Relatos

Necesito refugio

por elena gallego* * Relato premiado en el certamen del IES Tierra Estella, en conmemoración de 100º aniversario de Gloria Fuertes. Categoría: Bachillerato - Sábado, 17 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

Distingo una sombra a lo lejos agachada, agazapada. Parece una niña, parece triste. Puedo verla de lejos, apreciar todo su sufrimiento y sus lágrimas cayendo por su tez oscura, brotando de sus ojos claros. Su oscuro pelo está enmarañado y lleno de polvo. Polvo con una curiosa historia, polvo de meses, de kilómetros, de penurias... Sus ropas son oscuras y extremadamente finas para el viento helador que alborota todos sus pensamientos. La veo y en vez de sentir pena me quedo contemplando esa hermosa imagen, porque es hermosa al fin y al cabo. Su historia la hace hermosa, tanto como un cuadro de Eco y Narciso, cruel pero bonito.

La niña empieza a levantar la cabeza. Le fallan las rodillas. Pienso en ayudarla, pero rompería la magia, la vulnerabilidad del momento. Me quedo observando esperando que ocurra algo digno de contar. La niña se cae, por unos instantes pienso que todo ha acabado para ella, quizás sería mejor así, no parecía muy feliz. ¿Y al fin de al cabo quién quiere una vida así? Pero me equivoco, para mi sorpresa se apoya en sus finos brazos. Podría contar todos sus huesos, uno a uno. Parece que se ha quedado así, apoyada en sus frágiles brazos. Lleva de esa manera horas, me aburro así que empiezo a contar sus huesos. Una costilla, dos costillas, tres costillas, cuatro costillas... Ahí claramente se ve la clavícula, y en medio de su espalda sobresalen las vertebras como pequeñas espinas, una, dos, tres... De repente se mueve, y empieza a empujarse de sus pequeñas agujas que tiene como brazos para poder incorporarse otra vez. ¿Lo conseguirá?

Estoy totalmente hipnotizado por la escena, como si del final de una película se tratase. Algo me dice que corra hacia ella y que la ayude, que la abrigue y que la cuide. Pero simplemente no puedo. Es tal la satisfacción de tener el poder de ayudar pero simplemente quedarte observando... Quizás esperando al momento más dramático para ayudarla y ser un héroe. La niña hace caso omiso a mis pensamientos, y sin tener en cuenta la mágica atmósfera de la escena se termina incorporando, colocando sus pequeñas vertebras en linea, con la frente en alto. Ese gesto de orgullo casi parece algo ridículo dada la situación en la que está. Así no conseguirá que le ayude.

Parece decidida a luchar por su vida, pero ya no me gusta tanto ser un observador. No sé si es momento de hacer algo o simplemente darme la vuelta y con la frente en alto, como la niña, volver por donde he venido. Mientras me debato por qué opción es la mejor, ella, da un paso al frente. Es tan delgada que al viento le tienta hacerla levitar, hacerla volar. Pero da otro paso, y ahora sé , con total seguridad, que no va a parar. Empieza a caminar, con cada pisada, está mas segura. Sus piececitos se hunden en la tierra húmeda. Estoy apunto de marcharme cuando veo que se dirige directamente hacia mí, como si yo fuese un viejo amigo. Que maleducada... Aún así la intriga es demasiado fuerte, y decido esperar con impaciencia a que llegue hasta mí.

Ahora que está mas cerca puedo apreciar algunas sombras de moratones que adornan su piel. No sé como no he podido verlos antes, destacan tanto en su pálida tez... Sus ojos, sus ojos son solo verdes, pero no solo verdes, están llenos de matices;de grises, de azules, de marrones... Resplandecen tímidamente, aunque el resto de su rostro muestre una fiereza extraordinaria.

Falta poco para que llegue, o nada.

Se planta ante mi, solemne, con esos harapos marcándole la piel, y con una voz rota, que definitivamente hizo que se me erizara el vello de la piel, dijo: -Necesito refugio.