El solipsismo neoliberal

Por Fabricio de Potestad Menéndez - Lunes, 26 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:01h

la sociedad neoliberal no se basa en la cooperación con miras al bienestar de sus miembros. Al contrario, su principio vital es otro, pues cada ser humano se ve obligado a trabajar para sí mismo y a pensar en su propia conservación. El neoliberalismo no prevé un plan político que proponga cómo ha de satisfacerse las necesidades generales de la sociedad, sino que insta a que cada uno se centre en sí mismo y en sus propios recursos, independientemente de la suerte que acompañe a sus congéneres. Como señala la Escuela de Frankfurt, la economía neoliberal, por pragmática y eficiente que se muestre, alberga, sin embargo, cierta irracionalidad, pues carece de un proyecto humanístico orientado hacia la emancipación de la humanidad. Así el ser humano es concebido como una mónada encerrada en sí misma, aislada de tal manera que solo se relaciona con cada una de las otras mónadas sobre la base de intereses individuales y transacciones mercantiles. Este sentimiento provocado por un ensimismado egocentrismo conduce al solipsismo social, esto es, a considerar que cualquier cosa externa al individuo es totalmente ajena. El extrañamiento y la ajenidad resultante conducen a la consideración de que cada uno es para el otro un molesto competidor, un serio obstáculo, cuyos intereses y aspiraciones puede frustrar las expectativas propias. En este contexto de egoísmos enfrentados, el prójimo se constituye como una amenaza y un peligro con el que hay que competir e incluso llegar a dominar. Es más, la frialdad e indiferencia derivada del rechazo de la ajenidad determinan que no haya en la esencia neoliberal nada que se oponga a la explotación y aniquilación del prójimo, situación dramática que se expresa en las desigualdades crecientes propias de la globalización capitalista.

El solipsismo social imperante, como categoría antropológica, cercena la capacidad de empatía y la virtud de la compasión, cuya consecuencia es un importante menoscabo de la cohesión social. En efecto, el actual modelo social, éticamente superficial, intelectualmente mediocre y económicamente competitivo, facilita una clara propensión egocéntrica, que no es inocua en sus consecuencias, pues perfila un tipo humano predominante muy poco proclive a la solidaridad. El individualismo y el egoísmo resultante producen tal desequilibrio en las relaciones interpersonales que la fraternidad y la igualdad sufren un importante impacto, que conlleva serias repercusiones sociales. El ser humano, consciente de sus propias limitaciones, atrapado en el tiempo y en el espacio, y sujeto a las necesidades corporales, que son obstinadamente refractarias a todo tipo de quimeras y creencias promisorias, se muestra socialmente como un insolidario competidor. Es más, cuando sus necesidades o ambiciones materiales le inquietan, consciente de que la realidad no se deja manipular, el espacio es el que es y el tiempo corre apresurado, su antagonismo hacia los demás aumenta, pudiendo llegar a cometer conductas no solo insolidarias, sino también delictivas, como es el caso del fraude fiscal y la corrupción política.

En las sociedades neoliberales, aunque obviamente la ciudadanía progresista no se ajusta a estas características, el perfil antropológico más extendido es el de un ser humano que no escatima esfuerzos para hacerse con todo aquello que considera colmaría sus aspiraciones, como dinero, poder, éxito o fama. Se muestra arrogante, vanidoso y falto de empatía, siendo su principal afán promover su propio prestigio e incrementar su riqueza sin importarle los medios utilizados para tal fin. El egoísmo, el narcisismo, la debilidad moral y la ambición desmesurada, en el contexto de una sociedad éticamente desquiciada, es una combinación fatal que acaba por ser la causa de que algunos políticos accedan a la vida pública sin pensar en ningún momento en el servicio que deben prestar a la comunidad. En su interior no participan de nada, no tienen convicciones, tan sólo fingen apasionarse. Los problemas y el sufrimiento de la ciudadanía son cosas por las que sólo se interesan para sacar provecho. No les gusta llevar una vida rutinaria y austera. La templanza está bien para la mayoría de los mortales, pero no para ellos. Sin embargo, lo más alarmante es que su vanidad irrestricta, su afán centrado en sus ganancias, poder y éxito, y sus exageradas ambiciones no son sino un trasunto del conjunto de la sociedad de la que emergen.

El psicoanálisis culturalista, cuyos máximos representantes son Fromm, Sullivan y Horney, ya atisbó la posibilidad de que ciertos rasgos narcisistas, predispuestos al rechazo del mundo exterior, pudieran exacerbarse e incluso extenderse como respuesta a un modelo social que fomente el individualismo y la competencia entre los seres humanos, en vez de promover la solidaridad y la cooperación. El narcisismo generalizado produce, en definitiva, tal rechazo de la ajenidad que ha llegado a problematizar la vida social hasta el punto de generar una humanidad, como afirma Horkheimer, indiferente e insensible a la desigualdad creciente y a la pobreza. En consecuencia, este egocéntrico modelo social, ignorante de la ajenidad, contribuye a la consolidación de una totalidad conceptual en las que categorías marxistas, como la explotación, plusvalía, acumulación de capital o pauperización del proletariado se dan de forma agravada. Ante esta preocupante realidad, en la que parece imperar el sálvese quien pueda, el socialismo debe recuperar sus propios arquetipos, dejar de inhibirse ante el pragmatismo neoliberal, remontar el declive en el que está inmerso y reconducir la sociedad hacia un humanismo más solidario, justo y emancipador.

El autor es presidente del PSN-PSOE