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Y tiro porque me toca

Los abanicos

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 18 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:01h

“Dobla, dobla, dobla y tienes el abanico”: la solución del consejero de Sanidad de Madrid a la ola de calor en los colegios madrileños -en los que ha habido evacuaciones y medidas extraordinarias- igual no tiene ya cabida en la historia de la infamia pepera, esa que no cesa, pero solo por falta de espacio. Está visto que el desprecio es una forma del cainismo nacional, un diálogo imposible de amos a criados. ¡Qué nivel intelectual!

Así que cuando en la Asamblea, una diputada le entregó un abanico, el chuleta -eterno personaje de nuestro esperpento nacional- lo tiró al suelo. Mala crianza, o buena si de ensalzar los valores de la chulería se trata.

Y es que ese gesto representa a la España de los chulos, los majos, las majas empeinetadas y los que brindan su faena a su tendido, seguros de gustar y de recibir el aplauso y el premio de su afición. Se vio en sede parlamentaria cuando días pasados sacaron a pasear a su capitano Spavento della Valle Inferna, el Bocazas (Giangurgolo), el Matasiete, el Matamoros, guapetón y camorrista… Me guste poco o mucho Podemos, frente a la brillantez de Irene Montero exhibieron la zafiedad, como valor intelectual. No, esta no es la comedia del arte -a no ser que el arte sea el del Dos de Oros (birlar los caudales)-, sino la tragedia del sevillano patio de Monipodio, el del hampa, el crimen, el robo, que puso Cervantes en escena en Rinconete y Cortadillo. Novela que se puede leer en clave de “representación nacional”, entonces y ahora.

Hay otra España que padece olas de calor cuando toca y olas de frío cuando lo mismo y que no puede pagarse ni calor ni frío a voluntad, y dobla y dobla la cerviz y el espinazo, y se abanica o se abriga como puede. Este es el país que se abanica por decreto, porque no le queda otra. En un ambiente parlamentario tabernario, un poco de demagogia no choca y hasta refresca. Ladrones y mentirosos… se lo dijeron con pruebas desde la tribuna del Congreso y no se dieron por enterados. Se abanicaron con las hojas de un Código Penal a su medida.

La ola de calor. Hay que abanicarse. De otro modo cómo digerir que pese a las reiteradas promesas del mentiroso profesional que nos gobierna, el que aseguraba que el rescate bancario no nos iba a costar un duro, la casi totalidad del dinero entregado de manera graciosa a la banca, para que no dejara de hacer negocios en propio beneficio, se haya esfumado de manera irrecuperable. ¡Paf! Magia. El país está anestesiado y no solo por el calor. El Banco Popular avisa a sus empleados que vigilen las miradas airadas de los clientes que entran en sus oficinas con reclamos legítimos, cuando en un país menos pacífico que el nuestro les habrían dado fuego a las barracas. Aquí no, aquí, Vientos del pueblo, el poema de Miguel Hernández ese que dice que Los bueyes doblan la frente, / impotentemente mansa, / delante de los castigos, se ha transformado por arte de magia en unas perpetuas florecillas negras, y al hermano banco le cantamos unos gozos perpetuos para celebrar su buena salud a costa de nuestros piños (como poco). Nunca medraron los bueyes / en los páramos de España… resulta asombroso que este poema fuera en tiempos un himno de resistencia antifranquista, algo que tal vez debiera sonrojarnos, pero no, doblamos, doblamos, doblamos y nos abanicamos, y olvidamos, y nos vamos yendo. Somos los abanicos de nosotros mismos por mucho que los atropellos y la ira nos enciendan. Nos abanicamos y nos apagamos, nos hacemos sombra, por la cuenta que nos trae.

Que le digan que se abanique a la periodista Cristina Fallarás, a la que le han metido 600 euros de multa por pisar la calzada de una calle que la propia Policía tenía cortada, cuando participaba en una protesta por los asesinatos de periodistas en México, algo que demuestra que pueden hacer con nosotros lo que les dé la gana. ¿Cómo te defiendes con eficacia del sinsentido y del abuso de autoridad cuando sospechas que tienes a la magistratura en tu contra, convertida en una pieza más de la represión institucionalizada? ¿A quién recurrir en un régimen policiaco? Al abanico, está claro.

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