Historias Diarias

Devoradores

por Emma alonso pego - Sábado, 17 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

Generadora caótica de ideas;coctelera de emociones;aspiradora de aromas, ondas luminosas y otras de la más diversa índole;desgranadora , a base de intuición, de la propia vida, y de las otras, las cercanas e incluso las confesadas en los libros. Algo así podría definirme esta mañana tormentosa de primavera. Últimamente no duermo bien. El hormigueo de las manos llega a invalidarme incluso para escribir sobre papel. Tecleo, consciente de la tensión que ha vuelto a comprimir mis cervicales desde que las vacaciones de Pascua abrieran la puerta a un nuevo ritmo vital: ya no tengo que madrugar para ir al trabajo. Ha desaparecido el horario laboral, de hecho ha desaparecido prácticamente el recuerdo de mis antiguos alumnos. Yo, que los había adoptado durante los dos primeros trimestres, me he visto obligada a delegarlos y así, a alejarlos de mi mente. Ahora me levanto a eso de las ocho, comparto con mi marido el desayuno mientras seguimos en la 2 un reportaje de naturaleza. La historia que nos cuentan no es siempre tan idílica como nos gustaría. Nos sorprendemos juntos cuando vemos al león macho devorando, cual Saturno de Goya, a su propio hijo. No es de extrañar que, una vez cumplido su papel reproductor, las hembras los condenen al ostracismo, a la más absoluta soledad y abandono en medio de la sabana. Pienso en las causas de la crueldad básica en estos animales: el hambre, el apetito sexual, la eliminación del obstáculo que aleja a la hembra de un nuevo apareamiento. Esa crueldad instintiva y repetitiva que también se encuentra entre los machos humanos.

Como iba a tener tiempo, antes ya de quedarme en paro, me matriculé para pasar un nuevo examen de nivel superior del idioma que suelo enseñar en secundaria. Gracias a esta huida mía hacia adelante, este impulso constante, este miedo profundo a caer en una rutina facilona de compra-cocina-lavadora-siesta-cerveza-cena-malestar y vuelta a empezar con la sensación y la certeza de estar girando como un simple hámster en una noria estúpida, gracias a esta huida, digo, estoy leyendo un libro que encomiendo a todos aquellos que aman la escritura como un intento de comprensión de la propia vida. Su título es “Nada se opone a la noche”, de Delphine de Vigan. En este libro también se habla de un macho prepotente, un patriarca todopoderoso que se siente con el derecho de dejarse arrastrar por su sexo y acaba así devorando anímicamente a varias de sus hijas adolescentes y a algunas de las amigas de sus hijas.

Me cuesta aceptar el horror. Encajar la existencia de tal bajeza. Sigo la escritura de Delphine, a pesar de las ocasionales trabas idiomáticas, la absorbo, me traspasa, acabo teniendo pesadillas. La escritora lucha por descifrar el origen del sufrimiento que aplastó a su madre durante casi toda su vida. Su madre ha muerto. Entiendo lo que ella intenta hacer. Intenta comprender, investigando y luego escribiendo, el tormento vital de su madre. Siendo, como es, insoportable para un hijo, el sufrimiento de su madre o padre. Primero, porque éste se nos transmite cuando somos niños y no tenemos defensas propias, luego, porque deseamos devenir, convertirnos nosotros hijos, en protectores del padre o madre heridos. Hasta tal punto la infancia y la familia son esenciales en nuestro desarrollo, mucho más que los mensajes recibidos en la escuela, lo sé, yo que soy hija, madre y profesora. Infinitamente más.

Me ha pasado: intentar consolar a algún que otro adolescente herido en el seno de su propia familia. Casi de inmediato, me he dado cuenta de lo vanidoso del intento. Cómo yo, simple profesor, iba a ser capaz de prestar un cobijo que la familia no daba. No es tan fácil borrar las huellas dejadas por un entorno familiar negativo.

Tuve una amiga por breve tiempo en mi primera adolescencia. Se llamaba Asun. Vivía en el barrio con su madre y la pareja de su madre. En aquellos años, un escándalo. Aunque teníamos la misma edad, ella parecía mucho mayor que yo: se pintaba los labios de un rojo fuerte y se maquillaba los ojos, de un verde resplandeciente y con un brillo en el que yo ya intuía cierta malicia, experiencias de riesgo que a mí aún me quedaban muy lejanas en el tiempo. Una mañana soleada Asun se tiró del noveno piso donde vivía. Tenía catorce años.

Desde que ocurrió, hace ya tanto tiempo, habré recordado esta trágica muerte un par de veces. La última, ha sido esta misma mañana, al despertar de una pesadilla nacida de la lectura del libro “rien ne s’oppose à la nuit”. Se lo cuento a mi hija, el libro me está resultando muy duro: hay hombres que violan a sus hijas. Ella, que ya tiene 22 años, responde con un gesto de conocimiento: “Pasa constantemente, mamá. Conozco casos cercanos”.

Antes de cerrar la puerta, le ruego que no me diga nombres.