A la contra

Terremotos

Por Jorge Nagore - Jueves, 27 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:06h

Echo de menos los terremotos. Siento hasta un vacío. Todavía es la tarde que cuando duermo al enano tras darle de comer y comer yo un poco, al tumbarme noto nada más meterme bajo las sábanas -dormir la siesta en el sofá es de cobardes- un cosquilleo como de miedo, recordando aquel de aquel amanecer de hace ni mes y medio pero que parece que fuera hace años y las réplicas de días posteriores, algunas de ellas precisamente en horario de siesta. Noto esa intranquilidad mientras avanzo por la cornisa del sueño y la consciencia y a veces es tan real el recuerdo que llego a creer que algo se ha movido, que quizá haya sido un pequeño temblor con epicentro por supuesto en Ripa u Olagüe, pero finalmente caigo dormido y al despertarme con la voz de Luka -“papi, ¿peleamos?”- certifico que ni terremoto ni hostias, que aquí no pasa nada. Necesitamos terremotos. Como ciudad pequeña y muy recogida sobre sí misma -los carteles de San Fermín, el de la Feria, la Tómbola, los toros que llegan, San Fermín, la nada, los disfraces de Nochevieja, los carteles de San Fermín… la nada- un hecho como un terremoto es estrictamente necesario para recordarnos que algún día vamos a morir, algo que mucha gente olvida mientras está inmersa en este círculo diabólico en el que ocurren cosas pero todas insignificantes -y bobas- si las aíslas y las ves de una en una y mucho más si las observas en conjunto: esta ciudad está muerta, así de claro, posiblemente siempre lo haya estado y jamás pueda sortear esa condición. Aunque quizá ahí radique su encanto: un lugar en el que irse amohinando sin grandes sobresaltos, como esas ciudades dormitorio que construyen en California para que vayan a pasar sus últimos años los jubilados ricos. Necesitamos terremotos, glaciaciones, que vengan ovnis, que crezca un mar en Lezkairu, que Osasuna suba otra vez pronto… Si no el día que muramos no nos vamos ni a enterar.