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Argonauta

Desilusión

por Iñaki González - Sábado, 1 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

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su superior le ha dicho que se vaya a descansar. Lleva casi veinticuatro horas agarrado a una manguera intentando salvar lo que tanto ama. El cuerpo exhausto de calor y el alma abrasada. Golpea el volante. Llora. Se siente impotente. Gira la cabeza para ver de nuevo la columna de humo que se está llevando su vida. No consigue relajar la tensión de sus músculos bajo el agua fría de la ducha. Golpea con el puño los azulejos, vuelve a llorar. La ira le nubla la razón. Piensa en lo que haría a los responsables de esa catástrofe. No, no es fortuito;es intencionado. Por más que sus superiores guarden una prudencia insostenible, todos saben que alguien le dio fuego a su bosque. De camino a casa abre el álbum fotográfico de su memoria. El primer día que vistió el uniforme de guardabosques. Todavía no conocía a Luisa, Teresa y Jorge eran todavía una ilusión. Se ve cuarenta años atrás. El cuerpo fibroso, la piel tersa como los amaneceres en el collado. El pelo negro igual que las noches de tormenta y la mirada larga y exacta de los linces. Muchos de aquellos arboles que ahora mueren achicharrados, pero de pie, los planto él. Los mimos y desvelos que les procuro. Agua cuando el estío los asfixiaba. Hojarasca para cubrir sus pies y proteger las tiernas raíces. Las podas cuidadosas y expertas tal como le enseño su padre. Las limpias de maleza y ramas secas. Los corzos pastando la primera hierba de la primavera. Las horas, sentado en la Piedra Plana, absorto en el verde intenso de los nuevos brotes y en el olor vivo de la resina. Sobre aquella piedra escribió con la punta de la navaja el libro de su bosque. Los avances, los fracasos, los cambios de estación, los vientos y lluvias, las nieblas húmedas que acariciaban las copas de los arboles.

¿Y ahora qué? ¿Cuántos años harán falta para recuperar mínimamente aquel regalo de la tierra? Llegarán los codiciosos, los especuladores. Y no puede parar de llorar.

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