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Ikusi makusi

El pueblo que llevamos dentro

Por Alicia Ezker - Viernes, 23 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

Es bonito escribir en la noche de San Juan, reconforta la idea de pensar que estas palabras pueden oler ya a verano, a días largos y noches cálidas; que suenan a conversaciones sin prisa y que permiten notar esa dulce sensación de final de curso, cuando atrás queda el amargo septiembre con todo por hacer y llegas a junio con las tareas acabadas y los objetivos cumplidos, o al menos intentados. Objetivos que dependan de nosotras mismas, que nos resulten placenteros en el camino y que nos ayuden a conocernos un poco mejor cada día, para desde la plenitud de cada cual seguir avanzando hacia nuevos sueños, dejando atrás las malas horas y los malos rollos que esta noche arderán de nuevo en la hoguera, disfrutando de la oportunidad de estrenar un nuevo verano, de tener horas de ocio y sol por delante, lecturas por leer y muchas cosas que decir. El verano me suena a pueblo, tiene forma de tardes en el río, meriendas de torta y chocolate, cascabillos y juegos por la calles, baños en las tormentas y olor a tierra mojada, a risas y primeras fiestas... Esa libertad que se abre cuando dejas atrás el asfalto y te dejas empapar de naturaleza. Creo que en el fondo todos llevamos un pueblo dentro, aunque vivas en la ciudad y nunca hayas tenido veranos así, igual que nunca renunciamos del todo a esa mirada infantil con la que tantas veces nos enfrentamos a aquello que vamos descubriendo, esa curiosidad ante lo nuevo que no entiende de riesgos, ni de peligros, solo del placer de vivir lo diferente. Y veo que cada vez más Iruña se parece a un pueblo cuando llega el buen tiempo, sobre todo en los barrios próximos al río, como la Rotxapea. Con sus avenidas populares que cuando se mete el sol parecen el Malecón de La Habana en una mezcla multicolor que refleja la multiculturalidad de un barrio que como pocos ha integrado esa diversidad. Y lo vemos en los más jóvenes, que bicicleta en mano y mochila en la espalda disfrutan de las tardes en el río Arga, buscando esa libertad del agua salvaje que nunca para. O en las familias que pasan su día libre, con sus mesas y sillas bajo los porches buscando la sombra o en las barbacoas de los merenderos cercanos. Vida rural en medio de la urbe. Huele por fin a verano. Placentera sensación.

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