Las rupturas de ETA

Por Joseba Eceolaza - Sábado, 29 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:09h

“No es lícito olvidar, no es lícito callar. Si nosotros callamos, ¿quién hablará”. Primo Levi

Por desgracia muchas sociedades en muchos momentos han afrontado un tiempo post-violencia. Y las tareas, más allá de la intensidad y las causas, suelen tener un nexo común. Después de los tiros, el odio y la deshumanización hay que reconstruir el tejido social dañado. Y éste suele estar especialmente roto en la mirada que hemos tenido hacia el otro, hacia su dolor, sus miedos y sus tragedias.

Y son especialmente necesarias algunas reflexiones dirigidas anuestro campo, a ese ámbito en el que nos encuadramos algunas izquierdas de esta tierra, ese lugar político en el que en el pasado sentimos que las víctimas de ETA, su sufrimiento y sus miedos, nos eran ajenas. Cada uno afrontará sus tareas, cada uno tendrá un espejo al que mirarse, y toda la sociedad a su vez abordaremos el envite de la convivencia y la memoria.

La dureza del reflejo del espejo, precisamente, radica en la honestidad de la imagen que proyectamos, por eso la pregunta ¿qué es lo que he hecho yo?, resulta tan pertinente. Y no se trata del impulso de una mala conciencia que queremos limpiar con tres artículos y dos charlas, se trata simplemente de consolidar también una mirada moral al pasado, aquella mirada que no sólo relata acontecimientos sino que trata de entenderlos, como dijo Reyes Mate.

El daño de la violencia no es sólo a la víctima y al victimario sino también a la sociedad que se ha violentado, por eso hay que recomponer el tejido social. La violencia crea sujetos violentos, embrutecimiento y relativismo moral y eso no se pasa de golpe. El proceso de deslegitimación de la violencia también necesita su tiempo y es deseable que en esa reflexión aparezcan más argumentos humanos que estratégicos.

Cada uno afrontará sus tareas, cada uno tendrá un espejo al que mirarse, y toda la sociedad abordaremos el envite de la convivencia y la memoria

Impacta, y de qué manera, saber que mientras algunos de nuestros vecinos eran agredidos nosotros no hacíamos nada. En nuestra cotidianeidad había un dolor mudo que no veíamos, por eso la primera ofensa fue no mirar. Leon Blum, presidente de Francia en 1940, llevaba una vida plácida en un chalet del campo de concentración de Buchenwald, encarcelado sí, pero a pocos metros del horno crematorio vivía ajeno a todo aquel drama, a veces olía mal, y los pájaros desaparecieron porque no aguantaban aquel humo, pero nunca pudo hacerse una idea de lo que allí se estaba viviendo. Es exagerada la analogía con los campos nazis, por supuesto, pero nos vale de ejemplo ante la ceguera física y moral.

Hay una manía, insoportable, de contraponer unas víctimas con otras. Como si ante nuestra insensibilidad nos calmara quelos otros también agredieran a los nuestros. Siempre hay un “lo que ellos han hecho es peor” que nos calma y reconcilia, sin advertir que así la zanja de la crueldad va haciéndose todavía más evidente. Y esto es algo que debemos quebrar, porque amenaza nuestra moralidad, porque resulta terrible pensar que el asesinato resulta menos espantoso si sabemos que hay maldad también en el otro. Edurne Portela habla de “economía de los afectos”, otros hemos hablado de “valoración asimétrica del dolor”, sea como sea en este momento de final de ETA, lo que necesitamos es más corazón que orgullo.

El fanatismo presenta similitudes en todos los lugares y en todas las épocas. Lo que persiste es la idea de frontera entre ellos y nosotros. Los prejuicios hacia el otro han estado llenos de sentimientos negativos, se presenta al otro como un enemigo irreconciliable desde tiempos inmemoriales, apunta el historiador Raúl López Romo. El otro es defuera eimpuestoy nosotros somos lo deaquí, lo natural. Hay, como diría Bauman, una mixofobia que es el rechazo a la diversidad.

El modelo de final de ETA es el símbolo de una degradación evidente. Lejos del mito del final negociado, bilateral y pactado. Por eso, en este contexto, un desarme es simplemente el primer paso para acabar con una subcultura del odio que ha impregnado algunas de nuestras relaciones.

Si hoy ETA no puede actuar es porque durante años miles de personas y colectivos pacifistas han contribuido a la deslegitimación social de la violencia. Es, sobre todo, una contribución de esa parte de la sociedad que se reveló contra la imposición, contra el tiro en la nuca y las amenazas, mientras que el resto callamos en algún momento de nuestra vida.

Por otro lado, al pasar a otro tiempo es normal que haya algo de impostura y de olvido consciente. La única forma de seguir viviendo en el mismo espacio con quienes te desearon la muerte, incluso con quienes verbalizaron ese odio, es olvidar un poco. Esa es la única forma de trascender ante un hecho traumático para tratar de convivir. No obstante, y esta es una enseñanza clave de la memoria histórica, la impunidad, además de generar dolor en las víctimas, aplaza cuestiones fundamentales. Y este es un asunto que ETA deberá gestionar sin arrogancia ni altanería. Las tareas del Estado en esta materia también están claras y concretadas, además en una ley foral, desgraciadamente recurrida ante el Tribunal Constitucional.

El reto, entonces, no es sólo ponerse en el lugar del otro sino hacerle un lugar al otro. Debemos construir una memoria colectiva mestiza, moderna, adaptada a un tiempo permeable y de influencias externas, muchas de ellas positivas. Una memoria contrastable con el pasado, que no mitifique el tiro en la nuca ni entienda la tortura como un mal necesario y que sea capaz de promocionar el respeto mutuo, sin repetir la insensibilidad hacia el dolor lejano, y que no tenga la tentación de caer en la levedad de ETA, en la idea de que esto tampoco fue para tanto.

Va entonces mi homenaje a aquellas personas que, en palabras de Todorov, “en situaciones dramáticas fueron capaces de mantener su integridad como individuos éticos negándose a someterse a la coacción impuesta por la fuerza o aceptada en silencio por la mayoría de la población”.