Ontología del crimen

Por Javier Corres - Viernes, 5 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Y bien ¡vaya pregunta! Por qué el ser humano mata a sus semejantes desde el inicio de los tiempos hasta hoy en que en este preciso instante en el que enarbolo mi pluma -es un decir- alguien está matando a alguien quién sabe porqué. Si por sí solo el acto de matar no fuera execrable, abyecto y punible, el ser humano -sea esto lo que sea-, se entretiene -lúdico él- en internarse en aventuras de cirujano torturador y corta orejas, arranca uñas -en vivo, se entiende-, saja lenguas, quema la piel de sus semejantes con cigarros puros recién llegados de Cuba, sumerge al cuitado una y otra vez en una bañera cubierta de heces, en fin… El humano activo se deleita con su par pasivo hasta límites donde, sin remedio, se inicia la sospecha. La sospecha tiene mucho que ver con el barrunto que no tiene anclaje racional alguno y se adentra en la penumbra tenebrosa del absurdo. Ocurre que el absurdo no puede ofrecer carta de inmunidad alguna. El ser humano -sea esto lo que fuere- planifica al detalle el asesinato de su par pasivo, que es alguien que ha nacido como él mismo en esta tierra ofrendosa con el fin de vivir sin más adjetivos que la vida misma. No es poca cosa esto de vivir la vida misma.

También sin detalle alguno, sin filigrana que pueda admirarse, acontece que alguien tiene un pronto y mata a su mujer de veintinueve puñaladas en el vientre: el mismo que le ha dado dos hijos de cuatro y siete años que han presenciado la escena que les va a matar también a ellos de un modo más lento y penoso. Fulano tuvo un pronto y esta eruptiva criminal puede perdonarse en aras del furor ciego del instante que es cosa poco manejable. El perdón es un asunto tibio y muy personal pero barrunto que esto de los prontos deviene de una agria tara en el devenir de la evolución de las especies que ni hemos sabido ver ni hemos valorado como tal. Quizá para el mismo Darwin no fue más que una conjetura pero no pasó de ahí. Konrad Lorenz sostuvo que el ser humano no ha llegado a serlo como para arrojarse tal nombre de un modo tan gratuito, entre otras cosas porque sigue matando cada minuto del día y de la noche y alberga en sí una desviación ética de proporciones inimaginables. Yo, humildemente, creo como Lorenz que no somos todavía más que un torpe eslabón en la evolución de las especies que está por formarse y que además es un yerro en sí mismo. No somos hombres de forma cabal, esto ocurrirá cuando dejemos de matarnos unos a otros. Esto ha de suceder con permiso de la economía porque el vastísimo instrumental fabricado para matar genera dividendos multimillonarios y mucho, mucho poder. Estos señores, los dueños de las fábricas de armamento, no van a permitir que el hombre sea hombre siquiera por una vez y caiga en la memez bonacible de dejar de matar. La alta política -peones necesarios- va a provocar guerras y odios infundados en cualquier parte del globo a fin de seguir fabricando y vendiendo armamento de una suerte de gigantismo productivo de índole letal. Estos tipos, ya se sabe, son muy agradecidos. La violencia, el crimen y la muerte son activos de alta rentabilidad que deben estar siempre pujantes y en movimiento. Nunca se ha abierto un telediario, ni una página de periódico informando de la ubicación de una fábrica de armamento, ni de sus beneficios anuales, ni de sus conflictos laborales -su misma existencia ya es un conflicto- ni de su índice de influencia en la manipulable economía de un país.

Barrunto que esas fábricas son seres inubicables, incorpóreos. Quién sabe de qué fábrica salió la bala que segó la vida de Martin King o del arzobispo Romero. Uno escribe estas cosas porque no puede hacer nada más. Hay preguntas que sí pueden contestarse. Locke afirma que la identidad humana radica en la cordura del ser racional. No hay tal cordura ni tal ser racional.

El autor es escritor