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Sgt. Pepper’s, mito, rito y realidad

Por Manuel Torres - Lunes, 12 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Desde aquel remoto 1 de junio de 1967, el mundo ha cambiando de forma radical mediante pautas que hasta hace poco resultarían inimaginables. La globalización ha entronizado a la posverdad, nos dicen que la objetividad y la falsedad son nociones relativas, que lo virtual y lo real son estados tendentes a fusionarse en un futuro no muy lejano, y que la verdad es un concepto contingente. Averiguarlo no resulta difícil. No habría más que volcar en la red una noticia que genere comunidad entre sus afines, esperar a que se haga viral, y ya tenemos una fake news. Orwell lo anticipó, tan sólo erró en la fecha.

Después de todo, lasfake news no son nuevas, de un modo u otro siempre han estado ahí. Es cierto que hace cincuenta años no existía internet y que cualquier alusión a las redes sociales sonaría a espejismo delirante. Era la edad de la inocencia, de las revueltas estudiantiles y de los ideales por alcanzar. En ese entonces, una de lasfake newsmás memorables fue la que rodeó el lanzamiento del álbum Sargeant Pepper’s Lonely Heart Club Band de los Beatles. Corría el psicodélico verano del 67.

En enero de ese año se rumoreó que Paul McCartney habría fallecido en un accidente de tráfico, ocurrido en la M1, una de las vías que circunvala Londres. El hielo en la calzada apuntaba a la causa más probable. La noticia fue rápidamente transmitida por radio, hasta tal extremo que el agente de prensa del grupo, alarmado, llamó a casa de los McCartney, en Cavendish Av., para averiguar qué había ocurrido, con la grata -quizá chocante- sorpresa de que fue el propio Paul quien contestó al teléfono diciendo que, naturalmente, estaba vivo, que había pasado todo el día en su domicilio, y que ni siquiera había utilizado el coche.

Lo insólito es que el falso rumor causó en el país tal conmoción en apenas unas pocas horas que los Beatles, entre el asombro y la chanza, decidieron estirar la noticia sobre la supuesta muerte de Paul, seguramente a efectos de la promoción del disco que ya estaba en capilla. De hecho, McCartney concibió este proyecto en un viaje de regreso de Kenia, quería hacer algo nuevo y alejado de la disciplina de George Martin, aunque el premonitorio distanciamiento del cuarteto era una realidad patente. Al poco de empezar a grabar, ellos -o quizá la EMI, con una campaña promocional que le había llovido del cielo- empezaron a fraguar toda una suerte de claves falsas sobre el obituario de Paul, plasmadas tanto en la carátula del disco como en algunas de sus canciones (no deja de ser irónico que McCarntey sea uno de los dos beatles supervivientes y, sin duda, el más activo). Lo sorprendente es que, una vez la bola de nieve echó a rodar, fueron sus fans más acendrados los que acabaron de fraguar las especulaciones más delirantes que quepa imaginar sobre la pretendida defunción de Paul.

¿Qué hay de cierto en todo ello? La verdad es que Paul McCartney tenía fama de pisarle a su Aston-Martin, pero no consta registro policial ni hospitalario de un accidente de automóvil a su nombre que contraste dicho bulo. No es menos cierto que Paul sufrió un percance de tráfico en noviembre de 1966, pero no en coche, sino en una moto. Fue durante unas vacaciones en Liverpool con su íntimo amigo Tara Browne, el heredero de la fortuna Guiness. El accidente, una curva con exceso de velocidad, le produjo contusiones y magulladuras en la boca y en la dentadura (fue a raíz de este percance cuando se dejó bigote, tal y como aparece en las fotos del disco). Paradojas de la vida, el auténtico accidente mortal le ocurrió a Tara Browne a finales de ese año, después de saltarse un semáforo en rojo. Este hecho luctuoso es el que inspiró la letra de A Day In The Life a modo de epitafio, y no la apócrifa muerte de Paul.

Con todo, la noticia del fallecimiento de McCartney fue al inicio una creación de los propios Beatles, pero los tabloides anglosajones -expertos en amarillismo-, en busca de carnaza fresca con la que alimentar a una juventud ávida de emociones, propiciaron la difusión de esta gran farsa. Hasta hubo un programa de televisión en el que Peter Asher (hermano de Jane Asher, entonces novia de Paul) y Allen Klein (manager financiero de los Beatles) pugnaron por desmentir la noticia, pero nadie les hizo caso. El propio Paul se vio obligado a desmontar los rumores en una declaración a la revista Life sin mucho éxito. La leyenda urbana se les había ido de las manos. De hecho, y a día de hoy, metidos a degüello en la vorágine del siglo XXI, existe un sector de fanáticos del cuarteto de Liverpool que cree firmemente que la vida de Paul, del auténtico Paul MacCartney, terminó en alguna carretera londinense un lejano miércoles 9 de noviembre de 1966 a las 5:00 de la madrugada. Del mismo modo, otros creen que Elvis vegeta en algún recóndito rincón del planeta, o que JFK no era el que iba en el Cadillac en aquel funesto 22 de noviembre de 1963 en Dallas, sino su doble.

La carátula de Sgt. Pepper’s, también la de Abbey Road, quizá el más emblemático icono de toda la cultura pop, está llena de sorprendentes -acaso disparatadas- referencias en alusión a esta infundada necrológica, sería una labor prolija detenernos en todas ellas, cada una más descabellada que la anterior. Lo absurdo es por qué hay gente que, a pesar de las evidencias irrefutables de sus errores, persiste en mantener creencias infundadas como si se tratara de un dogma de fe. La propia biografía de los Beatles navega entre libros y películas plagados de opiniones ajenas e inexactitudes históricas, más cerca de la hagiografía que de la veracidad, aunque todas ellas se promocionen como la definitiva y más rigurosa obra sobre el legendario cuarteto de Liverpool, aunque, por lo general, no hagan más que aportar material superficial o recurrente donde abundan las menudencias o chismorreos sobre la banda, desde los primeros 60 donde todo brillaba bajo una armonía celestial, hasta que la fama, los excesos y los egos empezaron a erosionar sus cimientos. Nunca acabaremos de dilucidar la verdad, ninguna biografía lo hace. No dejan de ser aproximaciones interesadas que atienden al enfoque subjetivo del biógrafo, o peor, a proyectos comerciales en busca de dinero fácil.

Lo dijo Willy el bardo, la realidad supera a la ficción. Pero uno de los problemas que plantea la encrucijada de este enrevesado siglo está en averiguar qué es realidad y qué es ficción.

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