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Las tres personas que Aguirre pidió no olvidar

Iñaki Anasagasti Olabeaga - Viernes, 9 de Junio de 2017 - Actualizado a las 11:22h

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Santiago Aznar fue el primer Consejero de Industria del Gobierno Vasco presidido por Aguirre en 1936. Secretario general de la UGT de Vizcaya (Bizkaia) había sido concejal del ayuntamiento de Bilbao y miembro de la Junta de Defensa. Con Juan Gracia y Juan de los Toyos fue uno de los tres socialistas de aquel histórico gobierno. Dimitió en 1946 por haber tratado de cumplir como socialista la cláusula de la “obediencia vasca” pedida por el PNV  y evitar, como quería Prieto, que en el exilio desaparecieran las instituciones republicanas, entre ellas el Gobierno Vasco. Fiel al Lehendakari, le acusaron de “aguirrista” y éste, dimitido Aznar, le envió a Londres a estudiar las nacionalizaciones que estaba haciendo Clement Attlee para aplicarlas en Euzkadi en la inmediata vuelta, desaparecido Franco. No pudo ser.

Yo le conocí en Caracas donde era apreciado y respetado y como andaba detrás de su nieta, esto me obligaba a ver al abuelo, que vivía en el primer piso del edificio Mirentxu, antes de ver a la nieta que vivía en el Pent House, con lo que pasé horas hablando del socialismo, de la guerra, del exilio, del viaje del oro del Banco de España a Odesa con una tripulación vasca, de los consejos de gobierno en el Carlton, en definitiva de una historia apasionante y riquísima hasta el punto que le pedí varias veces la escribiera.

Al final se rindió y me dijo que solo lo haría si el Lehendakari Leizaola se lo autorizaba, ya que había situaciones delicadas. Para mi gran sorpresa y en un carta va, carta viene, Leizaola le pidió que hiciera el  esfuerzo diciéndole  que una persona como él que siendo socialista había presentado en el Consejo de Gobierno en octubre de 1936 que los barcos de la flota enarbolaran la ikurriña como bandera oficial del gobierno, tenía mucho que contar. Y comenzó a escribir cosas, pero falleció en 1979. Y yo a los socialistas vascos les digo y reprocho que no investiguen y difundan la historia de su partido y que todo se quede en Ramón Rubial teniendo por ejemplo  asimismo a Zugazagoitia, diputado por Vizcaja, concejal, director de El Socialista, ministro de la República y fusilado  por Franco. Pero no hay manera.

Un día fui donde Aznar a que me contara la caída de Bilbao en manos de las tropas franquistas  ya que había leído en el libro “De Guernica a Nueva York pasando por Berlín” varias  líneas  donde el Lehendakari decía: ”Nos repartíamos en dos grupos. Uno, en el que estaba yo, se dirigió a Trucíos, última localidad en tierra vasca a unos treinta kilómetros de Bilbao, desde donde dirigíamos los trabajos de evacuación. El otro grupo, constituido en Junta de Defensa Provisional, lo formaron tres ministros con el general del Ejército Vasco, los cuales permanecieron en Bilbao  hasta el último momento. Cuando me despedí de ellos no creí que volvería a verlos. A Leizaola, Aznar y Astigarrabia -tres nombres que los vascos no deben olvidar- se debió la dignidad con que se desarrollaron los últimos momentos de Bilbao. Obedeciendo órdenes, los batallones vascos abrieron las cárceles y condujeron a cerca de los mil prisioneros políticos hasta las líneas enemigas, después de haber hecho cesar el fuego”. Esto pedía el Lehendakari pero le preguntas  hoy a cualquiera por estos nombres y nadie tiene ni idea de ellos y de lo acontecido hace exactamente ahora ochenta años.
Con la mosca en la oreja le pregunté a Santiago Aznar el por qué en el libro del corresponsal inglés Steer “El Arbol de Gernika” solo aparecía Leizaola con una magnifica descripción contando dicha caída. ”Si que aparecí -me contestó- pero Aguirre le pidió a Steer que la quitara porque me ponía a bajar de un burro. Yo me había quejado de la continua presencia del periodista inglés en el Carlton y debí decir que más parecía un agente del Servicio secreto británico que un corresponsal del Times y esto le enfureció. Creo que debía ser verdad, cosa que no está mal, porque gracias a su denuncia del bombardeo de Gernika, el mundo supo de aquella barbaridad. Pero sí, Leizaola estuvo en el Carlton y yo en el hospital de Basurto ocupándome preferentemente de la margen izquierda donde teníamos mucha fuerza y evitamos se volara toda la industria. Mi hermano Julio, que era un socialista muy importante y activo  y era  el Director de Parques (material de guerra) en el Departamento de Defensa se ocupaba de toda la cartuchería, morteros, fusiles, mosquetones, carabinas, espoletas, granadas, detonadores, bombas de mano, revólveres y escopetas, en fin todo lo que nos quedaba de existencia y  logró  evacuar todo ese material a Santoña  para mantener el ejército vasco y no fuera utilizado en destruir la industria de la margen izquierda”.

Leizaola, desde el Carlton, controló la voladura de los puentes y evitó que, entre otros lugares, se destruyera la Universidad de Deusto. Dinamiteros asturianos había horadado en su fachada huecos para poner la dinamita. Esto, injustamente, nunca se lo ha reconocido esta Universidad, lo que no habla bien de su sensibilidad.

Y hablando del ambiente del Carlton me comentó la importancia de aquel Gobierno de concentración, que no votó nunca y lo consensuó todo, y que creó de la nada una eficiente administración siendo lo primero que decretó  la creación  de la Universidad Vasca, en plena guerra.

Aznar en esta conversación me dio una copia de la última acta de aquel gobierno en Lehendakaritza. En esa reunión del 16 de junio de 1937  a las diez y media de la mañana  se reunió todo el gobierno vasco, salvo el consejero Espinosa, con el estado Mayor y diversos militares. Por lo que se lee, es una reunión  versallesca, donde todos se trataban de usted y analizaban lo poco que les quedaba y la escasez de armamento para seguir con la lucha y fue cuando decidieron evacuar la Villa.

La parte final de aquella acta dice lo siguiente:

“Preguntado el mando militar sobre la conveniencia que para los fines ulteriores de la guerra puede representar el que muera el ejército en esta defensa imposible de Bilbao, o de rescatar la parte posible de ejército para trasladarlo a defender otras líneas que pudiera establecerse a retaguardia de Bilbao, el mando ha entendido, que agotando la posibilidad de resistencia, interesa fundamentalmente la recuperación de este ejército para la defensa de otras líneas y otras posibles acciones combativas si se alteraron los recursos de que actualmente se dispone.

Examinada la necesidad de las destrucciones que imponga la defensa de Bilbao, expuesto al criterio del Gobierno de que deben limitarse a lo militarmente razonable, el mando se ha hecho cargo del deseo significado por el Gobierno, de que las destrucciones no deben exceder de lo que reclamen las exigencias de la lucha, ya que el aniquilamiento total de la industria y de la edificación sería organizar el hambre para el momento de la victoria.

Después de examinadas otras cuestiones menos transcendentes aunque relacionadas todas con la mayor resistencia posible que se pueda oponer al enemigo, y señalándose que la reconquista de Santo Domingo, Monte Abril y Santa Marina, y el evitar la conquista por parte del enemigo de las posiciones de Arlotegui, Pagasarri y demás de la línea izquierda del Nervión deben ser objeto, de los mayores sacrificios, se levantó la reunión, extendiéndose la presente acta-informe, que firman por duplicado los excelentísimos señores Presidente del Gobierno de Euzkadi y General Jefe del Ejército de Euzkadi”.

El acta como se ve es muy interesante y Aznar hacía hincapié en la decisión del Gobierno Vasco de no destruir la industria pesada, los astilleros, los talleres y todos lo que era la riqueza organizada del país pues la vida continuaba y si se hacía quería decir que daban por hecho la pérdida de la guerra y daban asimismo  por hecho que los que se quedaban debían pasar hambre y nuestra industria trasladada a otros lugares ya que  el militar invasor entraba en Bilbao a sangre y fuego.

De allí se fueron a Trucíos donde el lehendakari firmó su conocido llamamiento a  seguir  en la lucha aunque, momentáneamente, nos hubieran ganado, pero nunca ganarían “el alma del pueblo vasco. Jamás”.

Hace unos años el Lehendakari Ibarretxe celebró un consejo de gobierno en el palacete donde se alojó aquel gobierno derrotado. Ochenta años después se podía volver a reunir el actual gobierno para decirle a  las nuevas generaciones que aquella lucha  continúa porque, efectivamente, el alma del pueblo vasco nunca fue conquistada y en aquel día, el gobierno hizo lo que era su deber hacer.

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