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Otro día de suplicio

GOLEADA EN Valencia | osasuna vuelve a ofrecer una imagen muy pobre, no encuentra juego ni estímulos emocionales en mestalla y cae con estrépito frente a un rival que no necesitó esforzarse

Javier Saldise / Agencia LOF - Lunes, 8 de Mayo de 2017 - Actualizado a las 06:09h

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Sergio León se intenta llevar el balón ante Gayá y Montoya, defensas del Valencia.

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Sergio León se intenta llevar el balón ante Gayá y Montoya, defensas del Valencia.Reproducir

pamplona- Más allá del honor, del orgullo para no terminar el último, no le queda casi nada a Osasuna desde que se consumó el descenso y estas jornadas de Liga que restan se convirtieran en una larga e insípida despedida, más dolorosa por el tamaño de las derrotas, por la imagen de equipo raquítico. Tampoco el acicate de mejorar la clasificación para que el club cobre más dinero por la televisión resulta un motor creíble o estímulo para estos encuentros, en los que se anda con el depósito en la reserva y es difícil presentar oposición. En este escenario crepuscular y extraño, ayer en Valencia, Osasuna fue liquidado otro día más sin muchos problemas, tras otro suplicio en forma de goles, de indefensión.

Osasuna ofreció una imagen menos combativa que en anteriores citas y ratificó que este final de temporada, con descenso por adelantado, no iba a ser nada sencillo de digerir. Con el estímulo de los futbolistas por los suelos, sin pellizcos en el ánimo, sin nadie que aporte agitación al grupo en estos encuentros dificilísimos;también con una facilidad pasmosa para perder el orden defensivo, Osasuna fue empujado hacia otra goleada en otro partido con imagen lastimosa. Tras no haber sabido contener el desplome del equipo cuando había tiempo para ello, la tarea de frenar esa aceleración hacia el batacazo final también está resultando fallida.

Osasuna está siendo irreconocible en muchos partidos y en Mestalla, ante un Valencia remolón y perezoso, que ganó sin poner a tope el motor, también anduvo como alma en pena, como un equipo derrotado de antemano, sin guion para el juego ni emoción para el corazón.

Garay fue el ejecutor de los rojillos en la primera mitad y verdugo principal en la historia del partido, que se veía venir en cuanto cayó el primer gol. Al central argentino le correspondió la gloria que suele ir repartiendo a cada jornada el equipo navarro y que tiene que ver con la exposición de las carencias de todo tipo y la reinvención de futbolistas, récords y andanzas cuando los osasunistas se cruzan con cualquier rival. A Garay le correspondió saborear las excelencias de un Osasuna fallón en defensa: primero, resolviendo un córner, entrando como un camión al remate;después, culminando una contra que le pilló por las postrimerías del área casi en plan palomero, porque los rojillos perdieron el balón en un santiamén cuando querían salir al contragolpe y les pillaron con todo el personal esperando faena a sus espaldas. El defensa sentenció el encuentro en veinte minutos y dibujó el perfil de este Osasuna casi siempre a la deriva, haciendo aguas en el plano defensivo, insistiendo en su imagen paupérrima otra vez.

A los rojillos quizás no les sonrió la suerte, la puntería, en alguna acción del primer tiempo -un remate con el pecho de Fausto que obligó a la estirada del portero-, como tampoco en otras de las contadas apariciones por el área del Valencia, fundamentalmente en un cabezazo de Vujadinovic y en un par de intentonas de Sergio León y Oriol Riera. Los dos delanteros de Osasuna fueron succionados por la contundencia de la zaga local y por la ausencia de juego de su equipo, con poco que hacer cuando tenía el balón.

La lesión de Fausto, relevado para la media hora, le quitó a Osasuna buena parte de los bríos necesarios para que un partido discreto no termine en goleada. Roberto Torres, el mejor rojillo sobre el césped, se empeñó en un despliegue por todo el campo y en varias acciones que invitaban a algún tipo de mínima reacción, si es que en Osasuna cabe ahora esta posibilidad.

Los fallos en defensa, el coladero en que se ha convertido este equipo, terminaron por retorcerle el cuello a un Osasuna con el paso de los minutos menos intenso, más cansado, derrotado en el campo y en la temporada. Zaza y Rodrigo se aprovecharon de las debilidades de los rojillos en la zaga, incapaces de echarle el cerrojo a su portería sin no es por una razón, por otra. El primero remató a puerta vacía un centro desde la banda y el segundo se benefició del fallo en el despeje de Vujadinovic, que no acabó de entenderse con Sirigu, demasiado pendiente de no abandonar la portería, temeroso quizás de cualquier aparición en corto o zambombazo lejano.

Osasuna se fue empequeñeciendo conforme avanzaba el partido y los jugadores desaparecían a merced del rival. Berenguer, que no jugó en ninguna parte y padeció otro día más el menoscabo de sus cualidades, se fabricó un arrancada de rabia que sirvió para el gol de los suyos. Al menos Olavide, se llevó el recuerdo de su primer tanto en Primera, en el estadio de un clásico, aunque sea con un Osasuna desconocido.

Pasado otro mal trago, a los rojillos sólo les queda un partido en casa y como es ante el penúltimo, quizás sea el último en el que sueñe con ganar. Así está siendo el final. Lamentable, impropio.