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Xabier Alonso Cooperante en Grecia y Serbia

“Cuando llegamos a Serbia, aquello era negro. Hoy por lo menos brilla un poco, aunque siguen sin saber qué será de ellos"

Xabier Alonso es cocinero, aunque el último año de su vida ha estado centrado en ayudar a los refugiados que las guerras en Oriente han traído a las puertas de Europa

Leticia de las Heras Iban Aguinaga - Domingo, 23 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Xabier Alonso, cooperante en Grecia y Serbia.

Xabier Alonso, cooperante en Grecia y Serbia. (EFE)

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Xabier Alonso, cooperante en Grecia y Serbia.

Pamplona- Xabier Alonso dejó su trabajo para ayudar a los refugiados atrapados en los campos de Grecia. Ha realizando ya cuatro viajes de manera autogestionada para atender esta emergencia humanitaria, dos de ellos junto a la asociación HelpNa, pero no se considera un héroe por ello y evita ofrecer nombres concretos. Considera que quien va allí de forma voluntaria es solo una pequeña parte de un movimiento de solidaridad mucho más grande impulsado por un objetivo común: intentar ofrecer una vida digna a quienes la guerra se la ha arrebatado.

¿Cómo surgió su primer viaje a Grecia con HelpNa?

-Todo surgió a raíz de un programa que vi en la televisión y me dejó muy marcado. Contacté con un grupo de salvamento marítimo, pero en ese momento no necesitaban a nadie, así que empecé a buscar más y me enteré de que había un grupo de bomberos navarros que nació a raíz del problema de los refugiados en la zona de Idomeni. Se empezaron a organizar grupos de voluntarios para ir y yo fui con ellos en julio, coincidiendo con dos semanas que tenía fiesta. Allí ayudábamos a un colectivo británico que se llama Hot Food Idomeni y nos juntamos también con otro grupo de bomberos de rescate de Cataluña. Hacíamos bolsas de vegetales y luego las llevábamos a los campos de refugiados.

¿Cómo fue la vuelta después de haber estado en los campos de refugiados?

-La verdad es que la vuelta es muy dura. Tienes que hacer una digestión de todo lo que has vivido y has visto. Ahora están aquí porque están a las puertas de Europa y quizás eso nos ha movido un poco a que tengamos este afán de solidaridad. Me da igual que la gente que viene sea del Medio Oriente o que sea de otros países, al final son personas. Yo no voy por color ni religión, es un tema humano.

¿Fue su primera experiencia de cooperación humanitaria?

-Sí, y no fue la última. Acabo de volver ahora de Serbia y este ha sido ya el cuarto viaje que hago.

Antes de ir, ¿pensaba que estaba más preparado de lo que quizás luego descubrió?

-Tenía esa duda por que aquí todo está medianamente bien. Dentro de nuestra sociedad hay problemas, pero no tan fuertes como el ver familias enteras encerradas en un lugar como un campo de concentración y en situaciones insalubres. Son familias que antes estaban bien y ahora están en una situación de indefensión total y de espera a ver qué les da Europa. Eso es lo que yo más percibí, que pude ponerme en su lugar, el empatizar con la gente y pensar qué sentiría yo si estuviese en una situación así. La privación de libertad me parece muy importante, algo que igual no valoramos. A mi me cuesta 30 euros irme a Grecia y a ellos 2.500 intentar llegar a Alemania con las mafias. Te empiezas a hacer muchas preguntas que quizás antes no te habías hecho.

¿Qué tiene esta situación que están viviendo los refugiados que le llamó a ir hasta allá que no tenían otras como, por ejemplo, la catástrofe de Nepal?

-Precisamente a Nepal estuve a punto de ir, pero no fue el momento. Pienso que esto funciona un poco por momentos o por sensaciones, se tienen que juntar un cúmulo de cosas para que des el paso.

¿Qué le hizo volver?

-Había algo que me llamaba. Tú vas a ayudar, pero cuando vuelves sientes que ellos te han ayudado mucho más. Por eso creo que vuelves. Yo, de hecho, dejé mi trabajo como cocinero en un refugio de montaña para dedicarme a esto y la verdad es que no me arrepiento. Una vez me dijeron que todo esto me lo estaba tomando como un trabajo, pero yo les dije que no, que para mí es algo mucho más importante. Esta gente para mí es muchísimo más importante que el mejor trabajo que pueda llegar tener en toda mi vida.

¿Cómo fueron los siguientes viajes como cooperante?

-La segunda vez me fui a Quios, una isla que está a ocho quilómetros de Turquía y a la que los refugiados llegan en barcas. Fui con un colectivo de Donosti que se llama Zaporeak que ha estado trabajando dando de comer a unas 1.500 personas. A mí no me tocó hacer arribadas. Había un colectivo que se dedicaban a eso y también había una mujer griega que tenía grupos de voluntarios que también iban a las acometidas y les daban productos de primera necesidad cuando llegaban como comida caliente en invierno, algo de ropa si estaban mojados... La verdad es que Grecia se ha volcado siendo país que está muy mal. Nosotros a las seis de la mañana íbamos al mercado, hacíamos el desayuno y a la una y media estaba ya toda la comida lista. Entre comer y limpiar acabábamos a las cuatro y media o cinco de la tarde. Después, cada uno hacía un poco lo que quería. Unos enseñaban inglés, un par de amigas hacían visitas médicas o podías simplemente ir a tomar el té con los refugiados. Daba tiempo incluso para hacer turismo. Es un poco surrealista, pero si te pegas cuatro o cinco meses allá tienes que hacer cosas como en tu vida cotidiana. Conocí a una chica que me dijo que había estado en Ritsona, un campo que está en el norte de Atenas y donde se había creado una especie de cocina-café donde los propios refugiados trabajaban y, después de un tiempo en Pamplona, fui a trabajar con ellos. Yo, al ser cocinero, aprendí mucho de cómo cocinaban ellos y el proyecto estaba muy bien, pero no me gustó cómo se hacía. Para mí es muy importante discernir entre solidaridad y caridad, a mi parecer a nadie le gusta que le hagan caridad. El último viaje lo hice otra vez con HelpNa, esta vez a unos hangares abandonados junto a la estación de tren de Belgrado. Es un lugar al que acuden solo hombres de una franja de edad de entre 15 y 50 años, es como un campamento lanzadera para cruzar la frontera como en Bulgaria o Hungría. Ellos se quedan allí un tiempo, hablan con las mafias y, cuando pueden, cogen el tren y se van a la frontera. La verdad es que es un lugar bastante oscuro y un punto neurálgico muy raro porque una constructora de Arabia Saudí está haciendo enfrente una zona de pisos de lujo y cuando yo estaba allí ya hablaban de tirar esas barracas para lo mismo. La solidaridad allí se está convirtiendo en un delito. En Serbia la ayuda humanitaria está prohibida a día de hoy, así que las grandes organizaciones no pueden trabajar. Allí yo ayudé sobre todo en una cocina en la que les dábamos una segunda comida y también intentábamos ofrecerles una estancia más o menos digna en ese infierno. Ahora mismo se les han puesto luces dentro, se les ha dado madera buena para que quemen, tienen un punto de carga para móviles y, sobre todo, se les ha dado cariño. Cuando fui aquello era negro, hoy por lo menos brilla un poco, aunque siguen sin saber qué será de ellos ni si los echarán otra vez.

¿Cómo es la convivencia entre ellos?

-Es dura. Una de las cosas que me han enseñado todas estas situaciones es que hay cosas que llevas dentro y no las pierdes por muy jodido que estés, cosas como el racismo. En este campo son de dos países diferentes: Afganistán y Pakistán. Les oyes hablar de que los otros son malos y al final terminas diciéndoles que están muy confundidos y tienen que empezar a funcionar de otra manera porque están en la mierda y, si ellos no se ayudan, Europa les va a ayudar menos.

¿Tienen claro lo que se van a encontrar en Europa?

-Hay que decirles qué es lo bueno y lo menos bueno y, a su vez, qué tienen que aportar ellos, porque cuando vas a un país que no es el tuyo tienes que saber qué puedes llevar tú. Creo que es un trabajo muy importante que se está olvidando, el hecho de comunicarles cómo es Europa y cómo es la integración, cuáles son sus problemas y beneficios. Que nosotros estemos allí es la cara más amable que van a ver de Europa. Por ejemplo, todos quieren ir a Alemania porque da mucho más dinero por refugiado, pero en Alemania son mucho más fríos y eso también lo tienen que tener en cuenta. Grecia igual es un país que no te da las condiciones que te ofrece Alemania, pero humanamente es más cálido. No digo que en estos países sean mejores ni peores, sino que son de otra manera, más parecidos a ellos. Además, los sirios son un pueblo muy solidario y ahora han llegado a Europa pensando que iba a ser solidaria con ellos y han chocado con una realidad muy diferente. Muchos te dicen que prefieren morir en Siria de un bombazo que estar en Europa muriendo de desidia y de desprecio porque es lo que están percibiendo.

¿Cuales serían las grandes diferencias que ve entre las pequeñas asociaciones y a las grandes ONG?

-Cuando aparece un problema de magnitudes como este, las grandes organizaciones son las primeras que acuden y montan campamentos , pero luego son también las primeras que se desentienden del problema. Es entonces es cuando actúan las pequeñas organizaciones y lo hacen con mucho más corazón. No sé si la clave está en ayudar de cabeza o de corazón, pero pienso que también hay que saber estar como persona y no solo para cumplir. Al final estas grandes ONG son trabajos y la gente que llega con ellas tiene sus sueldos, yo lo que he percibido es que se va mucho a cumplir expediente y a poner la bandera en los proyectos para lograr más socios. Son efectivas, pero la miseria se ha convertido también en un negocio para ellas.

Después de haber estado otras tres veces como cooperante, ¿qué ha cambiado en su forma de ver el problema?

-Muchas cosas. Al final, cuando vas a un sitio desconocido como Grecia, con un problema de ese calibre, vas con una idea totalmente diferente a la cuarta, cuando ya conoces las luces y las sombras del asunto. Ya no solo ves un problema de inmigración, ves un problema social, político, de inserción social, las carencias de las ONG, negocios internos, mafias... De hecho veo un problema mayor entre los refugiados, hay gente que tiene más prioridad a la hora de que su problema sea solucionado. Un sirio tiene más facilidad que un iraquí, un libio, un afgano o un paquistaní. Por ejemplo, Pakistán no está considerado que esté en guerra. No es una guerra latente como la de Siria, que está involucrado todo el mundo, pero sí hay talibanes, hay atentados, muertos todos los días, saqueos, matanzas... para mí eso es una guerra. Realmente cada vez que vas tienes una visión diferente y esto te hace ser más objetivo, por eso me gusta también ir cada vez a un sitio diferente.

A la larga, ¿cómo afecta a la vida de uno su estancia en estos lugares?

-La larga permanencia en estos proyectos hace que pierdas un poco el norte. Tiene que ser una carrera de relevos porque, si no, te involucras tanto que no ves más allá de ciertas cosas. Tienes que salir un poco de esa situación para digerir lo que está pasando. De hecho hay equipos de psicólogos que ayudan a las personas que han estado en un sitio de estos. Es lógico porque no sabes cómo encajarlo, cuál es la vida real. Cuando vuelves y alguien te dice que tienes que volver a la vida real, ¿qué pasa? ¿Es que lo que he estado viviendo allí no es real? Es muy complicado y a veces tienes muchas peleas internas. Es mucha presión, muchas historias de muertes y abandonos. Son muchas desgracias que llegan a corazones y a cabezas acostumbradas a tener problemas del calibre de que se te ha acabado la batería del móvil o que te ha dejado la novia. Sería bueno tener un poco de preparación para estar allí, pero también para después.