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Corrupción y neofranquismo, hacia un Estado fallido

Por Joseba Santamaria - Domingo, 30 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

al PSOE de la Gestora la moción de censura de Unidos Podemos contra Rajoy le ha molestado mucho. Es políticamente comprensible ese enfado de Antonio Hernando, el Bruto que enviaron a apuñalar por la espalda a Pedro Sánchez, y de Susana Díaz. Al fin y al cabo, el movimiento de Podemos ha dejado en evidencia dos cuestiones políticas relevantes: en primer lugar, que el PSOE no tenía intención alguna de plantear una moción de censura contra la corrupción, sino que mantiene su decisión de avalar la continuidad del Gobierno del PP. Y en segundo término, que el PSOE ya no tiene en exclusiva el patrimonio de la oposición. Unidos Podemos suma similares votos que el PSOE, ambos por encima de los cinco millones, y cuenta con los diputados suficientes para activar el mecanismo parlamentario que pone en marcha la moción de censura. El PSOE ya no es la oposición única simplemente porque el Congreso ha dejado de sostener un modelo político bipartidista. Pero más allá de las pugnas entre partidos -evidentemente, Iglesias también aprovecha la moción de censura para su interés partidista de azuzar el debate interno en un PSOE en pleno proceso de primarias-, este paso sitúa el debate político en el ámbito que más inquieta ahora a la sociedad según las últimas encuestas: el de la corrupción. La sucesión de casos de corrupción de los últimos días -que han llevado al ex presidente de Madrid Ignacio González a la cárcel y obligado a dimitir a Esperanza Aguirre-, el bochornoso intrusismo político en la Justicia y el goteo de actos de exaltación neofranquistas sitúan al Estado en una situación de excepción democrática que exige posiciones claras. Porque por mucho que anime Rajoy a los suyos a esperar a que pase la tormenta, la realidad de la corrupción que ha agusanado al PP en todos sus territorios y ámbitos apunta cada vez más cerca de él mismo. Basta recordar el argumento de Aguirre para explicar su dimisión alegando que falló en la vigilancia de lo que hacían sus cargos de máxima confianza, Granados y González. Ese error in vigilando no justifica por supuesto toda la responsabilidad de Aguirre en la corrupción generalizada del PP en Madrid, pero sirve para apuntar directamente a Rajoy, ya que si Aguirre se va por no controlar lo que ocurría en el PP de Madrid igualmente se debería ir Rajoy, incapaz de vigilar y controlar lo que ha ocurrido, y seguirán apareciendo más casos y más implicados, en el conjunto del PP del que es el máximo responsable como presidente. La corrupción es ahora mismo la punta del iceberg de un sistema político en decadencia absoluta. El intento de continuar con el régimen bipartidista de 1978 con una blanda restauración ha sido un fracaso y apunta a que si no se toman medidas de regeneración democrática puede derivar en un Estado fallido. La moción de censura de Unidos Podemos fracasará numéricamente por el rechazo del PSOE y de Ciudadanos -como fracasaron las anteriores de González contra Suárez y de Hernández Mancha contra González-, pero habrá sido un éxito si traslada a la opinión pública la necesidad de esa regeneración democrática del Estado español. ¿Pueden Rajoy y este PP, acorralados por la corrupción, que apunta ya a miembros de su Gobierno incluso, seguir controlando las principales estructuras políticas, judiciales y mediáticas de un Estado democrático? La respuesta sólo puede ser NO.

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