Sobre estepas y pinares

Por Álvaro Bértolo Martín de Rosales - Sábado, 22 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:09h

El pasado 26 de marzo, se publicó con el título de “Integrismo estepario” una crítica al modo en que se están realizando algunos aprovechamientos forestales a matarrasa en término de Tudela. Escribo a título personal y sin ánimo de polémica para aclarar el asunto y puntualizar varias de las afirmaciones vertidas.

Recordemos que varias entidades locales de la Ribera acordaron en 2014 la gestión por el Consorcio Eder de sus plantaciones de pino carrasco, mediante cortas de mejora para incrementar sus valores ambientales, forestales y paisajísticos. De las 1.426 hectáreas en las que se actúa, solo en unas 36 hectáreas se han realizado matarrasas. 26 de estas hectáreas a matarrasa se localizan en Canraso y Santa Ana al Norte de Tudela, “planas” que antes de ser ocupadas por infraestructuras o plantadas en los 90, tenían un elevadísimo valor como hábitats esteparios, con elementos sobresalientes de fauna asociada. La eliminación de estas hectáreas obedece a importantes motivos de carácter ambiental. Hablar de “decenas de hectáreas” y decir que es destruir lo realizado en materia forestal en la Ribera durante medio siglo es tan exagerado como incorrecto.

Las repoblaciones con pino carrasco tienen sus ventajas, pero con frecuencia estas plantaciones tienen escaso valor ambiental, en contraste con las valiosas y relativamente escasas masas de origen silvestre

El empleo del pino carrasco en “repoblaciones”, desborda con mucho las localizaciones en las que se podría esperar una significativa presencia de la especie de modo natural. Ciertamente tiene sus ventajas y cumple a menudo una serie de funciones deseables, pero con frecuencia estas plantaciones tienen un escaso valor ambiental, en contraste con las valiosas y relativamente escasas masas de origen silvestre, situadas en espacios protegidos en su mayor parte. Existe una ya clásica diversidad de opiniones sobre la idoneidad de las coníferas en las plantaciones forestales, pero hablar de la existencia de una corriente pinófoba, que ha calado hondo en la administración, es también una clara exageración con muy poco fundamento.

Estas masas no son, como se afirma, hábitats de interés comunitario, catalogación restringida a bosques de origen natural y a masas artificiales adultas adecuadamente naturalizadas e instaladas en terrenos propios de la especie. No es el caso de las plantaciones que nos ocupan. Las matarrasas se han realizado en plantaciones relativamente jóvenes, principalmente sobre terrenos con escasa pendiente y siempre en zonas en las que la vegetación espontánea ya cumple un papel protector. Se han respetado escrupulosamente las poblaciones de rapaces, con búsquedas previas de territorios y nidos. No suponen en absoluto merma de valores de ocio o paisajístico y son plantaciones que en su día fueron informadas desfavorablemente desde la administración ambiental. Porque lo que el autor no menciona es que muchas de las masas de pino carrasco de la Ribera se han instalado a costa de hábitats y especies que sí son de interés comunitario, incluso en algún caso de conservación prioritaria.

Es en este aspecto en el que radica la explicación de las matarrasas realizadas. Frente a la expresión de integrismo estepario, tenemos la triste realidad de la acelerada desaparición y degradación de un tipo de hábitat, el estepario, que no por desarbolado y por ser fruto en gran parte de usos (y abusos) seculares tiene menos valor que otros. De hecho, a nivel europeo es una de nuestras singularidades ambientales más reconocidas. A modo de ejemplo, los valores de un espacio como las Bardenas Reales radican de forma importantísima tanto en la

conservación de sus zonas esteparias como en la de sus reservas de pinares naturales de carrasco. Estas matarrasas no contradicen los principios de la intervención pública en materia forestal, pues perfectamente se ajustan al principio de la primacía de la conservación y mejora de los recursos naturales. También se ajustan al principio de racionalidad y, como debe ser, responden a planes técnicos basados en las ciencias selvícola y ecológica. Son en este sentido, una pequeña rectificación tras actuaciones cuestionables y una pequeña apuesta por poner en valor un paisaje, el estepario, tan nuestro como cualquier otro. Estas pocas hectáreas a matarrasa no son un atropello ambiental sino una actuación biodiversificadora. Si realmente preocupan los grandes atropellos ambientales pongo una pequeña muestra de lo que viene con necesidad de debate;nuevos parques eólicos y ampliaciones con decenas de nuevos aerogeneradores, cuando perfectamente se podían repotenciar los existentes y cambiar la normativa para instalarlos en zonas de agricultura intensiva en el fondo del Valle del Ebro, donde las afecciones serían mucho menores. Nuevos tendidos eléctricos con insuficientes requerimientos ambientales. Autovía a Madrid desde Castejón a Tarazona a través de uno de nuestros últimos paisajes tradicionales cuando puede hacerse por el actual trazado de la N 113… En estos y otros muchos se echan de menos críticas y exigencias de responsabilidades políticas.El autor es técnico superior en Gestión de Recursos Naturales y Paisajísticos