Recursos humanos

Violencias

Por Maite Pérez Larumbe - Martes, 2 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:06h

Nos rodea más violencia de la que podemos asimilar. En serio, creo que somos moderadamente incapaces de reconocer su magnitud. Igual que los peces no se hacen una idea clara sobre la naturaleza del mar, nuestra propia ubicación dificulta estimar en cuántas circunstancias la padecemos y la medida en que la realimentamos. Claro que notamos mejor el pisotón ajeno en el callo propio que la punzada en el callo que pisamos, pero no siempre, es como si tuviéramos algún circuito colapsado. Esta limitación para percatarnos no deja de ser una socorrida pero a la larga contraproducente medida de seguridad. La dispersión en múltiples ocupaciones, distracciones y evasiones tiene un efecto protector a corto plazo. Aún así, hay días en que el confort inducido se desvanece e impera la constatación de que nos agreden y agredimos y la elasticidad del recurso a la legítima defensa no da para justificar todas las situaciones. Desde las relaciones próximas llevadas por la prisa, la desatención, los pequeños descuidos, las anticipaciones, las suposiciones erradas, los juicios abusivos o las rotundas vehemencias a las noticias del exterior a las que abrimos el ojo o el oído y la sana intención de informarnos, el día puede devenir en una suma de malestares cada vez menos difusa. Alguien rocía a alguien con un líquido inflamable para prenderle fuego, alguien acosa a alguien a través de las redes y lo encarrila al suicidio, alguien dispara, apuñala, roba, invade, mutila, desahucia, persigue, expulsa, insulta, ridiculiza, aparta, miente, tapa, desconsidera, descarta, manipula, predice o calla. ¿Podríamos soportar nuestra foto real? ¿Un número en una escala que nos situara entre el 0 y el 10 de los imposibles extremos? Lo hablábamos el otro día y llegábamos a un consenso previo. Hay una línea ininterrumpida y solo es cuestión de grado.