Mesa de Redacción

Encubrir la indignidad

Por Joseba Santamaria - Jueves, 27 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:06h

El bombardeo de Gernika, con los de Durango, Elgeta y Otxandio, fue posiblemente el primer ataque aéreo conscientemente indiscriminado contra una ciudad indefensa y su población civil en Europa, y, como tal, un anuncio de futuras destrucciones en Pforzheim, Dresde, Varsovia, Stalingrado, Hiroshima, Hanoi o Sarajevo hace apenas una década, o decenas de ciudades y aldeas ya sin nombre en África, Asia o Latinoamérica. Gernika fue otro ensayo militar para utilizar los bombardeos sobre la población civil como método -ya ensayado antes por el ejército africanista español en el Rif o por los fascistas italianos en Etiopía- de extender el terror. El 28 de abril de 1937, el corresponsal George Steer relató al mundo en The New York Times y en The Times de Londres la verdad que la larga noche franquista ocultó 40 años: “Aquellas bombas procedían de la fábrica alemana RhS”, en referencia a los aviones de la Legión Cóndor de la Alemania nazi y del fascismo italiano al servicio del mismo Franco. Incomprensiblemente, el Estado español se niega a pedir perdón por aquellos hechos. Alemania lo hizo en 1997, como Juan Pablo II pidió perdón por los crímenes del poder católico, o Japón por sus masacres en China o Corea. La manipulación de la historia por parte de los vencedores y los lastimosos intentos actuales del revisionismo derechista para tratar de ocultar la desvergüenza de sus actos no evitaron que Gernika se convirtiera en símbolo de los horrores de la guerra, y así lo plasmó Picasso en su histórico mural Guernica. Desde aquel 26 de abril de 1936, Gernika es también símbolo de rechazo a toda violencia, de paz, reconciliación y derechos humanos. Pero la imposición del olvido a las víctimas del franquismo sigue vigente aún en España, mientras se suceden actos de exaltación del aquel régimen y soflamas de apología del genocidio que quedan impunes. En el siglo XXI.