Música

El expresionismo humanista de Remacha

Por Teobaldos - Sábado, 10 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

concierto de ciclo de la osn

Intérpretes:Orquesta Sinfónica de Navarra. Orfeón Pamplonés (Igor Ijurra, director). Ruth Rosique, soprano. Marina Rodríguez-Cusí, mezzo. J.Luis Sola, tenor. J.Antonio López, bajo. Dirección: Antoni Wit. Programa: Jesucristo en la Cruz de Remacha. Stabat Mater de Rossini. Programación: último concierto del ciclo de la orquesta.Lugar: sala principal de Baluarte. Fecha: 8 de junio de 2017. Público: lleno.

Dos maneras no ya distintas, sino contrapuestas, de acercarse y describir el acontecimiento religioso de la muerte de Cristo. Remacha añade aún más dramatismo a la narración. Rossini, en muchos tramos de su obra, trata de quitar dolor al texto;sus melodías fáciles y vaporosas, casi bailables a veces, nos hacen olvidar el estado de ánimo de la Mater Dolorosa. Dos mundos tan alejados que casi se entierran el uno al otro. En el aplauso del público gana, claro, el más conocido, Rossini. Pero en el análisis de novedad compositiva y coherencia dramática -ojo, esto visto desde nuestros días- gana Remacha. No hay que comparar, por supuesto, pero es que nos los sirvieron seguidos. Quizás, por eso, hubiera sido más propio programarEl Jesucristo en la Cruzcon la sinfonía de los Salmos, como se hizo en 1992, cuando Igor Blashkov, el titular de la orquesta de Kiev, quedó prendado de la obra del tudelano. Antoni Wit planteó una versión de tempo ajustado, dejando que se entendiera bien el texto tanto en solistas como en el coro. Muy pendiente de la partitura, para lo que es Wit, que casi todo lo da de memoria, controló todas las entradas, solucionando, incluso, el paso del quinto al sexto número con un apunte de dos compases -en esto Remacha era muy tolerante;le recuerdo, en los ensayos, permitiendo a cualquier instrumento adelantar la nota-, y con un buen resultado, en el sentido de que consiguió la atmósfera angustiosa que propone la música. José Luis Sola irrumpe sobre la oscuridad de la orquesta como un evangelista bachiano, con voz limpia, punzante, y texto muy claro. El coro, muy bien entendida la partitura, con preciosas intervenciones en los diálogos (Oh mancilla, Ay que por ti…), y una sonoridad bellísima en la meditación, con las voces equilibradas, sin sobresaltos individuales, con matices en piano etéreos y poderoso regulador. Ruth Rosique soluciona bien el agudo intempestivo de decid, sobre una silente orquesta soterrada y las buenas intervenciones del corno inglés y la trompa. La mezzo Rodríguez-Cusí estuvo soberbia;su voz, la apropiada para esa tesitura media, hermosa, potente y aterciopelada a la vez, aportó un dramatismo emocionante;por ejemplo, en el fabordón, con el coro en una sonoridad de estático dolor, y la orquesta con latigazos en la cuerda y cuchilladas en el flautín. Y el bajo Antonio López, con rotundidad y autoridad siempre. El regulador final de la orquesta -casi wagneriano-, la excelente intervención del chelo, y la conclusión vocal, independientemente del análisis técnico de la obra -politonalidad, polimodalidad, armonía tradicional y dodecafónica, etc.- logran un inevitable impacto y meditación sobre la muerte. Incluso si no se conoce o si sólo se escucha cada veinticinco años.

Sobre el Stabat Mater de Rossini, haría falta otra crónica. En general, me resultó algo excedido de volumen en la orquesta. Con los solistas un tanto bruscos en los ataques -Sola, voz belcantista, bien en su rol, aunque adelgazó un poco el re;Ruth, potente;R-Cusí, mejor en la voz media y los graves;López, todo fortaleza-. El coro, bien y disciplinado: hizo lo que se le pidió. Su intervención estrella -Quando corpus- estuvo impecable en homogeneidad por cuerdas, excelente diminuendo, y sonoridad religiosa, pero demasiado medido, casi staccato en lo que, creo, se presta a un fraseo más ligado y de descansados finales. Y la duda de siempre: en estas obras hay que incidir en su estilo operístico -como se hizo- o acercarlas más al oratorio (¿?). En cualquier caso, éxito rotundo.