Francisco en Egipto

Por Gabriel Mª Otalora - Jueves, 4 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:08h

El Papa no deja de sorprender al mundo. Poco a poco está haciendo más que todos los papas católicos anteriores desde el Concilio Vaticano II por la comúnión cristiana, sin que con esto quiera quitarle valor al camino recorrido. Desde que fue elegido Papa, ha dejado claro un interés especial en fortalecer las relaciones con el islam: con los representantes islámicos de Jordania, Argelia, Bahrein, Indonesia, Siria e Irak;en mayo de 2014 visitó Jordania y Palestina y en 2017 se ha entrevistado con los representantes del islam italiano y con el presidente Rohani de Irán.

En El Cairo reunió con los tres papas cristianos, el de Rusia, el patriarca de Constantinopla y el papa de la Iglesia copta ortodoxa, además de con la Iglesia copta católica, y con el Gran Muftí, la máxima autoridad del islam sunita. Un viaje adelantado ante los recientes atentados terroristas en Egipto.

Católicos, ortodoxos, coptos y suníes son conscientes de que, para desactivar el terrorismo, tienen que buscar puntos de convergencia con el islam moderado frente al fanatismo y al fundamentalismo. Cuatro grandes líderes religiosos dispuestos al diálogo para construir la paz que supere el espíritu de cruzadas y anticruzadas que busca la guerra en el nombre de la religión, pero que no es más que una guerra contra la religión que pretende un dominio ideológico encubierto de espiritualidad que nada tiene que ver con vivir en la convivencia pacífica. Los terroristas tratan de demostrar precisamente que esta convivencia religiosa no es posible cuando lo cierto es que el terrorismo no tiene religión.

La Iglesia copta cristiana floreció con los sucesores del evangelista Marcos. Hoy son una minoría de algo más de diez millones reconocidos por el Estado egipcio -y solo 300.000 católicos de ritos diversos: latino, greco-melquita, caldeo, siriaco, etcétera- que conviven con el islam sunita. En este contexto de fragilidad con atentados terroristas contra cristianos, Francisco ha vuelto a demostrar una actitud audaz llena de gestos de acercamiento al islam, al que califica de “religión de la paz”, en lugar de dejarse llevar por la víscera que buscan quienes están masacrando a los cristianos de Egipto.

Las relaciones islamo-cristianas estaban tensionadas por la controversia generada por Benedicto XVI cuando en 2006 se interpretó unas palabras suyas en Ratisbona como la confluencia entre el islam y la violencia. Pero Francisco ha logrado en muy poco tiempo la distensión con tres actuaciones de calado: un convenio de colaboración entre la gran Mezquita-Universidad de Al Azhar (el centro teológico más importante del mundo musulmán suní) y el Instituto Católico de París;un seminario de trabajo sobre el papel del cristianismo y del islam frente al fanatismo religioso, y una declaración sobre la convivencia interreligiosa que propone al Estado la concesión de plenos derechos de ciudadanía a los cristianos egipcios.

Este viaje puede ser leído en muchas claves, pero creo que cuatro destacan sobremanera: 1) Frente al terrorismo, evangelio, actitud profética cristiana con la paz como objetivo clave. 2) Solidaridad contra la persecución a cristianos, lo que él ha denominado como “ecumenismo de sangre”. 3) Apuesta por el diálogo interreligioso: actuar unidos de la mano entre diferentes. 4) Petición personal al presidente Al-Sisi para que dé más seguridad y libertad de culto pleno a los cristianos.

Quiero destacar que mientras el mundo occidental se encuentra asustado frente al fundamentalismo violento que nos paraliza y predispone al rechazo de todo lo que venga del islam, Francisco “abraza con la mirada”, como ha dicho el padre Ángel, convencido de la importancia crucial de la relación entre musulmanes y cristianos;que el diálogo, el respeto, la construcción de puentes de fraternidad y de justicia, son los que van a ayudar a todos a vivir la paz. Y lo que no es menos importante, trabaja sin desmayo por un mundo mejor allí donde parece ser el ejemplo de lo contrario;tal como hizo Jesús de Nazaret, por cierto.