Carlos Skliar escritor

“Solo la confesión de las fragilidades permite el encuentro con la gente”

El argentino visitó ayer el Foro Auzolan para presentar el ensayo ‘Escribir, tan solos’, una travesía por las distintas caras de la soledad en grandes firmas de la literatura universal

Ana Oliveira Lizarribar Iban Aguinaga - Martes, 20 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

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pamplona- Parece que no tienen nada en común, pero Cortázar y Pamuk, Victor Hugo, Proust y Némirovsky, Pessoa y Pavese se encuentran en la personal biblioteca de soledades que el escritor argentino ha reunido en este volumen de sensaciones claroscuras.

Tercera vez en el Foro Auzolan, esto empieza a ser un hábito.

-Ojalá. En una época en la que viví en Italia conocí a gente de Pamplona y vine aquí en otra vida, como si fuera totalmente distinta a la de ahora, así que volver a un sitio que creías que ya habías visitado tiene una impronta y una conmoción muy particular. Y con el Foro Auzolan hay un vínculo, venir es una de esas obligaciones bellas.

Anteriormente nos visitó con ‘No tienen prisa las palabras’ y con ‘Hablar con desconocidos’ y ahora viene con ‘Escribir, tan solos’. Está claro que sigue excavando hacia las profundidades de lo humano.

-La oscuridad se revela (ríe). No era mi intención cambiar el género de escritura. Al margen de los ensayos que hago en el ámbito de la pedagogía, mi relación con la literatura era más a través del pequeño relato, de la escritura corta, abreviada, también inclasificable, de una poética del paseo, del encuentro... Pero necesitaba que mi vida lectora tuviera un correlato con mi vida escritora, y creo que ese es el principal motivo de estas 320 páginas, y creo que la excavación tiene que ver con tres palabras que se han convertido en obsesiones: la soledad, la intimidad y, ahora, parto hacia la fragilidad, que es lo que más me está resonando en lo que escucho, lo que leo, lo que hablo, a partir de experiencias personales, como es la muerte de un padre, pero también a partir de entender que solo la confesión de las fragilidades permite el encuentro con la gente. Es decir, si antes pensaba que ese encuentro se propiciaba con el subrayado de uno mismo, ahora tengo claro que estoy bordeando por ese lado de lo más íntimo y, por tanto, lo menos pronunciable, lo que lleva más tiempo, quizá toda la vida, definir.

¿Cuando inicia una exploración de este tipo, tiene miedo de no saber volver o parte ya con un billete solo de ida y luego ya veremos?

-Ya veremos, pero a la vez agradecí mucho el punto final, porque yo no lo encontraba. Hubiera permanecido en ello más tiempo, casi de un modo cotidiano muy bello, ya que consistía en un ejercicio de bajar, no de adquirir ni de buscar, una biblioteca propia hacia el lugar donde yo escribo, y reaccionar con el lenguaje al encuentro de esos personajes solitarios que la literatura te presenta. Esto lo hice cotidianamente por tres años y creía que no iba a poder abandonar esa relación tan íntima y tan claroscura. Además, no es que tuviera un punto de partida.

¿Cómo es eso?

-Me encontré, como les sucede a muchos escritores, con un tema que se repite, una constante que descubres y, a partir de ese momento, empiezas a escribir y te encuentras con un material que ya estás trabajando sin darte cuenta. Un buen día sientes que eso necesita ser reescrito en otra dirección. Ahí es donde nació la idea del libro, no antes. Me parece honesto decir que uno no escribe para hacer un libro, yo escribo, escribo, escribo y descubro en algún momento que esto tiene una forma que, quizá, alguien aprecie.

¿Este viaje hacia la soledad le ha llegado a reconfortar o vuelve con más preguntas que antes?

-Me ha llegado a conmover y a insomniar (ríe). Me ha dejado inquieto, intranquilo, perturbado con tantas historias de soledad y con la necesidad inmensa de no caer en la trampa de la soledad buena o mala, de la soledad enfermiza o la soledad creativa y de buscar matices y matices y matices para mostrar de cuántas formas podemos presentar algo que hoy en este mundo se presenta solo como algo a combatir, como una dolencia. Para poder presentarla en algunos momentos como virtuosa sin ocultar el padecimiento. Yo padecí y empecé a sentir la atmósfera de la soledad en mí, que es cierto que es un lugar de refugio, pero también tiene su parte de dolor, de arreglárselas como uno pueda, de escuchar la voz del interior y de reiterar travesías que otros han transitado.

¿Por eso habla de que abordar un tema como este también supone asomarse a un precipicio?

-Uno cuando comienza y usa la palabra principio, puede ir a buscar un paisaje lleno de luminosidad, pero yo quise emparentar ese momento con la idea de precipicio. Me asomé a un precipicio insondable, a un acantilado árido, y quería transitar este camino a sabiendas de que me iba a herir un poco con los bordes del acantilado sin saber el tamaño de la herida. Pero ha sido una tarea muy bonita, me he sentido muy a gusto porque en el fondo he leído y he escrito, y no renuncio a la idea de que, en el fondo, esto ha sido una preciosa travesía.

Ya lo ha comentado, en el mundo en que vivimos la soledad se trata como una enfermedad.

-Por eso la primera distinción que quise hacer fue entre la soledad y lo solitario. Porque no es justo atribuir a la soledad ese carácter noctámbulo, perdido, funesto, enfermo, desesperado... Ese es el mundo de lo solitario, que es muy cruel. Sé que la diferencia es difícil, pero empecé a buscar y ya en los primeros ensayos filosóficos encontré el elogio, la virtud de la soledad, como un modo de reaccionar frente a la política, en el caso de Montaigne;o frente al barullo de lo social, en el de Nietzsche. Y, a medida que avanzaba, noté que muchos autores entienden la soledad como una forma de rebelión en este mundo. No sé si lo he encontrado formulado exactamente de esa manera, pero sí que he visto que la soledad te ofrece una relación diferente con el tiempo y, por tanto, puede presentarse como una de las rebeliones posibles del individuo frente a una aceleración constante y una prisa innoble. Conquistar un espacio de soledad sería la forma de rebelarse contra la necesidad de estar siempre conectado.

Parece que buscar esa soledad de la que habla no gusta a quienes nos ordenan la vida: instituciones, empresas, religiones... ¿Será que temen que escuchemos esa voz interior?

-Sí, la soledad puede ser un lugar de defensa, de pensarse a uno mismo. Y no tiene por qué ser silenciosa, sino una forma de conversación sosegada no tiránica ni utilitaria con el mundo.

Con lo poco que le gusta a Carlos Skliar el utilitarismo a ultranza.

-(Ríe) Yo concluyo que la soledad no tiene valor alguno, igual que las grandes virtudes. Le debo todo mi respeto por su carácter de inutilidad. No es práctica, no garantiza nada. Algunos autores comentan que, en lugar de estar produciendo 24 horas al día siete días a la semana, están creando espacios o archipiélagos de silencio, de soledad. También se puede leer la soledad en esa clave, como una posición anticapitalista del mundo.

¿Cómo ha escogido a los autores que aparecen en el libro?

-Corrí el riesgo de juntar autores que no van juntos. Desde una cierta teoría literaria probablemente esto será cuestionado, pero intenté buscar ciertas figuras de soledad que se repiten en autores cuya filiación no es posible determinar a priori. También quise no dejar solitarios a los escritores y a sus personajes, fundiéndolos con otros personajes y escritores para crear una especie de conversación literaria a propósito de la soledad;como si yo mismo quisiera recrear un banquete mucho más humilde y austero donde determinados escritores se sientan con la pregunta sobre qué es la soledad. Por supuesto que hay muchas ausencias, como la literatura no occidental, pero esto tampoco es un manual literario sobre la soledad, tiene que ver con una biblioteca, la mía, que dono a los demás. Algunos la notarán como propia y familiar, y otros la percibirán como lejana y, quizá, quieran acceder a ella. Al final hay una larga lista bibliográfica y cada cual puede hacer lo que quiera con ella.

Estos escritores proponen distintos tipos de soledad.

-Yo encontré la soledad como identidad, como intimidad y como alteridad. Clarice Lispector, por ejemplo, tiene que ver con una soledad íntima, a pesar de que ella odiaba la soledad y llamaba a la gente a las tres de la mañana. Pero es que el libro no habla de su biografía, aunque no escondo que hay autores como Duras, Tsvietáieva o Berger que no han podido sobrevivir o han abandonado la escritura por una identificación muy fuerte con la soledad. No renuncio a presentar los monstruos de la soledad, hay que tratar de mirarla de frente, no esquivarla y no estilizarla como si fuera un objeto de consumo. En Coetzee siempre hay un personaje solitario, como el vagabundo de Vida y época, el juez deEsperando a los bárbaros. Y en cada autor uno puede buscar personajes que te presentan la vida en soledad de una forma completamente distinta.

Ahí está la ambivalencia de Pessoa: “La soledad me desola, la compañía me oprime”.

-Ufff, de ahí que cree todos los alter ego para decir lo que él no podría decir con su nombre. También hay soledades que tocan el umbral entre la soledad de la infancia y la de la vejez. Una se despliega hacia delante y otra se repliega hacia atrás, y ahí se encuentran nietos y abuelos, por ejemplo.

Hay una frase que me parece que resume bien la intención de este libro y de su autor: “No puede ser tarea del escritor negar el dolor”, de Ingeborg Bachman. Carlos Skliar no evita los temas difíciles.

-Claro, es que en esta época en la que reina el imperativo de la felicidad y está llena de gurús sobre cómo ser feliz, cómo cambiar tu vida, cómo adaptarte, yo hago lo contrario;es decir, entro en la banalidad de la felicidad, del estar bien. La vida también enseña mucho no estando necesariamente bien. Eso sí, uno tiene que decir que no se puede negar el dolor, pero que habitarlo no trae una buena perspectiva. Aquí no hay consejos ni tips sobre la soledad, he evitado el imperativo y entronizar la soledad como salvación, pero sí defiendo que en este mundo habría que considerarla como virtud. En el fondo, creo que en el libro hay un elogio de la soledad.

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