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Hacia un nuevo paradigma literario

Por Ignacio Lloret - Viernes, 9 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Estos días de finales de primavera han coincidido en los medios de comunicación varias noticias sobre situaciones curiosas que están produciéndose en el mundo literario. Por un lado, un periódico digital informaba acerca de las cifras de ventas de libros en España, destacaba como inaudita y a grandes titulares la circunstancia de que los autores de tuits tuviesen más éxito que algunos escritores consagrados como Sánchez Dragó. Por otra parte, esa misma semana los novelistas Lorenzo Silva y Almudena Grandes denunciaban en un canal de televisión la decadencia de la literatura. Para ilustrar esa idea, el primero recordaba cómo en una de las últimas ferias del libro él había tenido que firmar ejemplares junto a un actor porno y una modelo.

Al margen de lo evidente, es decir, de todas las novedades que ha traído Internet al sector editorial, de las transformaciones que ha supuesto en relación con los lectores y la lectura, no hay duda de que declaraciones o constataciones como las mencionadas son un lamento tardío, un pataleo inútil por parte de quienes hace años se beneficiaron de otro cambio de paradigma. Y es que precisamente el escándalo que ahora insisten en denunciar no tiene sus raíces en la red, no es achacable a ella, sino que viene de mucho más lejos. Ese escándalo empezó en el momento en que, a través de los suplementos y magacines que nacían entonces, se hizo creer a los lectores que autores como los nombrados arriba eran buenos escritores. No sólo se les intentó convencer de ello, sino que esos críticos profesionales, en connivencia con los editores que les pagaban, impidieron durante años la llegada de narradores de calidad.

Sí, hubo un tiempo, mucho antes de los ordenadores personales y de los móviles, de las páginas web y de las redes sociales, en que la única referencia de la que disponían los aficionados a la literatura era la que recogían semanalmente las revistas y los periódicos. En sus apartados especializados, una serie de presuntos expertos se ocupaba de recomendar títulos y publicaciones. En realidad no eran casi nunca críticas en sentido estricto, sino sinopsis de contenidos, resúmenes de tramas o meros panegíricos sin fundamento. Apenas rozaban el elemento literario, los desafíos lingüísticos o técnicos que el autor del libro hubiera podido plantearse al escribirlo. Pero no importaba. No, porque en aquella época, en medio de aquella fiesta particular, muchos interesados no contaban con otro modo de saber lo que se editaba, así que se veían obligados a acudir a esas pobres reseñas. No importaba porque, en pleno auge económico y ante la necesidad de vengarse del éxito y la atención mediática que habían disfrutado durante décadas los escritores latinoamericanos del boom, en España se consideró urgente promocionar a los autores nacionales incluso aunque no tuviesen talento.

Y aquello sólo era el principio. A partir de entonces llegaron más concesiones. Primero se eliminó la distinción que había habido entre listas de bestsellers y listas de obras literarias. Se mezclaron cosas de diferente orden y los lectores empezaron a perderse en el caos. A falta de patrones estéticos en los que ampararse y de claridad en la manera en que los folletones exponían la trayectoria comercial de lo que se publicaba, los consumidores de literatura quedaron sepultados bajo la avalancha de volúmenes que llegaban a las librerías. Pero ahí no quedó la cosa. Más tarde ocurrió que se les vio el plumero a muchos medios. De pronto se supo que, a la hora de promocionar novelas concretas, anteponían el factor político a cualquier otro. Se supo que, más allá del valor intrínseco de una obra, había a veces una connotación ideológica que aquéllos no estaban dispuestos a obviar.

Poco a poco, debido a esas distorsiones, la confusión se extendió por todas partes. Ese sistema clientelar por el que una masa lectora manipulada era seducida para que adquiriese productos de un puñado de mediocres, a hacer cola delante de ellos para que se los firmasen, fue aceptado como algo normal. El dinero corría, los libros se vendían y sus autores vivían de ello. Para entonces la calidad ya no era un criterio a tener en cuenta. Lo artístico había quedado definitivamente relegado. No, a esas alturas hacía mucho que la mayoría de escritores había dejado a un lado el objetivo primordial de cualquier creador, la búsqueda de nuevas formas de expresión. A esas alturas casi todas las novelas eran mamotretos sin voz propia ni profundidad, redacciones de quinientas páginas con lenguaje prestado y una incapacidad general para desentrañar los entresijos del alma humana.

Y en eso llegó Internet. Llegó el libro electrónico, Amazon, Bubok y la autoedición. Aparecieron los foros, los blogs, los tuits y los booktubers. Llegó la crisis económica, la piratería y todo lo demás. Y hoy ese club privado que se ha aprovechado durante años de la tutela del lector ha perdido influencia y poder de persuasión sobre él. De repente, esos críticos, autores y editores han tenido que competir con una serie de personajes nuevos a la hora de aconsejar, de recomendar, de publicitar y de vender. Han tenido que aprender a manejar tecnologías y lenguajes que desconocen y que a menudo desprecian. Tienen que compartir caseta de feria con especímenes peculiares que han escrito libros como ellos.

Sí, vivimos el final de un paradigma literario y el comienzo de otro. Ese fenómeno ha consistido en una especie de safetycar, en un punto de inflexión a partir del cual ya no servirán los nombres, ni las referencias, ni los trofeos de antaño. Ese fenómeno requerirá ajustes, pero ya trae cosas positivas, pues ha devuelto importancia a espacios que no contaban mucho hasta ahora. Ahora las bibliotecas y los clubes de lectura jugarán un papel relevante, volverán a ser el hogar de la literatura. Ahora los escritores tendremos que ganarnos a los lectores uno a uno, salir a la llanura como personajes de Borges. Y en ese páramo agreste sólo sobrevivirán quienes, guiados por su propio entusiasmo, sepan moverse en los confines de la dignidad y de la belleza.


El autor es escritor

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