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Republicanismo

Madrileñeo

Por Santiago Cervera - Domingo, 23 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:09h

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lo malo no es sólo que pasen algunas cosas. Lo malo es que ocurran a la vista de todos, sin que se articule ninguna capacidad de reacción. La delegación madrileña que acudió a Buenos Aires a por las olimpiadas se disponía a regresar a España tras el ridículo, e Ignacio González lo hizo a bordo del avión privado de Florentino Pérez, que como es notorio de donde consigue fortuna es de presidir ACS. Imaginen esas once horas de vuelo, esas once horas de intimidad entre el político y el constructor, sin teléfonos ni testigos, mano a mano. Objetivamente obsceno, anecdótico para la mayoría. González pertenece a esa plétora de personajes públicos que nunca han sido capaces de enunciar una idea, escribir un artículo con un mínimo contenido, plantear un desafío social. Su progresión, siempre a la vera de Esperanza Aguirre, ha consistido en utilizar la adulación a la jefa y en manejar con habilidad las componendas que el ejercicio del poder le ha brindado. Siempre atildado, con una de las mejores colecciones de trajes de la capital, adornados con un buen reloj en una muñeca y unas pulseritas en la otra, en ese estilo pijo-gañán que tanta gracia hacía a la lideresa. Su padre estaba colocado en el Senado, un hermano en Mercasa, su otra hermana es diputada autonómica, su mujer ha disfrutado de sueldos de seis cifras en la subvencionada patronal madrileña, y a sus hijas se les adjudicaron varias viviendas de protección oficial. Su casa en Madrid, que todo el mundo sabe dónde está, pudo tener un valor de adquisición de dos millones de euros. Y otro millón más es la tasación de su ático en Marbella. Todo a la vista, todo conocido. Las andanzas de González eran comentario común desde hace al menos diez años, así que cualquiera puede calibrar la polimorfa depredación a la que el sujeto se ha podido dedicar en todo este tiempo, convencido de su listeza e impunidad. Desde los contratos de las obras del Canal (despacho en el que habitualmente recibía a sus visitas) hasta cualquier otra fullería relacionada con el poder en la Comunidad que gerenciaba mientras Esperanza se dedicaba al show business. Y un detalle nada baladí. González es de la cuadra de Cospedal, la que hasta hace poco le defendía, y con la que compartió gobierno autonómico durante varios años. Ella fue consejera de obras públicas con él de vicepresidente, y ojalá algún día se cuenten los proyectos en los que trabajaron juntos. No es ese el único vínculo sólido entre Miss Finiquito y Nacho. Les une también el comisario Villarejo, dueño de la Cloaca Máxima. Con él se entrevistó González en la cafetería La Mallorquina en noviembre del 2011, asustado al ver cómo empezaban a investigarle lo del ático. Entre merengues y natas el uno le dijo al otro que “a la Cospe hay que echarle una mano porque estos cabrones la van a querer quitar de la Secretaría General”. Y Villarejo es también nexo de González con López Madrid, el amigo de la reina Letizia (la que le escribió “Sabemos quién eres, sabes quiénes somos. Nos conocemos, nos queremos, nos respetamos. Lo demás, merde”), acusado de instigar el apuñalamiento de una dermatóloga con la que tuvo una relación y como presunto pagador de comisiones en Suiza. Un último apunte en esta lista (nada exhaustiva) de impudicias. Hace dos años se publicó que la Vicepresidencia del Gobierno había encargado un informe al CNI para conocer si González era mínimamente decente antes de valorar su posible candidatura a la Comunidad de Madrid, la que él pretendía. Nunca se desmintió esa información, y quien encabezó la lista fue Cifuentes. Hace dos años.

Un auténtico gañán. Un tipo al que la Comunidad de Madrid -en origen, una autonomía por descarte, que al principio ejercía poco más que las competencias sobre la plaza de toros- le otorgó ese poder que quería asemejar al de un estado paralelo. Esa villa y corte de fatuidad a la que pasa a pertenecer cualquier listo con un poco de mando en la capital. Un González que, como su homólogo Granados, deambulaba gallardo por cenáculos y zalagardas. A la vista de todos, el pavo reía las gracias a su jefa, mandaba sobre el gobierno de Madrid, congeniaba con la plutocracia a su alcance y, sobre todo, trincaba de donde podía. A la vista de todos, concupiscente, bautizado y confirmado en eso que algunos han llamado el madrileño. Así durante años y años, en constante exhibición. Sin que nadie le pusiera en su sitio, hasta ahora.