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Jóvenes y Europa social: realidad y esperanza

Por Mikel Aramburu Zudaire y Miguel Izu - Sábado, 17 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

con este título el 10 de junio la asociación Solasbide-Pax Romana celebró en el Seminario de Pamplona, ya por cuarta vez, su anual jornada abierta de debate. En esta ocasión invitó a un buen número de jóvenes para practicar un diálogo intergeneracional desde una actitud de escucha. A continuación, se hace un resumen y recapitulación de las principales ideas que allí surgieron.

Hubo un clamor por huir de los tópicos y las generalizaciones usuales. La realidad de los jóvenes es muy variada y no constituyen un colectivo homogéneo, hay enormes brechas económicas, culturales, de género. Los problemas derivados del cambio social y económico con los que se les suele definir afectan al conjunto de la sociedad, a menudo las generaciones mayores son las que peor entienden la crisis de valores -de sus valores- y hacen la visión más negativa de cambios que, como en toda época, ofrecen luces y sombras. También hay que evitar hablar de los jóvenes como mero objeto de estudio u observación, o peor, como nicho de negocio para buscar consumidores -la juventud se convierte en producto- y que lleva a difuminar el propio concepto por ampliar el mercado. Frente a la idea de los jóvenes como seres pasivos, poco participativos, faltos de valores y que no saben lo que quieren, hay que recordar que eso se dijo igualmente de las generaciones anteriores;no es sino un falso cliché. La mayoría de los jóvenes, pese a la frustración de muchas de sus expectativas, son activos, participativos, aunque a su modo, no al de sus padres;tienen inquietudes y no se conforman con ser el futuro porque viven ya el presente.

Hubo consenso en que hay una responsabilidad compartida entre los jóvenes y los mayores y en evitar el reparto de culpas y acusaciones. Precisamente por eso se veía como indispensable el diálogo intergeneracional, buscar espacios de encuentro para el debate (pero también para la acción), la discusión sobre unos valores que no son ni de los mayores ni de los jóvenes, que se van transmitiendo de una generación a otra pero que se reelaboran y se adaptan a las nuevas realidades y necesidades de la sociedad. El futuro ni lo pueden diseñar los mayores ni lo traerán los jóvenes, llegará de forma inevitable por su intervención conjunta.

Se dijo que los mayores han de ponerse en el lugar de los jóvenes, renunciar a exigirles que acepten sin más sus valores, sobre todo cuando hay tantos que proclaman y no siempre practican (igualdad, solidaridad, tolerancia), o que reproduzcan sus mismos proyectos. Deben entender que han crecido en un mundo distinto y acompañarles en su camino. Han de evitar la trampa de poner a los jóvenes reglas de juego que cambian arbitrariamente a consecuencia de su propia inseguridad o perplejidad: reformas constantes de los sistemas educativos, sin objetivos precisos, formación para puestos de trabajo que no existen, o que existen solo en otros países, exigencia de superación y competitividad máxima para enfrentarles a un mundo laboral sin oportunidades reales y donde demasiados colectivos quedan descolgados, sin la menor posibilidad de integración social. Las generaciones adultas no deben instalarse en la desconfianza ante los jóvenes, formándoles para asumir responsabilidades que luego se les niegan, reclamando que encaucen sus vidas sin abrirles vías de emancipación, acusándoles de falta de iniciativas que se les obstaculizan.

Por su parte, los jóvenes han de estar abiertos a asumir responsabilidades y vencer la tentación de esperar que los problemas los resuelvan otros. Responsabilidades en el trabajo, en la familia, en la sociedad civil, pero también en la política, a su modo, con sus propias propuestas, pero no dejándola a los mayores limitándose a la crítica. Han de confiar en la experiencia de las generaciones anteriores, también han conocido cambios y dificultades y han luchado por salir adelante, y ser capaces de ponerse en su lugar y escuchar, no caer en la tentación del rechazo global al mundo que heredan.

Hubo consenso por trabajar en un ámbito europeo, nadie puso en cuestión la pertenencia a la UE pese a todas sus carencias y problemas, pero se señaló la contradicción entre los elevados valores humanistas (en buena parte de inspiración cristiana) con que se abordó el proceso de integración de Europa en la postguerra (paz, cooperación, solidaridad, desarrollo, justicia social) y los principios que, a menudo por supuesta racionalidad técnica encubriendo ciertos intereses ideológicos, se aplican en la realidad: competitividad, crecimiento a ultranza, individualismo, consumismo. La Europa económica ahoga a la Europa social, los valores originales se olvidan y no solo por las instituciones de la UE sino por las de los estados miembros, como el vergonzoso incumplimiento de compromisos de acogida de refugiados ha puesto de manifiesto. La Europa real ofrece pocas perspectivas de futuro a los jóvenes, pero precisamente por eso son ellos quienes han de luchar con más empeño por recuperar los valores originarios. A diferencia de las generaciones anteriores, se han educado en democracia, en mayor espíritu de igualdad y tolerancia, no han conocido guerras ni fronteras, están habituados a viajar en un mundo globalizado, a conocer otras culturas y lenguas, a cultivar una nueva identidad que aúna lo local y lo universal. Los mayores les deben un horizonte de esperanza y han de colaborar con ellos en esa recuperación, pasándoles progresivamente el testigo.

Se constató que esa futura Europa social exige otro modelo económico, el actual es insostenible, socialmente porque no ofrece trabajo ni oportunidades y ambientalmente porque esquilma los recursos naturales necesarios para la supervivencia de la humanidad. Un nuevo sistema al servicio de las personas, no de las grandes empresas y de la acumulación de capital en pocas manos, y que evite la tentación simple de vuelta a esquemas anteriores de nacionalismo y fronteras. También un nuevo modelo social, más allá de la creación y redistribución de la riqueza, que contemple las nuevas realidades en cuanto a relaciones familiares, necesidades educativas, diversidad cultural, integración de las minorías y los inmigrantes, igualdad de hombres y mujeres, atención a la dependencia, etcétera. Para todo ello, el proceso de reajuste que implica el brexit debiera ser, no un obstáculo, sino una oportunidad.

En suma, se reclamó un lugar para la esperanza, para una Europa social que no es mera utopía sino necesidad, especialmente para los más jóvenes. Una juventud que, en contra de los lugares comunes, no está mayoritariamente en una actitud pasiva sino deseando tener oportunidades para luchar por su presente y su futuro.

Los autores pertenecen a Solasbide-Pax Romana

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