El informe Ulises El extraño suicidio de un adolescente

El suicidio de Ulises, de 13 años, conmociona a su pediatra, Karmele Altuna. La macabra visión del cuerpo de la víctima y el extraño ambiente familiar incitan a la doctora a emprender una tenaz investigación. DIARIO DE NOTICIAS adelanta fragmentos de la novela de Maite Sota publicada por Pamiela.

Domingo, 7 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Fragmento de ‘Laocoonte’, de el Greco, 1609. Imagen. Galería Nacional de Arte, Washington

Fragmento de ‘Laocoonte’, de el Greco, 1609. Imagen. Galería Nacional de Arte, Washington

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Fragmento de ‘Laocoonte’, de el Greco, 1609. Imagen. Galería Nacional de Arte, Washington

1

La verdad era que Ulises le dio bastante trabajo aquel año. Varias veces acudió a su consulta por cuestiones inconcretas, banales o poco creíbles. Las características peculiares de la familia y la extraña personalidad del niño explicaban, a su entender, el motivo de tan peregrinas demandas. En diferentes ocasiones intentó ir más allá de la ajustada entrevista pero nunca, ni los padres ni el chico, le permitieron avanzar.

-Pasa, Ulises, ¿qué tal estás? Hacía mucho tiempo que no te veía por aquí…

-Ah…

-¿Qué te ocurre? -preguntó la doctora, dirigiéndose también a la madre cuya mirada permanecía fija en el suelo, como la del hijo.

El muchacho había crecido mucho y también había adelgazado. Llevaba un pantalón dos tallas más grandes que la suya y una raída sudadera negra, cuya capucha le caía sobre las gruesas gafas ocultándole la parte superior de la cara. Estaba pálido, incluso demacrado. La nariz plagada de comedones y el bigotillo incipiente sobre unos labios carnosos y agrietados le daban un aspecto patético. Sintió una punzada de lástima hacia ese muchacho tan poco agraciado.

-Nooo, no… sé -contestó tartamudeando al cabo de unos segundos de vacilación.

-Bueno, pues tendrá que ser tu madre quien me lo cuente, ¿no? Y quítate ese capirote que apenas puedo verte la cara.

Todavía no se había sacudido el malestar que arrastraba desde que cogió el coche y tenía que tocarle como primer paciente un adolescente. Conseguir información directa de los jóvenes era una dificultad constante para hacer una buena valoración de sus problemas en diez minutos escasos. Una queja que se repetía entre las pediatras.

-Le duele la garganta…, está mareado… -intervino la madre, dubitativa.

Desde que entraron en la consulta, el niño, un paso por detrás de su madre, no había variado un ápice el gesto cohibido.

-¿Tiene fiebre, vomita…?

-Pues…, no, nada.

-¿Crees que no está en condiciones de ir al colegio?

-No. Yo le he dicho que debía ir a clase pero él quería venir aquí -se excusó claramente avergonzada.

-Ah. Bueno -contestó sorprendida, pues no le había parecido que el chaval estuviera conforme con la visita-. En ese caso, veamos la garganta. Súbete a la camilla, Ulises -ordenó Karmele mientras cogía el fonendoscopio.

El chico dio un paso pero se detuvo. Sin la capucha, el pelo rapado, encorvado, y con las manos en los bolsillos, se le veía sumamente indefenso.

* * *

2

-Adelante, María Luisa, pasad -instó a la madre del chico cuando asomaba tímidamente la cabeza por el umbral de la puerta semiabierta.

-Buenos días, doctora -saludó con un hilo de voz apenas audible.

-Buenos días. ¿Qué tal la semana? -dijo Karmele con sonrisa franca, tranquilizadora, mirando alternativamente a madre e hijo.

Ulises llevaba la misma ropa que en la visita anterior y manifestaba una actitud semejante, como si su cuerpo quisiera plegarse y hacerse muy pequeño hasta desaparecer. Pero este lunes se le veía más agitado. Cambiaba nerviosamente el peso de una pierna a otra y, cuando dejaba en paz la sudadera, se frotaba con fuerza las manos exponiendo unos nudillos blancos, crispados.

-Pues muy mal. Me han llamado dos veces del colegio para que iría a por él. Se porta fatal, cada vez peor… -respondió María Luisa en el mismo tono.

-Explícame.

-Pues…, llega tarde…, contesta a los maestros…, no hace las tareas… y, si le piden explicatorias, se queja que se marea, que le duele la barriga o la garganta… Estamos muy preocupados, doctora -relató en la frase más larga que jamás le hubieran oído.

-Vaya -cabeceó perpleja.

El asunto se complicaba. Tenía que recapitular, ganar tiempo y decidir.

-Y, ¿qué tal la garganta?

-Biiién -contestó el chico.

-¿Te ha dolido la tripa estos días?

-Yaaa, ya no duele.

-Ajá… ¿Qué crees que podemos hacer acerca de lo que ha contado tu madre?

Silencio.

-Si no me cuentas lo que ocurre no podré ayudarte, Ulises -dijo con indulgencia.

* * *

3

Aquella tarde, al salir por fin del aula y cerrar suavemente la puerta tras de sí, se dirigió a la enfermería. Casi siempre lo hacía. Las arcadas eran ardientes espasmos que nacían en las ingles y ascendían quemando a su paso desde los intestinos hasta la boca. En más de una ocasión, incapaz de llegar a tiempo, había vomitado ante la puerta, pero la mayor parte de las veces lo hacía en el baño contiguo. La asepsia que se olía y sentía en la sala de curas le reconfortaba. El apestoso suero que le hacía tragar el padre enfermero neutralizaba el sabor a semen que permanecía en su boca.

-Parece mentira que te guste tomar este brebaje -le dijo el fraile ese día-. No conozco a ningún chico que no salga huyendo al verme llegar con la botella.

-Me hace sentir mejor -respondió Juan mareado.

-Habría que mirarte ese estómago tan delicado. Las gastritis te ocurren con demasiada frecuencia…

-Se me pasa enseguida. Ya me encuentro mejor -dijo el chico golpeándose el abdomen con el puño para demostrarlo. Si se hubiera dado en el corazón lo habría sentido mucho más.

* * *

4

Hacía ya una temporada que Fernando acusaba un ánimo taciturno nada propio de él. Le notaba ausente y esquivo. No sabría decir desde cuándo, pero esa actitud se había instaurado poco a poco en él y no parecía tener visos de desaparecer así como así. Ella lo atribuía al trabajo que se había comprometido a preparar para la inauguración de los actos conmemorativos de la Segunda República. Todavía faltaban unas semanas para ello. Hasta ahora, comprensiva, había actuado como si no se diera cuenta, pero en realidad, esa extraña conducta la sobrellevaba con cierta ansiedad. No se atrevía a preguntárselo por miedo a una reacción inesperada, pero el silencio indulgente tampoco solucionaba nada.

Desde hacía unos días, quizá más de diez, ni siquiera hacía amago de acercársele en la cama, algo insólito. En los trece años de relación no recordaba tantos días sin amor. Y no se refería al acto sexual propiamente dicho, sino al amor en su expresión más amplia. Al roce consciente, a la sonrisa cómplice, al beso hambriento robado al tiempo. Todo ello se había visto reducido a alguna mueca amable, una caricia distraída y poco más. Cuando en la cama Karmele se colocaba a su espalda con la nariz pegada a su nuca aspirando ese olor conocido, excitante, él se apartaba despacio, como si le molestara en sueños.

Pero ella sabía que no dormía.

De nuevo, culpaba de su conducta al exceso de trabajo. Además de dedicar más horas de las que le correspondían impartiendo Geografía e Historia a varios cursos de ESO y Bachillerato, colaboraba en otros campos fuera de la docencia, como con la Sociedad Aranzadi, sacando a la luz retazos de historia olvidados. Concretamente, hacía meses que los de su grupo recopilaban testimonios vivos de represaliados de la Guerra Civil en la zona media de Navarra.

«Y para colmo -pensó-, hay que sumarle el trabajo que le han pedido para los actos conmemorativos de la conquista de Navarra en 1512.» Mientras se movía mecánicamente en la cocina rumiando estos pensamientos, Fernando llegó con los niños.

-Hola. ¿Qué haces? -saludó en el mismo tono despistado de las últimas semanas. El beso se coló por el hueco que dejaron sus labios sin rozarse.

-Preparando la comida de mañana. Morcilla con patatas -respondió, para comprobar que ni siquiera le había escuchado.

-Ah. Voy a ducharme. Estoy agotado -musitó totalmente ajeno al comentario.

«Está atontado», se dijo Karmele. Terminó de hacer el sofrito y lo vertió sobre las potxas con almejas.

-Mañana por la tarde tengo la jornada de Pediatría Extrahospitalaria. ¿Recuerdas? -avisó desde el otro lado de la puerta. El tono retador no fue deliberado pero tampoco se esforzó en ocultarlo.

-Mañana es martes veintiuno, ¿no? -voceó desde la ducha sin percatarse de que su mujer ya había entrado en la densa humedad del cuarto de baño y empezaba a desnudarse.

-¿Qué haces? -preguntó asustado al notarla a su lado.

-¿Tienes algún problema con que nos duchemos juntos? Siempre te ha gustado -le susurró al oído deslizando los dedos por su torso enjabonado.

Le encantaba el cuerpo fuerte y delgado de Fernando. Apenas había cambiado desde que se conocieron. La piel suave, levemente bronceada, como la miel de sus ojos, brillaba por efecto del agua y el aceite de baño. La línea de su espalda terminaba en unas caderas poderosas de glúteos duros. Él se curvó hacia delante para sentir con mayor intensidad el placer de las uñas sobre su espalda. «Parece que reacciona», pensó excitada.

Fernando se volvió y giró el cuerpo de ella para colocarse detrás. Tenía una erección formidable y sin preámbulos la penetró. Ella dio un respingo, no estaba preparada. El leve dolor que notó desapareció enseguida. Lo necesitaba, quería sentir su cuerpo, su abrazo, resbalar por esa pendiente placentera, abandonarse en él para recuperar su alma.

El asalto fue rápido, el orgasmo imperceptible, el de ella inexistente. Fernando salió de la ducha mojando el suelo con sus pisadas hasta la habitación. No se secó. Tenía prisa por salir, por escapar. No podía mirarle a la cara. Jamás habían mantenido un encuentro tan frío. Le dolía hacerle esto pero tampoco podía evitarlo. Se sentía atrapado, incapaz de elegir entre dos fuerzas depredadoras que tiraban de él en sentido contrario. Lo quería todo, aunque corriera el riesgo de perderlo todo. Se sentó en la cama chorreando, la mirada fija en los tobillos desde donde las gotas de agua caían incesantes sobre la colorida alfombra iraní y una mancha oscura se iba haciendo cada vez mayor.

Confusa e insatisfecha, Karmele permaneció un buen rato quieta bajo la lluvia cálida de la ducha hasta que comenzó a llorar. Se sintió terriblemente sola. Las lágrimas, ya incontrolables, eran arrolladas por el agua dulce que le barría el rostro y camuflaba los signos del dolor, pero la pena sin disimulos seguía golpeando su corazón desesperadamente. Así estuvo un buen rato. Después de lo sucedido, no podía seguir eludiendo la realidad como si estuviera bajo un chorro de agua, meditó.

* * *

5

-La incomprensión, la cerrazón y el egoísmo de los hombres es ilimitada», pensó Karmele, mezclando sus propios sentimientos con los inspirados por su pequeña paciente. Hacía rato que Ikram se había marchado con su marido e hijos camino del hospital. El hombre, después de escuchar respetuoso las explicaciones de la doctora, pareció entenderlas. Por lo menos en apariencia.

-No estoy en el mejor momento para hacer juicios de valor. Ni siquiera puedo pensar con objetividad. Ahora mismo mataría a todos esos estúpidos, empezando por Fernando -afirmó en voz alta, sola en su consulta, en ese ejercicio de escuchar su propia conciencia.

Se sosegó, incluso se le escapó una sonrisa al recordar el rostro compungido de su marido. «¿Dónde habrá dormido? No creo que con la chica -pensó-. Estaba demasiado afectado como para irle con la pena. Me imagino que acabaría pidiendo asilo en casa de alguno. ¡Menudo desgraciado! Esta casa es tan mía como suya, no tenía por qué haberse ido. El muy peliculero ha copiado el guion de cualquier melodrama y ya está.»

Sonó el teléfono con un pitido largo y fuerte.

-Sí -contestó con la media sonrisa todavía en los labios.

Debía de estar un poco trastornada, reflexionó. Lo que pasaba en casa no era algo ficticio, ni desde luego para echarse a reír.

-¿Sí? -repitió al vacío que le transmitía el receptor, borrando la mueca estúpida de segundos antes.

-¿Karmele? Soy Elena, la administrativa. Llaman del 112, te lo paso -informó la telefonista sin esperar confirmación y colgando acto seguido.

-Dígame, soy la doctora Altuna, pediatra del centro de salud -se identificó Karmele a un aparato que emitía constantes pitidos.

-Sí. Mire, soy la médico del 112. Hemos recibido una llamada desde Tafalla. Es una mujer muy alterada que solicita a gritos una ambulancia. Casi no he podido entenderle pero parece ser que ha habido un accidente en el domicilio. Está afectado su hijo de trece años. No me pregunte más porque no he logrado tranquilizarla, ni extraer ninguna información de valor. Está histérica.

-¿Han mandado la ambulancia? -preguntó la doctora.

-La hemos solicitado pero en este momento están todas en tránsito. ¿Podría acercarse para hacer una valoración preliminar de lo sucedido? La dirección es calle Las Peñas, número 3, puerta izquierda.

-¿Cómo se llama el paciente?

-Santiago Ulises Cereceda -contestó rápida la de urgencias.

-¡Joder! -exclamó mientras colgaba y lanzaba un grito apremiante a Feli-. ¡Coge el maletín de urgencias que nos vamos al domicilio de Ulises!

-¿Qué ha pasado? -inquirió su enfermera mientras acataba la orden.

-No lo sé, pero me temo que algo grave. La madre de Ulises no pide a gritos nada, y menos, una ambulancia, si no tiene razones fundadas para hacerlo. ¡Vamos!

Las dos sanitarias salieron corriendo del centro. Cogieron el coche y en cuatro minutos entraban en el barrio más alto de Tafalla. Localizaron el número situado al inicio de la calle. El tumulto formado ante la casa, con el número tres pintado burdamente sobre el dintel, les alertó.

Corrieron hacia el gentío y en un segundo se abrían paso a empujones.

-¡Son las médicas! ¡Dejad paso! -gritó alguien.

* * *