Dictadura en Chile

Sebastián Pino Hidalgo - Fonoaudiólogo Universidad de Valparaíso, Casa Central, Chile. - Miércoles, 26 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Soy chileno. Las vueltas de la vida me han traído a la hermosa ciudad de Pamplona. Uno no puede negar que extraña su tierra, no todas las cosas, obviamente. Algunas con orgullo, otras sencillamente no las extraña, y otras las recuerda con la sola finalidad de mantener la memoria viva. Y en Chile hemos aprendido a golpes de hacha y fuego a mantener la memoria viva, porque un pueblo sin memoria es un pueblo sin historia.

El día 24 de abril muere en Chile el empresario y periodista Agustín Edwards Eastman. Si les hablo de esta persona ni reconocerán el nombre. Les sonará como alguien de ascendencia angla, a lo más. Pero en Chile no hay quien lo desconozca, y genera, en adultos y jóvenes, una variedad de reacciones de admiración y rechazo.

Este personaje de la historia chilena fue un magnate de los medios de comunicación. Y está vinculado con los años más oscuros de nuestra historia. Tanto sus acciones durante los años previos a la dictadura como las que llevó a cabo durante y después de esos 17 años no dejan a nadie indiferente en esa larga y angosta franja de tierra desde la cual provengo.

Probada ha sido su amistad con los Rockefeller. Se sabe que tuvo audiencias con el mismísimo Henry Kissinger con el fin de solicitar financiamiento para grupos de extrema derecha, movido por el miedo de que nuestro país “se transformase en una segunda Cuba”. Condenadas en todos los medios han sido las portadas de sus periódicos donde se refiere a los grupos de resistencia como ratas, donde niega la existencia de detenidos desaparecidos durante la dictadura, donde pide la renuncia de Salvador Allende. Conocidas son sus historias sobre cómo fustigó la vida de su hermana menor allendista, su afición por los caballos de sangre pura y su militante anticomunismo.

Ha partido un personaje que ha dejado un legado oscuro para la historia de Chile y América Latina. Lamentablemente, nunca pagó por su responsabilidad en la desestabilización democrática en mi país ni por su rol en la dictadura cívico militar de Pinochet. Pero es necesario que la historia lo juzgue y que se sepa quién es, para que ninguna calle lleve su nombre.