Choque de trenes en el PSOE

Por José Luis Úriz Iglesias - Sábado, 6 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Estamos en esa recta final de la batalla que desde el 1 de octubre del pasado año se está desarrollando en el PSOE. A veces, como en el ciclismo, es ahí donde se decide la victoria final. Después de 220 kilómetros de larga andadura ya no cuentan todos los puertos subidos o bajados, porque justo ahí, en ese esprint de 100 metros, se juega uno la victoria y la gloria.

Ahora dos candidatos pueden disputarse ese triunfo. Al final el tercero, Patxi López, lo más a lo que puede aspirar es a lanzar ese esprint a quien considere que está más cualificado para ganar. Es lo que se llama gregario, en este caso de lujo, y según todos los indicios parece ser de Susana Díaz.

¿Por qué Patxi López no tiene ninguna posibilidad de ganar? Porque lo que está en juego en estos instantes en el PSOE es el choque de trenes de dos modelos de partido, de dos proyectos ideológicos contrapuestos. Porque la batalla entre la izquierda y la derecha en este país se dilucida en el interior del PSOE el próximo 21 de mayo.

Patxi López se presentó con la vana esperanza de que si Pedro Sánchez, que por entonces se encontraba deshojando la margarita cual Hamlet sociata, decidía no hacerlo cubrir su espacio, o, en el peor de los casos, que Susana Díaz decidiera continuar en sus cuarteles de invierno andaluces en espera de tiempos mejores y cubrir entonces el suyo.

Lamentablemente, para él ninguno se achantó y ahora el pobre se encuentra en tierra de nadie. La presentación de los avales confirma esta impresión con un sorpresivo empate técnico de Sánchez y Díaz con el tercero en situación marginal.

Esos dos modelos están representados por Susana Díaz y Pedro Sánchez. Ellos y sus correspondientes apoyos, en el caso de la primera muy poderosos dentro y fuera del partido, incluidos todos los poderes fácticos, y en el del segundo las bases en rebelión constante por la rendición que supuso la abstención a Rajoy. Rebelión que se nutre de energía cada vez que en el seno del PP surgen nuevos casos de corrupción.

Ha pasado el periodo de avales y la sultana gana por los pelos a pesar del apoyo incondicional del aparato y los barones. Pero sabe que no es lo mismo firmar un aval con nombre y apellido, que condiciona el devenir no sólo político sino incluso profesional de quien lo hace, que después el 21 de mayo el voto secreto en la urna.

¿Puede afectar un aval profesionalmente a quien lo firma? Por supuesto, en un partido tan inmerso durante años en que cada puesto de trabajo interno, o institucional, o incluso dado fruto del poder que se tiene en esas instituciones, se hace depender de una lealtad ciega llevada a la máxima expresión.

“Quien se mueve no sale en la foto” decía Alfonso Guerra, y esa máxima escrita a fuego en cada sede socialista se lleva a rajatabla. Hasta las últimas consecuencias. Existen centenares, quizás miles de puestos controlados por los apoyos de la reina de sur que dependen de ese apoyo. Desde peonadas a subsidios, desde trabajo en las sedes a los gobiernos de Andalucía, Cartilla-La Mancha, Extremadura o Valencia, y todos ellos han firmado su aval sin rechistar. Otra cosa después será su voto.

Ya ocurrió en la competición entre Almunia y Borrell en la que el primero le arrasó, aunque por aquel entonces fueran sólo de los miembros del comité federal. En aquel instante de la historia del partido fui testigo directo de las presiones intolerables que se ejercieron para evitar que consiguiera los suyos. Después, la militancia puso a cada cual en su lugar, aunque luego los poderes fácticos se encargaron de situar el tema de nuevo en lo políticamente correcto.

Los poderes fácticos en este instante van a intentar intervenir. O sería más correcto plantear que llevan meses interviniendo, especialmente desde que supieron las intenciones del por entonces líder de no permitir, como era su deseo, la investidura de Rajoy, y amenazar con intentar la posibilidad de un gobierno alternativo con Podemos y los nacionalistas vascos y catalanes.

Ese mismo temor, ese vértigo que sintieron entonces lo experimentan ahora al escuchar el cambio de mensaje, incluso de lenguaje de un Pedro Sánchez transformado. Que hable en sus mítines de llevar al PSOE, sí, sí a ese PSOE que creían domesticado, por la ruta del descontrol, de la izquierda pura y dura les aterroriza.

Que hable de abrir un proceso constituyente que aborde la solución definitiva de las tensiones centro-periferia, incluso de banca pública, que al finalizar sus actos cante de nuevo puño en alto la Internacional, o que se rodee de peligrosos viejos rojos como Tapias, Perelló, Manu Escudero o Tezanos y aparezcan nuevos como Susana Sumelzo, Adriana Lastra, Zaida Canteras o José Luis Ávalos, les abre las carnes. Peligrosos y, lo que es peor, incontrolados.

Porque les asusta observar un PSOE incontrolado donde todo es posible, incluso la victoria del que se sitúa frente al todopoderoso aparato. Incontrolado, pero al mismo tiempo ilusionado, porque esa verdadera revolución interna que se está viviendo en su interior está originando un entusiasmo contagioso, de nuevo como en los viejos tiempos, la ilusión invade sus sedes y sus actos. Se observa en la cara de los veteranos y nuevos militantes.

El 21 de mayo se dilucida ese choque de trenes. Pero no será el final de la contienda porque el partido está ya quebrado, roto. Incluso en algunos sectores que apoyan a Pedro Sánchez se plantea que en el caso de perder, la única manera de evitar una deserción en masa, un abandono del partido en bloque, sería canalizar el inmenso caudal de energía y potencial acumulado en la formación de un nuevo partido.

Una nueva propuesta política que junto al sector de Errejón en Podemos, o el movimiento iniciado en Catalunya y Valencia por Ada Colau y Mónica Oltra, ocupara un espacio entre ambos partidos que podría ser hegemónica en el seno de la izquierda.

Esa operación contaría con las mentes más importantes de esa izquierda necesitada de ideólogos e ideología. Una nueva izquierda realmente emergente alejada del pactismo con la derecha de unos, o el populismo estéril de otros. Una izquierda sería, coherente, sensata, honesta, que volviera a ilusionar a millones de votantes hoy desencantados.

Quizás el día 21 cualquier resultado sea positivo para esa izquierda de futuro. Veremos…

El autor es exparlamentario y concejal del PSN-PSOE