Noticias de NavarraDiario de Noticias de Navarra. Noticias de última hora locales, nacionales, e internacionales.

Saltar al Contenido

Republicanismo

TAV y progreso

Por Santiago Cervera - Domingo, 18 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:01h

Galería Noticia

No hay un solo ciudadano que sepa decir si en materia de infraestructuras estamos en el arre o en el so. Si vivimos época expansiva o restrictiva. Si todavía se puede aspirar a que hagan una carretera o es verdad que ya no hay dinero para nada. En esto tampoco hemos aprendido nada de los años duros de la crisis. Porque aunque es notorio que los presupuestos para licitación de obras han mermado -es de donde más fácilmente se ajustan las cuentas-, no dejan de escucharse las mismas promesas complacientes que se propagaban en los tiempos magros. Es lo de siempre, esa dádiva del gobernante caciquilforme que llega oportuna para abrir una calzada, erigir un polideportivo o montar un aeropuerto. La pose del benefactor que pasará a la posteridad a través de un legado de cemento, acero o asfalto. Nada que suponga presentar análisis que relacionen el coste de una obra con la utilidad futura que vaya a tener o el retorno social y económico que pueda ofrecer. No existe un contrapeso social, un equilibrio civil que interpele las decisiones, que siguen siempre la misma dirección vertical: gobernante que sabe lo que los gobernados necesitan, gobernante que otorga aquello que su probidad produce.

Seguimos instalados en un modelo en el que se impone como enemigos del progreso a quienes se oponen a una determinada infraestructura

La política ha vivido, y la navarra muy especialmente, de diseminar dos conceptos que se han asumido dócilmente sin que nadie los cuestionara: a) cualquier obra es conveniente, b) en materia de infraestructuras, la oferta induce la demanda. Lo primero tiene que ver con la falta de transparencia y participación social en las decisiones públicas. Y lo segundo ha sido la gran coartada para perpetrar no pocos despropósitos y trinques. Véase lo sucedido en Castellón, evidencia patente de que se pueden construir aeropuertos sin que lleguen detrás los aviones. Pero a pesar de que hay menos dinero y de que alguna lección se debería haber sacado, el mercado político sigue siendo idéntico. Sólo hubo un partido que durante cinco minutos osó decir que era aberrante que todas las capitales de provincia tuvieran una estación de AVE, y que algún estudio habría de hacerse antes de prometer nada. Ese partido fue Ciudadanos, y esos cinco minutos fueron los que tardaron en entender que después de tantos años de adocenamiento, era suicida plantear seriedad en la materia. Y así no sólo seguimos instalados en un modelo actitudinalmente inspirado en el tardofranquismo, sino que como consecuencia se impone tratar como enemigos del progreso a quienes se oponen a una determinada infraestructura. Con el agravante de que dentro de la inmensa gama de partidas de gasto público, las únicas que parecen incondicionalmente justificadas son las que soportan las construcciones. A la sanidad pública se le pide que haga exhaustivos estudios de costes y beneficios antes de incorporar un nuevo equipamiento. La consecuencia es que los servicios de salud están cercanos a la obsolescencia tecnológica, en insultante contraste con el dispendio banal que llega detrás de cualquier petición de rotonda o variante. Muy pocos -con la actual excepción, por cierto, del PSOE y de su diputado Jesús Mari Fernández- plantean que la sanidad necesita algún tipo de refuerzo adicional en renovación tecnológica. Ladrillo bueno, ecógrafo malo.

No hemos salido de este modelo y lo estamos viendo en el caso del TAV a Pamplona. Asunto en el que el principal argumento que utilizan sus promotores es aquello de “no podemos quedarnos al margen del progreso”. Tal progreso es poder llegar a Madrid media hora antes, aunque luego haya que hacer media hora de cola para coger un sucio taxi dado que tampoco parece progreso liberalizar la normativa para que puedan operar Uber o Cabify. Progreso es perder mucho más de media hora en comprar un billete en la peor página web del mundo, la de Renfe. Y progreso también debe ser edificar estaciones como la de Cuenca, alejadas de la ciudad y en la que ya no paran trenes porque no se venden billetes. Tal vez una manera de que Navarra asombre al mundo sea que las instituciones forales arrinconaron prejuicios y maniqueísmos, y pudieran presentar una posición consensuada fruto de un análisis de mente abierta sobre si merece la pena invertir 1.000 millones en la vía de un tren. Pocas cosas justificarían más una ponencia parlamentaria. Por cierto, sólo me queda recordar que dentro de dos semanas se acabará la hucha de las pensiones.

Herramientas de Contenido

Últimas Noticias Multimedia