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Ópera

Flórez íntimo y generoso

Por Teobaldos - Lunes, 12 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Juan Diego Florez, tenor. Vincenzo Scalera, piano. Programa Rossini: La lontananza, Bolero, Addio ai Viennesi, “Que ascolto” del Otello. Mozart:“Ich baue” del Rapto del Serrallo, “Vado incontro” de Mitridate. Leoncavallo: Aprile, Vieni amor mio, Mattinata. Puccini:“Avete Torto” de Gianni Schicchi, “Che elida manina” de la Boheme. Massenet: Pourquoi me reveiller, de Werther. Verdi:“La mia Leticia” de I Lombardi, “De miei bollenti spiriti” de la Traviata. Programación:ciclo del Baluarte. Lugar: sala principal. Fecha: 10 de junio de 2017. Público:lleno. No hay billetes (58, 50, 32 euros).

no defraudó el esperado recital del “tenoríssimo”. Flórez fue el rossiniano esperado;el aventurero que se adentra en nuevas selvas vocales verdianas y puccinianas;el cantante íntimo que susurra al oído las populares canciones de amor de siempre;el intérprete generoso que no viene a cumplir, sino a colmar de felicidad a sus amigos -seis propinas-;incluso el showman que maneja tan bien el escenario que consigue complicidad de toda la sala, para contarle sus pequeñas debilidades -las malditas flemas-. Flórez lo dio todo. Y nos instaló ahí donde su voz vive, en el límpido y fácil agudo, que sigue siendo sorprendente, técnicamente perfecto, atacado con precisión, valentía, seguridad y tranquilidad para el oyente. De las dos partes en las que dividió el recital-la primera su repertorio habitual, la segunda del romanticismo al verismo contenido-, curiosamente, la que más encendió al público fue la segunda;como si Rossini y Mozart se dieran ya por sabidos, por obvios;incluso un poco gastados ya en las agilidades. Rossini es, para él, un juego de escalas donde demuestra su homogeneidad vocal arriba y abajo. En Mozart, sobre todo en el Rapto, las vocalizaciones no están tan claras;el agudo sí, pero las escalas mozartianas son otra cosa. Sin embargo, la bravura del aria de Mitridate, fue rotunda, espléndida.

La segunda parte fue una verdadera fiesta, incluso para sus detractores -que los tiene-. Porque ahí estaban el análisis y las comparaciones (Kraus, Pavarotti…);la adecuación, en suma, de esta voz tan privilegiadamente rossiniana, al mundo operístico posterior. Y la verdad, es que salió airoso. Sobre todo, porque hizo sus versiones -un punto más ligeras que los citados- en Massenet (fiato eterno en el agudo) y Leoncavallo (con carnosidad, además de radiante luminosidad). Puccini fue de lo mejor de la tarde: en Gianni Schicchi está muy cómodo, su voz corre ligera, pero siempre con cuerpo. Y la Boheme -versión muy personal- fue francamente emocionante, bellísima en voz y fraseo. La duda, claro, está en si ese grosor de voz, que ciertamente colma, con pino, la sala, será suficiente para salir por encima de la orquesta pucciniana. Desde luego, da la impresión de que ese timbre, lo atraviesa todo. En Verdi, quizás, se echaba en falta algo más de intensidad, pero todo lo soluciona la franqueza vocal y la seguridad de sus ataques. En el apartado de propinas, se reveló el Flórez más íntimo: con la guitarra, se adentró en La flor de la canela, La paloma… con la gran virtud de no impostar estas canciones, de dejarlas en su terreno íntimo y popular, sin engolamientos grandiosos. Es, sin duda, el intérprete que mejor da ese salto desde la ópera. Y con La donna é móbile, la jota del Trust de los Tenorios, y La Hija del Regimiento, el Flórez que quiere agradar todavía más. Vincenso Scalera, inseparable y cómplice del tenor. Probablemente, la ovación más apoteósica que se ha escuchado en el Baluarte.

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