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Ética e historia: a propósito del nuevo programa de Historia (2º de Bachillerato)

Emilio Castillejo Cambra - Jueves, 15 de Junio de 2017 - Actualizado a las 11:56h

Tengo en mi mano el  nuevo programa de la asignatura Historia de España y de Navarra (2º Bachillerato), que será preceptivo para el curso 2017-2018 en todos los institutos y colegios de la Comunidad Foral.  Leyendo alguno de sus contenidos, han acudido a mi mente  las  reflexiones que hice en su momento con la ayuda de  alguno de mis autores preferidos: que el conocimiento nunca puede ser absoluto, pues cualquier modelo teórico no es copia del mundo, sino una representación de nuestro campo de acción, que es de por sí limitado; que nunca puede ser neutral, porque  todo conocimiento tiene un significado emocional; porque, ya en el campo concreto de la historia,  siempre influye en el historiador su proyecto social. Michel Foucault llega a definir la historia como un discurso histórico- político.

Si el conocimiento no es absoluto ni neutral, los historiadores, autores de manuales,  diseñadores y mediadores del currículo tienen la posibilidad de elegir. Pueden optar por ordenar los hechos en una secuencia que legitime el presente, o por poner el presente en situación crítica; pueden inclinarse por una historia hegemónica, la «historia del poder», o por una historia contrahegemónica, la «historia de la gente», que refleje los problemas de la mayoría; pueden excluir la memoria, con la consiguiente deshumanización de la historia, o incluirla, tomando - o no- precauciones con  los «malos usos» de la misma; pueden recrearse en el narcisismo  del grupo (nacionalismo, xenofobia, eurocentrismo...), o buscar la  mirada del otro: «El miedo a los bárbaros [al extranjero, al diferente], dice el historiador Tzvetan Todorov, es lo que amenaza con convertirnos en bárbaros», que son, en esta segunda acepción, los que no reconocen la humanidad de los demás.  Quiero extraer de todo esto una conclusión  obvia: la elección que haga el historiador, el  diseñador del currículo, el editor..., por ser libre, tiene forzosamente implicaciones éticas. 

Y quiero averiguar la elección que ha hecho el autor de este programa de Historia de España y de Navarra para los alumnos de 2º de Bachillerato, que sigo teniendo entre manos. Dicho programa  es una secuenciación de la historia de España que legitima el presente, una narración que termina con el enunciado «Normalización democrática de España e integración en Europa», que  incluye  la Transición,  la integración en Europa y la Ley de Amejoramiento, como si se tratara de un final de la historia. Basta tirar de la RAE para entender que, vista así, la  Transición inaugura un sistema que pone orden donde no lo había. Conozco muy bien la tendencia de programas y manuales   de la época de Isabel II, de la Restauración, de la II República, del franquismo... a considerar esos regímenes  como definitivos. Que siempre se han equivocado es un aserto  que no necesita  demostración. A pesar de ello, nuestro autor prefiere  instalar a los alumnos en la confusión,  en lugar de hacerles  conscientes de estar en el vendaval de la historia.

El programa apuesta claramente por la historia del poder, no por la historia de la gente, de la mayoría. Los que marcan el devenir del tiempo son los reinos y reyes. Preocupa la estructura del Estado (Provincias romanas, Corona de Aragón, Cortes),  los hechos militares (Navas de Tolosa, Guerra de Sucesión), las paces  y tratados (Pirineos, Utrecht)..., pero nunca se adivina en el programa una preocupación por los que detentan el poder en cada momento histórico, ni por los marginados del mismo. Es sintomático que se exija a los alumnos conocer el concepto «reconquista» (la acción militar que determina la posesión del territorio), y se olvide el concepto «repoblación», determinante en el origen de  estructuras socioeconómicas  duraderas, como los usos y propiedad de la tierra, la permanencia o no de minorías étnicas... Se me podrá rebatir que, a propósito de las desamortizaciones,   puede tratarse la posesión de la tierra en el feudalismo y el Antiguo Régimen. Respondo a mi vez: entonces, ¿para qué están los temas anteriores a la Edad Contemporánea? Se exige conocer la industrialización, el anarquismo y el socialismo, pero, al parecer,  la  condición de las clases campesinas y obreras carece de interés.

Ninguna preocupación por la memoria. La desaparición del punto relativo a la represión franquista, que sí estaba en el programa vigente hasta ahora,  es sintomática. Si a la vez siguen unidas en un mismo tema la II República «y» la Guerra Civil, implícitamente se ve la segunda como una consecuencia directa de la primera, cuando la causa de la guerra no fue la República, sino un golpe de Estado.  Nos enteramos gracias a este programa de que el contacto entre dos mundos, resultado de la «expansión mundial» de la Monarquía Hispánica  (demasiado triunfalista, ¿no?) fue un «descubrimiento»: tenía mucha razón Reyes Mate cuando afirmaba que hay muy poca memoria en la historia que nos han enseñado de la conquista (palabra que no aparece en el programa) de América, mientras esa memoria llena los relatos de los indígenas.  Si a eso añadimos que la expulsión de los judíos y de los moriscos, al margen de cualquier drama humano,   sólo interesan  por sus consecuencias económicas (desde los planes del periodo tecnocrático franquista desaparece la justificación de  su expulsión por razones religiosas),  averiguaremos la conciencia que se crea en nuestros alumnos sobre los perdedores de la historia.

Por el contrario,  el programa desprende un tufo nacionalista español que se observa en el uso de términos absolutamente inapropiados («España de los cinco reinos»), la recuperación del mito de raigambre liberal sobre las  «tres culturas» peninsulares de la Edad Media,  que contribuye a dar una imagen armoniosa que nada tiene que ver con la realidad (guerras, antisemitismo, pogromos). El triunfalismo («expansión universal» de la Monarquía Hispánica), corre paralelo a la exclusión del otro indio, morisco, judío, perdedores de una guerra civil...  La referencia a la «conquista» de Navarra (la programación anterior sólo hablaba de «anexión»), podrá aliviar la conciencia de otros nacionalismos, pero no la de la   historiografía profesional: los programas nunca abren la reflexión sobre el concepto «nación» o  «identidad», en torno a los cuales se generan en nuestra sociedad  tantos equívocos.

A todo esto hay que añadir que en la nueva Prueba de Acceso se elimina la parte práctica (comentario de texto o gráfica), quedando reducida a la exposición de conceptos y preguntas teóricas.  La asignatura pierde así todo su carácter formativo para reforzar lo memorístico. Se me dirá que el profesor es soberano en su clase,  que podrá seguir comentando textos, gráficas, imágenes, que podrá seguir haciendo reflexionar a sus alumnos sobre conceptos, categorías, palabras, prejuicios y mitos, incluidos los del programa, que podrá seguir dando a la asignatura todo el carácter formativo de que sea capaz. Es  cierto. Pero también es cierto que los profesores de la asignatura  deberán hacer todo esto al margen del programa. La reflexión, las técnicas de comentario,  la elaboración de mensajes propios...  han sido expulsados del sistema educativo y reducidos a sus márgenes. Los alumnos y  los padres  quisquillosos, incluso los  profesores (al fin y al cabo, han sido profesores los que han diseñado el programa y votado el tipo de prueba), siempre se lo podrán echar en cara. Nuestro profesor tendrá que derrochar una buena dosis de energía, arrojo y valentía para dar a la asignatura  el carácter formativo que cree que merece:   este nuevo sistema ya no es el suyo, sino el de los años 40 ó 50 del pasado siglo.

Me reservo la valoración ética que me merece semejante disloque. Pero sí me gustaría encontrar un   concepto para definirlo.  Quizás nos sirva el de posmodernidad. La modernidad es un relato para cambiar el mundo. La posmodernidad es la ausencia de relato, la coexistencia de  relatos inocuos que no dialogan entre sí,  la espiral que sigue dando vueltas a problemas irresolubles. Tanta liquidez, tanta  indeterminación,  es la que  permite   que se cuelen entre sus rendijas valores tan tradicionales y arcaicos como los contenidos en el programa que comentamos. Sólo queda seguir abrazados  a la vacuidad y a la  falsedad de una  sociedad que parece tan satisfecha de sí misma.

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