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Republicanismo

Cisne negro

Por Santiago Cervera - Domingo, 7 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:07h

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Si algo tuvo de exultante la teoría del quesito fue la asunción de que siempre existiría la posibilidad de conformar una mayoría entre UPN y PSN, que bien gestionada -o turnismo, o componendas, o ambas cosas a la vez- podría permitir blindar Navarra del nacionalismo por los siglos. Estaba muy seguro el exégeta Sanz (“¡más UPN, más Navarra;más PSN, más Navarra!”), igual que lo estaban tantos como apuntalaban el modelo desde sus respectivas haciendas. Pero en esto llegó el fenómeno inesperado, el cisne negro que trastocó toda ingeniería previa. Cierto que el nacionalismo en Navarra experimentaba una subida electoral aguerrida pero parsimoniosa, incapaz por sí misma de voltear el escenario en el corto plazo. Pero cierto también que la disrupción es posible en política. Podemos fue quien permitió superar el listón aritmético del cambio, el inesperado sumando que nunca imaginó aquel quesero. Podemos eclosionó de forma inopinada, como si la política tradicional hubiera olvidado a los que predicaban en catacumbas y estos decidieran salir a la luz un día determinado. Luego muchos quisieron explicar el fenómeno con la lógica tradicional del trasvase de votos en tiempos de crisis, pero la sociología de sus votantes es heterogénea y escapa de la tabulación habitual. Salgan de donde salgan, ahí están, de momento, con capacidad para condicionar gobiernos y alcaldías. Añadieron lo que faltaba para cambiar el rumbo institucional de Navarra y así es como vamos para el ecuador de la legislatura.

A falta de análisis empíricos, no parece insensato pensar que en la medida en que Podemos mantenga su actual fuerza en Navarra el gobierno de Barkos podrá tener continuidad. Dentro de unas semanas se cumplirán dos años desde las pasadas elecciones forales y ello, créanme, supone un cambio en la psicología de la política. Día que pasa, día en el que se contempla más cercano el final que el principio. Es de suponer que alguien tendrá que cavilar sobre el futuro que le espera al acuerdo cuatripartito según le vaya a cada uno de sus partícipes. Los podemistas andan a la greña, por lo que parece. Que Aznárez organice su candidatura frente a Pérez no es algo que se justifique ni en el debate de ideas ni en el cambio estratégico. Ideas, pocas y tópicas. Y cambio estratégico, impensable fuera de la actual alianza con su coaligados. De manera que sólo cabe esperar esa convencional y sórdida manera de resolver las ambiciones de poder interno, la confrontación de egos, algo en lo que los de la nueva política son tan viejos como los de la anterior. Aznárez me parece una vergüenza como presidenta del Parlamento, la misma institución para la que sus actuales socios pedían, y con razón, respeto durante la pasada legislatura. Eso de “lo voy a hacer todo en euskera y se va a joder”, eso de quitar la bandera europea -la zona de mayores libertades y derechos sociales del mundo- o eso de denunciar a un tuitero y no acudir a ratificar la acusación ante el juez, le califican como una auténtica incapaz, una fatua empeñada en suplir sus carencias con su afán de notoriedad. Tanta sandez parece ser ahora el estilo de la política cercana a la gente, cuando precisamente lo que más amparo presta a la gente es saber que el sistema representativo ejerce su función con eficacia y decoro (es decir, con respeto en el fondo y las formas hacia el representado). Lo contrario es convertir la cámara en el lugar en el que cualquier excentricidad es jaleada, pero donde ninguna cosa ocurre en favor de la mayoría. Seguramente cree Ainhoa Aznárez que ya puede exhibir suficientes originalidades en su currículum como para aspirar al liderazgo fiduciario de su partido, y en ello está. Como contraparte tenemos a Laura Pérez, a quien sus otrora allegados atribuyen un divismo y una ejecutoria personalista poco compatible con lo que el adanismo podemita predica en el ágora. Su contribución política, más bien escasa. Quien no sabe qué hacer se suele refugiar en el sotobosque de los oportunismos clientelares, vivir agazapado en espera de librar una batallita sencilla. Lo hemos visto con sus desmarques en relación con la paga de los funcionarios o la ley de policía. Poca cosa más dan de sí. Los focos seducen y eso les ha hecho perder la pátina redentora de la gleba. Diagnóstico: se acabó aquel Podemos que parecía ser cosa diferente, y esa es la peor perspectiva electoral para el cuatripartito.