Disolución en los mundos polares

Por Julio Urdin Elizaga - Martes, 20 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:01h

En una ontología de los valores, escribe el filósofo español Manuel García Morente en sus Lecciones preliminares de filosofía, que si en la representación matemática de unarecta realtomásemos el punto 0como el de la indiferencia todo progreso a un lado y otro de cada una de las semirrectas, izquierda o derecha, supondría un avance hacia la no-indiferencia marcada por la polaridad positiva (+1) o negativa (-1). De lo cual infiere “que en la entraña misma del valer está contenido el que todos los polos tengan polaridad: un polo positivo y un polo negativo. Todo valor tiene su contravalor”. Añadiendo el que esta polaridad “está fundada y arraigada en la esencia misma del valer, que es la no-indiferencia;porque toda no-indiferencia puede serlo, por alejarse, positiva o negativamente, del punto de indiferencia”. La indiferencia, por tanto, en un mundo tan cargado de valoraciones como pueda ser el político, es difícil de encontrar, y aún en la supuesta equidistancia de eso que vendría a ser el puro centrismo, cercano al valor cero, y siempre fluctuante entre las tendencias repletas de positividad y negatividad, de la toma partidaria de la tradicional formulación dicotómica entre ser o pertenecer a una fuerza de la izquierda o de la derecha, no encontraríamos otra cosa que cierta mezcolanza relativista. Y por tanto, referido siempre a estas cuestiones, no poder evitar ser una tanto bipolares. Ahora bien, si no queremos acabar en una paranoia, todos deberíamos ser conscientes de que en modo alguno podemos ser sempiternamente positivos ni negativos, desde cada una de las polaridades existentes, así como tampoco absolutamente indiferentes instalados en el interior de una especie de halo u orla límbica del cero absoluto.

Buscando el Cero, es una sugerente obra del crítico Álvaro Delgado-Gal, cuyo subtítulo sugiere ser éste también el programa de las artes en la modernidad. El cero marca la equidistancia, pero asimismo viene a representar la disolución. No es nuevo mostrar que cuando se ha querido aplicar el paradigma científico en las artes del formalismo, más aún si se trata del geométrico, éste ha obrado bien por repetición, o por la simplificadora reducción, dejándonos en cualquiera de las dos modalidades en el punto cero de todo inicio. Si no vayan y pregúnteselo a un Malevich, a un Oteiza. A este propósito el autor anteriormente mencionado llega a afirmar que desde el punto de vista neurológico: “Un Malevich suprematista o un Mondrian neoplasticista excitan sólo zonas localizadas del cerebro [...] La abstracción pura representa por lo tanto, en apariencia, una etapa terminal”. Sensación, que todo hay que decirlo, habrá de matizar a continuación pues, basándose en otro diagnóstico de la ciencia en general, habremos de percatarnos del hecho de que no se perciben tan sólo formas o colores, “sino formas o colores que representan cosas o relaciones entre cosas”.

Así, en el contencioso banderizo, por disponer de un ejemplo cercano, estas formas y colores vienen realmente a representar, en mezcolanza, dispar la agrupación de intereses y sentimientos en torno a cuestiones que atañen en presente tanto a la tradición como al espíritu proyectivo sobre un futuro que se diseña en la actualidad fundamentado en la idea de cultura y comunidad. El suprematismo igualador del rojo sobre rojo (cualquiera sea su signo) ha visto fracasada su intención ante la doble encrucijada de tener que elegir entre la opción participada por la suma de colores del mismo más el blanco y el verde, o en su inclusión dentro del paralelismo horizontal no convergente debido a una gualda separación, estableciendo, en todo caso, ser el común denominador de la representación de una multiplicidad de opciones con la que contamos en la definición del proyecto comunitario de nuestra escindida sociedad entre nacionalismos en liza.

Que yo sepa, al menos entre los convocantes de la recién pasada manifestación, a nadie he oído posicionarse por una Navarra constituyente al margen de la realidad constitucional. Cada punto de referencia, en este caso, es como si tratásemos de buscar el cero proyectual en un renovado punto de partida en cierto modo ensayado con anterioridad o aún por ensayar. Si esta entelequia combinada de color y comunidad fuera determinista seríamos, al interior de una idealizada teoría de conjuntos participados, en mucha o poca medida, mediante unión e intersección, por todos nuestros vecinos. Matematismo, estética e historicidad forzadamente traídas de la mano.

No obstante, desde la filosofía, al menos fenomenológicamente hablando, viene a ser en la temporalidad donde se incardinan las nociones de tradición y cultura navarras o de cualesquiera otras identidades. En este sentido nunca partimos de cero. Edmund Husserl llegó a afirmar: “Soy un hijo de los tiempos. Soy un miembro de una comunidad-nosotros en el más amplio sentido;una comunidad que tiene su tradición y que, por su parte, está conectada de una nueva manera con los sujetos generativos, los más cercanos y los más lejanos ancestros. Y estos me han influido: yo soy lo que soy como un heredero”. Como navarro perteneciente a una comunidad que ya hubo ensayado la fórmula estatista, la del viejo reino, desde la añoranza histórica y el anacronismo, no tendría por qué sentirme ni euskadiano ni español. Lo primero porque todavía no deja de ser sino un proyecto del que participo en la creencia de las bondades que del mismo puedan derivarse. Lo segundo porque mi condición de español lo es debido a una injusta conquista realizada en el Antiguo Régimen y que la pseudo-modernidad, primero dictatorial y luego constitucionalista, ha confirmado por la vía de los hechos consumados obviando toda consulta así como negando todo resquicio de duda y de crítica al respecto. El rojo de la Navarra foral y española, acompañado o no por el verdor laureado, representa para muchos navarros el triunfo de la sinrazón, de la religión y de Dios, frente a ese otro rojo que de igual forma representase para otros tantos el inveterado triunfo revolucionario de la razón, del progreso y la igualdad. Y ya desde estas premisas se puede constatar cómo la calculada ambivalencia del símbolo da para más que el punto cero de la indiferencia en su divergente caminar.


El autor es escritor

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