La democracia de los ignorantes

Por Julián Zubieta Martínez - Viernes, 28 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Tucídides, s. V. a. C., dejó constancia en su Historia de la Guerra del Peloponesoque los fuertes hacían lo que podían y los débiles sufrían lo que debían. No cabe duda de que el devenir histórico de este supuesto se ha convertido en uno de los fundamentos que configuran el poder y la autoridad política de las sociedades, volcando sobre nuestra actualidad el fracaso que acoge en su interior. Evidencia, que demuestra sin escrúpulos que el supuesto progreso que se presume a la humanidad no mitiga las pretensiones dominadoras de los pocos sobre los muchos. Una opción que impregna, como vamos a ver, la genética intrínseca de las civilizaciones.

Alrededor de lo expresado por el historiador me asaltan dos dudas: ¿es demasiado tarde, o temprano, incluso, para darnos cuenta de que ese dogma de autoridad, cuyo resultado demuestra la persistencia de la sempiterna tradición adornada por los mezquinos privilegios concedidos a los poderosos aupados por el cañón de la violencia o la herencia de la cuna, es un fracaso? Si nos damos cuenta, esto es importante, ¿hay solución para que esta situación se transforme en beneficio de todos?

Vaya por delante a la respuesta que es muy difícil combatir la ignorancia. Valga de ejemplo para ello lo que le ocurrió a Sócrates, también en la Grecia del siglo V a.C. Todos sabemos que el filósofo fue condenado a muerte por hablar sobre la moral y la democracia -eso sí, elitista, como la de ahora- a la que contribuyó a crear, y en la que posiblemente creyó. Su delito: denunciar la corrupción y el pisoteo de las libertades por aquellos que ostentaban el poder y sus círculos clientelares, además de advertir sobre el papel supersticioso y manipulador de la religión oficial. Dicen que cuanto apuró el vaso de cicuta en búsqueda de la muerte, se consoló y nos consoló manifestando que “siempre habrá alguien para pasear a mi lado, y denunciar a los corruptos y a aquellos que se llenan los bolsillos”.

De todas formas, a través de lo manifestado por los dos atenienses señalados, ha sido más cómodo visionar el futuro político de las sociedades que actualmente pueblan el planeta. Antes, en medio y ahora, la corrupción oficial se ha paseado, y se pasea, a sus anchas por todos territorios conocidos, colegiadamente con los que se llenan los bolsillos a su lado, silenciando y negando esa realidad a los que la denuncian.

No por estas circunstancias contrarias debemos renunciar a repensar el significado de las propuestas políticas hasta ahora conocidas. Entre ellas, me voy a referir a la que domina la actualidad política: la democracia. Los estudiosos de las dinámicas democráticas, como G. Mosca y V. Pareto, han dejado plenamente establecido que la teoría y la práctica de la democracia ha evolucionado a lo largo de la historia por medio de intensas luchas sociales y políticas -la Revolución Francesa, la Revolución Rusa y la II República española, con su propia revolución intestina, por ejemplo-. Pero es necesario saber que estos movimientos sociales comenzaron a desempeñar un papel revolucionario solamente cuando los “condenados de la tierra” descritos por F. Fannon, empezaron a dudar que la pobreza y la desigualdad fueran inherentes a la condición humana. Esta duda-realidad continúa visualizándose en la explotación de la mano de obra infantil, en la esclavitud amparada por los míseros sueldos y en la desigualdad de género y en la inmigración.

Es cierto que en los prolegómenos de estas revoluciones mencionadas, se tuvo que

engendrar un disenso creciente respecto al sistema que privilegiaba el beneficio de unos pocos mediante la explotación de amplios sectores sociales. Muchas han sido las ideologías que se posicionaron en contra de esas ventajas: anarquismo, socialismo, comunismo, independentismo, cristianismo, etcétera… Muchas, si no todas, fueron las que en la máxima tensión del conflicto entre privilegiados y condenados renunciaron a solucionar el conflicto por medios consensuales. Tal era el agravio cometido. Por lo tanto, adelantarse al conflicto mediante un sistema político negociador como antesala de los acuerdos, sería más que aceptable. Podríamos decir que la articulación social del descontento es el primer paso para que la protesta colectiva adquiera una impronta netamente política, claro, si es reconocida por los privilegiados -actitud infrecuente, por desgracia-.

Hoy, siempre, hay una derecha internacional que está interesada en perpetuar estos conflictos sociales, con la intención de encubrir la crisis del modelo democrático neoliberal, para mantener sus prebendas. Éstos necesitan predicar la idea de que es necesario, casi imperativo, que haya una guerra permanente en el mundo para su propia salvación. Para ello se inventan o van surgiendo enemigos y razones para que haya fuerzas militares que se conviertan en guardianes de la seguridad y el orden de los privilegiados herederos. Vamos, lo de siempre. Aunque hoy, esta ignorancia democrática se enfrenta contra una población que no está por ningún medio segura de poseer futuro.

Cuando la clase política y las elites sociales han conseguido trenzar sus intereses de modo que las ventajas de la estabilidad y el parasitismo sobre las instituciones públicas se reparten de modo equilibrado entre ellos o, en su caso, procurando una razonable rotación en el disfrute de prebendas, el anquilosamiento o la congelación del régimen, no es difícil. Nos han confundido presentándonos en plato de plata la deseada libertad individual, sea del tipo que sea: y nos hemos dejado engañar y dominar por los lenguajes políticos y las bondades materiales ofrecidas y no consentidas. Migajas, en definitiva, que niegan la verdadera naturaleza del ser humano: una sincera relación entre individuo y sociedad que nos iguale a todos. Para el poder, decidir cómo se articula esto no es tarea difícil. Esa realidad la personifican maravillosamente A. Pla y F. Muguruza en esa “bola de rabia” que representan en la obra teatral Guerra, cuando nos dicen que a veces, dos y dos no son cuatro. A veces son cinco. A veces son tres. A veces son todos al mismo tiempo. Para el poder no es difícil manipular la opinión. Más complicado debería ser que los ciudadanos entremos a formar parte de esa sinrazón.

Contra esa organización política y económica de la sociedad, amparada en la democracia de los ignorantes, hay que ofrecer algo distinto por conocido. Por ejemplo, colectivismo, cooperativismo, redistribución, federalismo e igualdad en las relaciones como pauta para toda normativa, o no, en la deseada futura organización social, para los muchos. Necesitamos que la idea de pacto federativo en sustitución del fracaso social del neoliberalismo, se instale entre nosotros. Por ejemplo, mediante una educación adecuada, donde la razón del individuo constituya no solo un valor de tipo moral, sino el fundamento de un nuevo orden social derivado, no en la autoridad sino en el pacto, convirtiéndose en la base de toda norma política. El discurso más cabal es el que reconoce el pacto entre las entidades reales y positivas determinadas a través del curso de la historia, y no las creadas a lo largo de los siglos por el privilegio y conservadas por la tradición, porque estas no cuestionaran nunca los fundamentos económicos de una sociedad desigual, tal como nos lo dijeron los dos atenienses mencionados.