi calle, se ha hecho con la mitad del espacio de un solar verde municipal que usaban los niños para jugar y donde han instalado sus casetas y, finalmente, ha llenado de una capa blanca varias manzanas, manzanas que estos meses no lamentamos tanto los días de lluvia. Al menos si llueve, por unas horas el suelo no saca polvo en el infinito trajín de miles de camiones que han pasado por delante de nuestras ventanas. Sé que la vida mancha y que levantar casas aún más, pero tendrá todo mi aplauso el consistorio o gobierno que sea mucho más estricto y exigente con la afección de estas obras en las vidas ajenas, obligando a, de la manera que sea, emitir mucho menos polvo o atraparlo o recogerlo en la medida de lo posible. Esto es la ley de la selva.

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