tres agresiones a conductores en pocas semanas

Nocturnas, el viaje con más riesgo

Viernes. 23.40 a 2 horas. Conductores y usuarios relatan su experiencia a bordo de las líneas más conflictivas: la N7, directa al corazón de la fiesta txantreana, y la N1, a Zizur, territorio de bajeras

Un reportaje de Sara Huarte. Fotografía Dani Olóriz - Martes, 2 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Las tres agresiones a conductores que se han registrado en las última semanas han puesto de manifiesto las difíciles situaciones a las que se enfrentan.

Las tres agresiones a conductores que se han registrado en las última semanas han puesto de manifiesto las difíciles situaciones a las que se enfrentan. (Dani Olóriz)

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Las tres agresiones a conductores que se han registrado en las última semanas han puesto de manifiesto las difíciles situaciones a las que se enfrentan.Antes de subir a la N7, Íñigo Gómez, Nahia Pérez y Olaia Menéndez dieron ejemplo de civismo y vertieron el contenido de sus vasos en la botella.Algunos usuarios llegan a quedarse dormidos.Los conductores demandan mamparas y cámaras en todas los autobuses nocturnos.
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Apostados contra la parada de la N7 en el paseo Sarasate, Iñigo Gómez, Nahia Pérez y Olaia Ménendez apuran los últimos tragos de sus cubatas antes de que llegue la villavesa de las 23.40 horas. “Son fiestas de la Txantrea”, explica Olaia, abriendo la botella de litro y medio con la mezcla. “Es que no se puede entrar con bebida”, apunta, mientras Nahia vacía el contenido de su vaso en la botella.

Desde el asiento del conductor, Javier (nombre ficticio por petición expresa del entrevistado) los observa divertido y espera a que terminen. “En general la gente se porta bien”, asegura este conductor con más de 11 años de experiencia en el servicio nocturno. “Está bien que haya normas, al final es una villavesa. Aunque nosotros hemos visto a gente que incluso ha vomitado dentro”, señala Iñigo, avanzando por el pasillo vacío en dirección a los asientos del final. “Sí, pero los conductores suelen diferenciar cuando están malos o cuando la quieren liar”, apostilla Nahia, que no duda en diferenciar a los usuarios de las nocturnas en dos grupos;los “que vuelven de fiesta” y “los que van a trabajar”. “Se nota más por la mañana, cuando volvemos. A esas horas hay gente que va más perjudicada y arma más barullo”, apunta Olaia, ya sentada y con la botella de la mezcla cerrada sobre las piernas.

Javier, que hace rato ha arrancado, continúa su recorrido en dirección a la Txantrea y comenta que “no todas las noches hay lío”. “Las agresiones son situaciones puntuales. Generalmente la gente se porta bien, aunque sí que es cierto que no es lo mismo el comienzo de la noche que las 3 o 4 de la mañana cuando la noche va cayendo y algunos se montan cargados de razones. De cualquier forma, lo mejor es evitar y mucha mano izquierda”, defiende este experimentado conductor, a quien los años tras el volante le han ayudado a perfeccionar las técnicas y trucos para evitar el conflicto.

Como, por ejemplo, analizar al usuario antes de abrir la puerta o esperar en las paradas que están cerca de un semáforo y este está en rojo. “Son cosas que aprendes con los años”, apostilla Javier, mientras enfila la bajada de labrit. “No siempre sale bien, pero ayuda mucho saber cómo es el usuario antes de abrir la puerta. Es algo que te dan los años, aunque hay veces que parece que no, pero luego se monta y al rato te la lía parda”, confiesa, aplicando otro de sus trucos y esperando en la parada a que el semáforo, que está situado a pocos metros, se ponga en verde. “Fuera de las paradas no podemos abrir las puertas, por lo que así no doy pie a que me toquen en la puerta para que les deje subir. A mí se me hunde el corazón, pero no puedo parar”, señala, consciente de que la situación es especialmente complicada los viernes, cuando las villavesas pasan cada 25 minutos.

De repente, un pitido corta el aire y avisa a Javier de que Chabelys Herrera, de 20 años, y Oihane Fernández, de 18, han solicitado parar en Cortes de Navarra. Ellas también son usuarias habituales, especialmente los viernes y sábados. “Solemos coger la N7 y la N2 y sí que hemos visto jaleo a veces. Sobre todo a la vuelta de las discotecas, cuando la gente va más pasada”, apunta Chabelys. No obstante, ambas coinciden en que “la gente es muy poco respetuosa”. “Lo más llamativo es que muchos intentan comer y beber dentro”, comenta Oihane, al tiempo que las puertas de la villavesa se abren.

“Por suerte yo nunca he tenido que recurrir a él, pero tenemos un botón de emergencia por si acaso”, explica Javier, esperando a que Chabelys y Oihane bajen para pulsar otro botón y cerrar las puertas. No obstante, este conductor sí que ha experimentado “mucha inseguridad” en su puesto de trabajo. Especialmente una vez en la que dos jóvenes comenzaron a pelearse dentro del autobús. “Te envalentonas y les dices que se bajen, pero luego van contra mí. Me siguieron con los cinturones en la mano, pegando golpes contra la parte de atrás de la villavesa”, recuerda Javier, que en estos momentos aprecia especialmente el apoyo que le brindan otros usuarios. “Se agradece mucho que te vean apurado y vengan a echarte un capote y decirle algo. Además, en esos momentos, hay que explicar al resto de usuarios qué es lo que está pasando. Ellos también están pagando por este servicio”, señala, volviendo otra vez al punto de partida;la parada del paseo Sarasate.

Al mismo tiempo, algunos metros más allá, la N1 acaba de detenerse en la parada de la avenida San Ignacio. La conduce la única mujer de los 15 conductores que están operativos. Laura, que también prefiere mantener su verdadero nombre en el anonimato, lleva nueve años en las líneas nocturnas y ha tenido que enfrentarse a situaciones de todo tipo. “Nada grave, pero sí insultos y desprecios”, explica esta trabajadora que en ocasiones ha sido blanco de los ataques verbales por su condición de mujer. “No dejaba de llamarme choferica y me dijo que tenía que estar en casa, cuidando de mi marido”, recuerda Laura, reviviendo aquel desagradable episodio que vivió una madrugada sanferminera en Barañáin por preguntar a un hombre “si iba a subir o no”.

“Ahora me afecta menos, pero antes sí me quedaba dolida. Me han llegado a llamar de todo”, reconoce, abriendo las puertas de la villavesa frente a la Escuela de Música de Zizur y sonriendo a Julen Redecillas y Markel Nausía, ambos de 16 años, a modo de bienvenida. Ellos corresponden al saludo y avanzan hacia el final, para volver a los pocos segundos. “¿Vas a estar mucho rato aquí? Es que nos hemos olvidado el móvil en la bajera y así, nos bajamos y vamos corriendo hasta Correos para volver a subir”, explica Markel. Los dos salen corriendo, dejando tras de sí un viaje inacabado. Son las 2 de la madrugada y aún quedan varias horas por delante.