Montes, Mares, Pueblos y Gentes

El Mulhacén (3.482 metros)

por Juan L. Erce Eguaras - Sábado, 10 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Conchi y yo fuimos hacia la Sierra, tras recorrer las calles antiguas de Granada y disfrutar de su fiesta nocturna. Remontamos el río Genil que conduce a las montañas e hicimos un alto en Güéjar, un pueblo con bastante encanto situado al pie de las cumbres. Continuamos el viaje hacia las alturas, hasta aquellas serranías de origen alpino, donde se pueden apreciar las huellas de las últimas glaciaciones en su orografía erosionada, y que hablan de periodos remotos como el Pleistoceno. Muy cerca asomaban ya las cúspides de los picos Veleta y Mulhacén. Este, cuyo vértice alcanza los casi tres mil quinientos metros de altitud, está tan sólo a treinta y cinco kilómetros de distancia de la capital.

Alcanzamos las Alpujarras, hacia el Sur, desde donde se contemplaba el mar Mediterráneo bajo los últimos rayos solares de la tarde. Y pudimos visitar pueblos como Lanjarón, famoso por sus aguas medicinales ferruginosas;o Capileira, bañado por el río Poqueira. Por aquellos valles bajaban abundantes cursos de agua, regatas y manantíos, que corrían alegres regando prados, huertos y frutales. El conjunto era muy hermoso y apacible, coronado por el macizo montañoso de Sierra Nevada. La red hidrográfica, extensa y abundante, confiere a la agricultura y ganadería un carácter propio y una riqueza natural ubérrima.

Las formas primigenias del relieve son de naturaleza jurásica u ondulada;pero las cumbres, al haber sido desgastadas por la acción del hielo, el agua y las ventoleras, durante milenios, se han fragmentado en numerosos canchales y paredes abruptas. Y también pudimos observar los restos de algunos lagos de origen glaciar. Hacia el Norte, cara a Granada, las pendientes son menos verticales, aunque toda la región se cubra con un manto de nieve durante el invierno.

Y también pudimos observar los restos de algunos lagos de origen glaciar

Vimos aquel día muchos rebaños de ovejas, cabras y alguno que otro de vacunos, y pudimos adquirir los productos artesanales típicos de la gastronomía: vino, queso, pan recién horneado y dulce de higos. Mientras recorríamos alguno de aquellos pueblos blancos con sus terrazas típicas, se nos antojó explorar los pasadizos cubiertos que les confieren características arquitectónicas muy peculiares. Conocimos a algunos artesanos que realizaban alforjas para los burros u otras labores en esparto. Nos pareció singular toda aquella idiosincrasia, dotada además de una biodiversidad de fauna y flora de valor incalculable, con predominio vegetal de coníferas y otras especies frondosas y caducifolias.

Era otra región única que acabábamos de conocer en la provincia de Granada, próspera, sugerente y atractiva. El secreto reside en la abundancia de agua disponible que, año tras año y sin faltar a la cita desde hace siglos, se precipita con el deshielo desde las más altas elevaciones, regando unas tierras de por sí secas y cálidas. Pernoctamos una noche más arriba de Capileira, porque teníamos intención de ascender al pico Mulhacén a la mañana siguiente y desde allí arrancaba la pista, entre acequias construidas por los árabes desde tiempos remotos.

Tras pasar la noche a más de dos mil metros de altitud, al amanecer nos pusimos en marcha, con sendas mochilas en las que llevábamos algunos alimentos, ropa de abrigo, la brújula, el mapa y dos cantimploras con agua. La ascensión resultaría ser más larga que peliaguda, limitándonos a proseguir el camino durante varias horas, mientras que la vegetación iba quedando atrás y las vertientes eran más abruptas y pedregosas, tachonadas de plantas medicinales aromáticas. Sorprendimos a varios rebaños de muflones que pastaban en aquellas altitudes barridas por el viento. Hasta que por fin alcanzamos la cima y pudimos contemplar un espectáculo grandioso de cumbres como el Veleta o la Alcazaba, y el valle del Genil, bajo un cielo azul intenso y la vista del mar a lo lejos.

Una vez que hubimos descendido, y tras alcanzar la furgoneta, nos desplazamos hasta Trévelez. Es el núcleo urbano más alto de toda la Península Ibérica, donde se curan hermosos jamones de cerdo gracias a los vientos frescos de las montañas. Allí nos dimos un homenaje merecido.