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Editorial de diario de noticias

Cuarenta años de inmovilismo y vetos

La apelación de Felipe VI a la ley encierra el enorme contrasentido de pronunciarse en la efeméride de un profundo cambio de marco normativo y pese el incumplimiento de leyes acordadas o sin refrendo popular

Jueves, 29 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:01h

el discurso de Felipe VI ante el Congreso con motivo de los cuarenta años de las primeras elecciones democráticas en el Estado español tras la dictadura franquista -el 15 de junio de 1977-, con su alusión a las aspiraciones expresadas desde Catalunya y también desde Euskal Herria con una apelación al cumplimiento de la ley como cauce único de la libertad y la defensa de los derechos, encierra un enorme doble contrasentido. Por un lado, el de que se pronunciara precisamente en la celebración de una efeméride que supuso el final de leyes cuyo cumplimiento también para aquellos que las aprobaron en la dictadura suponía el cauce único de expresión política;es decir, que pese a las palabras del jefe del Estado español, cargo precisamente heredado de aquella dictadura, no es la inmutabilidad de la ley, sino justo lo contrario, la capacidad para modificarla y desarrollarla en base a la exigencia de la mayoría social, la que preserva la libertad y defiende los derechos de los ciudadanos frente a la arbitrariedad del poder, que aún se manifiesta nítidamente en tantos casos. Por otro lado, la contradicción de apelar al cumplimiento de la legalidad, no sin tono de advertencia, desde la jefatura de un Estado que reiteradamente incumple su propia ley al negarse a completar, cuarenta años después e independientemente de la ideología de los gobiernos que lo han regido, por ejemplo el Estatuto de Gernika. Perteneciente por cierto al denominado bloque constitucional y la base sobre la que se sustentaron en la CAV los acuerdos transversales que derivaron en la transición de la dictadura al sistema que perpetuaba la jefatura del Estado que Felipe de Borbón ostenta e incluía -incluye- el reconocimiento de unos niveles de autogobierno que siguen sin alcanzarse cuatro décadas después. Más allá de que en el caso de Navarra el Amejoramiento continúa sin ser refrendado por la ciudadanía, lo que supone una anomalía de catón, con transferencias igualmente ignoradas. La cuestión en 1977 no era solo, como apunta Felipe VI, que el Estado español asumiera las señas de identidad democráticas de las naciones de su entorno, sino también que interiorizara democráticamente la identidad de las naciones y las singularidades que contiene. Y eso está pendiente, mientras el mismo monarca que pronunciaba literalmente en su alocución el vocablo “dictadura” condecoraba a Martín Villa, prohombre del régimen franquista y titular de Interior en la represión de Vitoria de 1976.

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