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El fabuloso caleidoscopio creador de Ruiz Balerdi

Hasta el 24 de septiembre, la sala Kubo-Kutxa de Donostia rinde homenaje al maestro del cromatismo y de la abstracción con una gran exposición antológica de casi un centenar de obras

Un reportaje de Juan G. Andrés. Fotografía Ruben Plaza - Lunes, 12 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Un fotógrafo toma imágenes de la muestra de Balerdi junto a la que algunos consideran su mejor y más rotunda obra: ‘Gran jardín’ (1966-1974).

Un fotógrafo toma imágenes de la muestra de Balerdi junto a la que algunos consideran su mejor y más rotunda obra: ‘Gran jardín’ (1966-1974).

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  • Un fotógrafo toma imágenes de la muestra de Balerdi junto a la que algunos consideran su mejor y más rotunda obra: ‘Gran jardín’ (1966-1974).
  • Un joven escribe en su teléfono móvil bajo ‘Composición-85 III’ (1985).
  • Hilde Koch.
  • Miguel Zugaza y Javier Viar Olloqui, actual y anterior director del Bellas Artes de Bilbao, junto a Carlos Ruiz.
  • Una mujer pasa ante tres ‘tizas’ de Balerdi.
  • Detalle de ‘Composición-86 II’ (1986).
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Para Javier Viar Olloqui, hasta marzo director del Museo de Bellas Artes de Bilbao, no hay lugar a dudas: “Rafael Ruiz Balerdi es una figura eminentísima, uno de los dos o tres mejores pintores del arte vasco contemporáneo y, probablemente, el más grande de nuestros artistas de posguerra”. Tras su repentina muerte a causa de un accidente doméstico en 1992, se organizaron dos exposiciones antológicas, una en la Sala Rekalde de Bilbao en 1993 y otra al año siguiente en el Koldo Mitxelena. Pero de ello hace ya demasiado tiempo, y según defiende Hilde Koch, su hijastra y heredera, “de vez en cuando hay que volver a revivir a Balerdi, aquí y en todo el mundo, porque él era donostiarra pero su arte, como todo buen arte, era universal”.

La Sala Kubo-Kutxa acoge hasta el 24 de septiembre Balerdi (1934-1992), una fabulosa muestra planteada como “homenaje” a este maestro del cromatismo y la abstracción en su ciudad natal 25 años después de su fallecimiento. Para saldar la “deuda” con el creador, añadió el responsable de la Fundación Kutxa, Carlos Ruiz, se han reunido 98 piezas -óleos, dibujos y sus célebres tizas- procedentes de colecciones privadas y diversas instituciones. La mitad de las obras han sido prestadas por el Bellas Artes, al que en 2004 Hilde Koch cedió en depósito y donó más de 5.000 trabajos del artista. De ahí que el comisario de la exposición sea Viar, gran conocedor de su carrera a quien durante la presentación del jueves acompañó su sucesor, Miguel Zugaza, actual responsable de la pinacoteca bilbaína. Esta, reveló Viar, ha ofrecido los balerdisque custodia a diversas instituciones guipuzcoanas sin obtener respuesta.

primeros añosEl recorrido comienza en la sala pequeña, donde se exponen dos paletas de Balerdi con restos de pintura que, por su colorido, parecen obras de arte en sí mismas. A su lado se proyecta Homenaje a Tarzán I: La cazadora inconsciente, corto de animación que el integrante del grupo Gaur pintó directamente sobre el celuloide. A continuación se pueden contemplar ejemplos de su talento y destreza como dibujante en diversas técnicas: desde retratos a tinta como el de su hermana Pilar hasta piezas pintadas con bolígrafo o acuarelas informales, pasando por bocetos o trabajos preparatorios de algunos de los lienzos que se muestran después, como Los gigantes.

Ya en la sala principal, las obras de mayor dimensión e importancia aparecen repartidas en distintos espacios y por orden cronológico. La exposición arranca en 1955 porque fue entonces cuando Balerdi, que hasta entonces había cultivado el bodegón, el paisaje y el retrato en un ámbito más “doméstico”, encontró “el lenguaje contemporáneo y la modernidad”. Ese año conoció a Eduardo Chillida, adscrito a la generación anterior de artistas vascos, que ejerció sobre él una importancia determinante, como se aprecia en el óleo Sillas II (1955-1956).

Así, los motivos geométricos dominan los cuadros de esa primera época, con influencias de autores como Paul Klee o Pablo Palazuelo, aunque a medida que avanzaban los años 50 se impusieron otros referentes como las pinturas negras de Goya -“casi se pueden seguir los trazos de su Asmodeao del Perro semihundido”- y la abstracción lírica europea. La pintura de Balerdi adquirió entonces formas más abiertas y cálidas, menos estrictas y a menudo envueltas en efectos luminosos, transparencias y descripciones “casi expresionistas”.

“De vez en cuando hay que revivir a Balerdi, aquí y en todo el mundo, porque su arte era universal”

Hilde Koch

Heredera e hijastra de Balerdi

“Las antenas de Balerdi a la hora de pintar eran múltiples, lo fueron hasta el fina

“Las antenas de Balerdi a la hora de pintar eran múltiples, lo fueron hasta el final de su vida”, declaró Viar en alusión a sus influencias y antes de abordar la “ruptura absoluta” que de 1960 a 1966 supuso la apuesta de Balerdi por una pintura informalista de rasgo gestual y “absolutamente radical”. La sala Kubo muestra varias “obras maestras” de ese período que entroncan con la naturaleza y con materias como la biología o la geología -“algunas parecen vísceras, otras montañas”-, ejecutadas mediante un modelado sensual de formas rotundas y más o menos precisas.

A modo de ejemplo, el comisario destacó Maraña I (1960), construida a base de “gestos o líneas líricamente distribuidas por un espacio blanco” y que evocan la caligrafía oriental, pero también hay otras muchas como los jardines que remiten a Monet, la Maraña IX deudora del expresionismo abstracto de Pollock o Cardenal VI, en la que Balerdi dialoga con Las Meninas de Velázquez y las variaciones que de ella realizó Picasso.

Algunos de estos títulos podrían enmarcarse en el siguiente apartado, denominado Derivaciones y que abarca los años 1967-1972, periodo que coincide con la estancia del autor en Madrid. Allí buscó una forma que se construyera sobre los rasgos gestuales con sucesivas y a veces extenuantes intervenciones, en las que iba añadiendo manchas y capas a la obra hasta casi desmenuzarla. Esa práctica tuvo su culminación entre los años 1972 y 1974, donde su pintura derivó en una amalgama de “formas cristalizadas” y, en muchos casos, de color violento. “Son experiencias muy extremas, es una pintura laberíntica, como si cristalizara en una especie de gusanera de muchos colores”, señaló.

Trabajos “nucleares”A esta fase se corresponden algunos de sus trabajos más célebres, entre los que Viar destacó tres “nucleares”: Los gigantes y Venecia, ambos de 1972, y por supuesto, Gran jardín, realizada entre 1966 y 1974, para algunos expertos, su mejor obra. Desde luego, es la de mayor tamaño de la exposición, con dimensiones de 2,4 x 5,7 metros: transportarla desde el Bellas Artes, en cuya entrada descansa habitualmente, ha sido una operación muy “delicada”. En estas piezas, como en todo Balerdi, destaca el “suntuoso, variado y exacerbado” uso del color, ya sea en obras monocromáticas, decididamente coloristas o incluso en títulos como Gran dibujo, proeza realizado con tinta china sobre lienzo.

De vuelta a Donostia, en plena agonía del franquismo, pasó un tiempo sin pintar para involucrarse en movimientos populares a favor del euskera y la universidad vasca y en contra de las centrares nucleares. En 1977, cuando utilizaba pastel sobre papel de estraza para realizar los bocetos de las vidrieras de la sede de Kutxa, descubrió otra vía creativa que le condujo a sus conocidas tizas, de las que se exponen varias composiciones. Hasta 1985 cultivó estas obras que en unos casos se enmarcan en el informalismo y en otros apuntan a formaciones espaciales muy construidas: “Fue un segundo momento de gloria diferente y logró unos resultados suntuosos partiendo de elementos tan pobres como el papel de embalar y las tizas”.

La muestra concluye en la sala superior, que refleja el regreso de Balerdi al óleo entre 1985 y el año de su muerte, 1992. En este período pintó más de 600 cuadros en los que compuso un “inmenso y sorprendente caleidoscopio creador” que fusionó varios aspectos: los estímulos pictóricos que el autor guardaba en su memoria, las visiones de cada lugar -hay varios trabajos de la serie Altea, municipio alicantino donde falleció- y el recuerdo tanto de sus propias obras como de sus sueños y obsesiones anteriores.

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