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Republicanismo

El nuevo Gran Hermano

Por Santiago Cervera - Domingo, 30 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

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Las cosas ocurren como sigue. En el curso de una investigación judicial la abrumadora tecnología disponible permite grabar horas y horas de conversaciones telefónicas, mensajes de móvil y puntos de geoposición de los sospechosos. Unas unidades policiales ciertamente anómalas, UCO y UDEF, henchidas de ese pavoneo que tanto gusta a algunos uniformados, registran la información, la transcriben, añaden valoraciones en sus informes y se la trasladan al juez. Este, incapaz de pasar horas y horas leyendo y rebobinando, toma la parte que más le interesa al efecto de sentar al acusado frente a él. Grabaciones y transcripciones componen los expedientes judiciales, y así acaban en poder de las partes personadas. Partes que tampoco son inocentes, y que disponen tanto de contactos periodísticos como de vivo interés por sesgar el conocimiento público de lo que está pasando. Ora para condicionar la acción de la justicia, ora para sembrar de impedimentos la investigación, ora para predisponer al respetable en favor o en contra de un encausado. En el penúltimo punto de la cadena, un periodista de receptación, un digital, una televisión o una radio, que podrá ofrecer el crudo testimonio de un comportamiento comprometedor, y que además será vestido como fruto del periodismo de investigación cuando el trabajo se ha limitado a abrir el correo electrónico que una fuente interesada le ha remitido. Y finalmente, el destinatario de la información, ese ciudadano entretenido en escuchar la golfada, la dimensión más cutre y lazarilla de ese político al que antes se tenía por respetable. Si aliñamos todo esto con la presencia de tantos poceros de cloaca como frecuentan los casos más conocidos, de intereses políticos próximos o remotos, o del papel de allegados al CNI o de maderos indeseables, tenemos la componenda completa. Un nuevo Gran Hermano, la justicia en directo, la disección cruda de lo más execrable de la sociedad.

Tenemos un nuevo Gran Hermano, la Justicia en directo, la disección

cruda de lo más

execrable de la sociedad

Sería insensato no percatarse de la gran tramoya que hay detrás del espectáculo, en el que nadie actúa desinteresa

Merece una reflexión el fenómeno. Hay una tendencia innata, populachera, a agradecer que esto esté pasando en nombre de la necesaria purga de corruptos que hay que practicar. Así que parece benéfico que tengamos a nuestro alcance -todos, y no sólo los jueces- el testimonio pornográfico de un González hablando sobre cómo nombrar fiscales, de un Camps lisonjero con sus amiguitos del alma, o de la propia reina colegueando con un imputado. Pero sería insensato no percatarse también de la gran tramoya que hay detrás del espectáculo, en el que nadie actúa desinteresadamente. Incluso cabe preguntarse si no es también genuina corrupción el uso privativo de los procedimientos legales de instrucción, igual que lo es el uso privativo del dinero público. Mientras los procedimientos se eternizan -muchas veces a causa de esa mezcla de vanidad e incompetencia judicial, otras por la inherente complejidad de los casos-, los procedimientos se televisan. Nunca de manera inocente, siempre atendiendo al interés de parte. Los jueces lo permiten, cuando no lo propician, y quienes se están jugando años de cárcel y fortunas embargadas han aprendido a utilizar en su beneficio cualquier excreta que tengan a mano. En su dimensión punitiva, participar como espectadores de este cadalso mediático parece buena actitud, porque hace posible observar el carácter más vulgar de tantos cuantos antes paseaban vanidad en coche oficial. Pero atenta contra todas las sutilezas que hay que saber apreciar para determinar si un comportamiento es delictivo o no. Y sobre todo atenta contra la equidad y la ecuanimidad dentro de un procedimiento que ha de ser justo, no justiciero, y en el que tácitamente se acepta que será el pillo es el que contará con mayor ventaja.

En Estados Unidos creen que una de las causas del triunfo de Trump ha sido el modo en el que han circulado las falsas noticias por la red. Noticias condimentadas con ingredientes falsarios, creadas para alentar lo más básico del receptor final de las mismas, para anular cualquier análisis exigente de la complejidad social. Noticias que se distribuyen ilimitadamente a través de las redes sociales, que llegan al teléfono móvil por canales que nadie puede controlar bien, que comparten soporte con vídeos de gatitos y mensajes familiares. La perfecta anarquía informativa. Que es la misma que podemos estar sufriendo aquí y ahora, leyendo y escuchando satisfechos las bravatas de las decenas de imputados que pueblan los procedimientos judiciales, sin percibir al mismo tiempo la manipulación que casi siempre hay detrás.