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Por Teobaldos - Sábado, 29 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Orquesta Sinfónica de Navarra

Olga Pasiecznik, soprano. Michal Nestorowicz, dirección. Programa: W.A. Mozart: Obertura de La Flauta Mágica, y Bella mia Fiamma /Resta, Oh cara K.528. Lutoslawski: Chanteflurs et Chantefables. Siblius: sinfonía número 6. Programación: ciclo de la orquesta. Lugar: sala principal del Baluarte. Fecha: 27 de abril de 2017. Público: tres cuartos de entrada.

El undécimo concierto del ciclo plantea tres mundos sonoros alejados entre sí, a cual más atractivos, aunque a saltos en el tiempo: Mozart como gancho, Lutoslawski como casi estreno, y Sibelius: conocido, pero no tan frecuente en su sexta sinfonía. En el podio, Nesterowicz, de quien recordamos un gran Wagner con la OSE, y, como invitada, la soprano Olga Pasiecznik, que bordó las canciones de Lutoslawski, cima de la velada. Las nueve canciones enmarcadas en el título Chantefleurs et Chantefables fueron una delicia tanto en la interpretación -fundamental para darles enjundia- de la soprano, como en la precisión, ajuste y exquisito acompañamiento de la orquesta. Son canciones basadas en textos para niños, muy descriptivos de animales y flores, pero cuya música suena precedida de un halo de metáfora sobre la vivífica naturaleza perdida: cada una explica su tema sobre meditadas descripciones -saltamontes, cocodrilos, flores…- siempre cercanas a jardines privados y ensoñaciones -Veronique, La Belle de nuit-, o a espacios más abiertos con animales minuciosamente ordenados y descritos. La soprano Olga Pasiecznik las abordó desde una voz en la línea de la escuela rusa -algo vibrante al principio-, homogénea en los tramos que van del grave al agudo, con un fraseo impecable, y una interpretación dramatúrgica muy apropiada a sus contenidos: misteriosa la primera, onomatopéyica resaltando el staccato la referida al saltamontes, ensoñadora, la tercera;y así, hasta completar la delicada gama de matices de la obra: cierta violencia, desafiante tortuga, lirismo de la rosa, precioso pianíssimo agudo sobre el arrastre del cocodrilo, algo dramatismo en Angelique, y luminosidad general. La orquesta, impecable en las pincelas tímbricas: desde la celesta, a los violines en matiz piano;desde los pesantes graves de la cuerda, hasta el solo de clarinete. Olga también se defendió bien en la tremenda aria de concierto de Mozart;aquí los extremos vocales son peliagudos, y supo transmitir todo el dramatismo del texto.

Abrió el concierto una sonora y sólida versión de la obertura de la Flauta mozartiana, grande en los metales de la introducción, pero meticulosa en las sucesivas entradas de la cuerda. Y se cerró la velada con la infrecuente Sexta Sinfonía de Sibelius. No llama mucho la atención del oyente esta obra porque, a diferencia de otras, los temas no surgen poderosos y claros, sino que van y vienen en un entramado polifónico que, no nos engañemos, es difícil de seguir, o de tararear, como comentan algunos oyentes. Nesterowicz la dirigió de memoria, y la orquesta la sirvió con claridad y comedimiento -el segundo movimiento, por ejemplo, de economía instrumental y depurada escritura-.

El tercer y cuarto movimientos se animan, y son más complejos, sobre todo el cuarto;y se llevó muy bien la transición del episodio más dramático y violento de la obra hasta el final, donde toda la orquesta se serena para convocar el silencio.